Erik Leonard Ekman: dedicó su vida a la investigación científica hasta morir en el país

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POR ÁNGELA PEÑA
Quienes ven la imponente estatua que su familia de Suecia le erigió en el Cementerio Municipal de Santiago, tal vez desconozcan que ese hombre aparentemente pequeño fue el prominente científico que consumió sus fuerzas y energías inmerso en valles, bosques, montañas, escalando cimas, venciendo pronunciadas elevaciones, surcando el mar en débiles veleros, cruzando fronteras, visitando penínsulas, durmiendo a la intemperie o en rústicas casas de campaña para descubrir la más numerosa cantidad de especies botánicas e innumerables aves y moluscos de la Isla Española.

Cuando se presentó en un hospital de Santiago de los Caballeros endeble, con su ropa sucia por el polvo y el lodo de las lomas y su salud ya frágil por un ataque de malaria complicado con neumonía, los médicos y enfermeras lo confundieron con un mendigo por su apariencia descuidada, no sólo debida a la grave enfermedad sino a la precaria alimentación y extrema austeridad en que transcurrió su existencia en estas tierras. Se percataron de la importancia del paciente cuando ya había muerto. En la mañana del catorce de enero de 1931 fue internado en la clínica Altagracia, de aquella ciudad, y murió a las cinco de la madrugada del día siguiente, a los 47 años de edad. Así, tan sencillamente, falleció el que es considerado “uno de los botánicos más famosos que ha explorado y estudiado la flora de las Antillas”.

Erik Leonard Ekman es conocido universalmente y muchos otros países le guardan igual gratitud que la República Dominicana pues trabajó también en Argentina, Brasil, Misiones, Paraguay, Cuba, Haití, donde también realizó cuantiosos hallazgos. En el país pasó sus últimos tres años de vida, desde 1928 cuando empezó su labor en la zona fronteriza, desde la Sierra de Bahoruco hasta Montecristi, para dedicarse después a la Cordillera Central, al Cibao y a la Cordillera Septentrional.

Aquí, aparte de la escultura colocada en su tumba y de otra similar que se exhibe en la Plaza Central del Jardín Botánico Nacional, y de dos tarjas en bronce develizadas en la Plaza Valerio, de Santiago y en el parque Principal de San José de Ocoa, donde se hospedó el científico en una humilde casita de Bejucal, se designó con su nombre la antigua calle Camino del Oeste, de Arroyo Hondo y aún hay moradores de esa vía que desconocen la nueva denominación, pese a los años que lleva el cambio. En más de kilómetro y medio que se extienden desde la avenida John F. Kennedy hasta la Luis Amiama Tió (Camino Chiquito) hay sólo cinco letreros y cuatro son prácticamente ilegibles, excepto el colocado en la intersección con la Avenida de Los Próceres.

El profesor Francisco Jiménez Rodríguez, reconocido ingeniero forestal, Curador del Herbario del Botánico que ha estudiado a profundidad la historia de Ekman y sus búsquedas en el Caribe, considera que una calle no es suficiente homenaje para reconocer al consagrado investigador, “el botánico más grande que ha dado Suecia en cuanto a exploraciones en la Española”, a su juicio. “Es una persona incomparable, dio toda su vida por las exploraciones botánicas y por la ciencia en la República Dominicana”. Piensa que debería retomarse el decreto que designaba Erik Ekman un área protegida y denominar con el nombre del explorador escuelas o instituciones relacionadas con el medio ambiente.

Jiménez Rodríguez, que al igual que Ekman es un gran excursionista, descubridor de nuevas especies florales, conoce sin auxilio de notas o catálogos las colectas de Ekman, las identifica en el herbario, cuenta de sus propiedades y destinos y puntualiza aspectos de la vida del botánico que no figuran en biografías publicadas en libros o en Internet.

El Jardín Botánico editó un folleto que resume los viajes y el final de Ekman y hay una amplia relación de su vida en la obra Grandes Exploradores en la Tierra de la Hispaniola, por Jürgen Hoppe. Este autor señala que “la contribución del gran botánico sueco al conocimiento de la flora antillana es sin duda la más extensa de una sola persona. Durante 17 años de trabajo en el campo recolectó mas de 35 mil variedades de plantas, 19 mil de Cuba y 16 mil de La Española, las cuales suman con los duplicados recolectados más de 150 mil especÍmenes”.

“POTENTE ANTICANCERÍGENO”

Se transportaba en mulos y burros. El vaso en que tomaba agua era su sombrero o bombo que también utilizaba para sentarse, asegura Jiménez. Es que, “después que salió de Suecia, el dinero que le enviaban lo devolvía”, cuenta, pues Erik Ekman no amaba otra cosa más que la ciencia. Añade que exploró en San José de Ocoa, el Pico Duarte, Baní, Valle Nuevo, donde encontró tantas especies como en Haití, en los montes del Massif de la Hotte y Massif de la Selle, prolongaciones de la Sierra de Bahoruco. Hoppe lo ubica también en Barahona, Azua, Montecristi, San Juan, San José de las Matas, Constanza, Moca, Samaná, Higüey. “Ni el terrible huracán de San Zenón quitó su ánimo de seguir su trayecto”, comenta el escritor.

Apunta que “existe una descripción detallada sobre su viaje a las montañas dominicanas que trata de probar que éstas y en especial La Pelona, son las más altas de las Antillas (el nombre de La Pelona fue cambiado a Pico Duarte años después)”.

Jiménez Rodríguez, quien cita entre los amigos de Ekman a Luis Ariza Julia y a Rafael María Moscoso, explica la presencia del botánico sueco en República Dominicana: “Nos comparó con Cuba y al ver que teníamos elevaciones mucho más altas, pasó a la Española”. El ingeniero forestal cita infinidad de plantas descubiertas por Ekman y pone énfasis en la Ekmanianthe Longiflora o Roblillo, especie de flor del roble, a la que recientemente han descubierto propiedades anticancerígenas. Recorriendo el Botánico, el profesional muestra las conocidas por el pueblo como Guanito de Baní o de Paya, el Cacheo (Pseudophenix Vinifera), el Cacheo de Haití (Pseudophenix Lediniana), el Roblillo y otras que honran al explorador, como la Letramicae ekmanii, la Magnolia ekmanii, la Quisqueya ekmanii…

Narra que el profesor de Ekman, Ignatz Urban, alemán, del Museo de Berlín, fue quien lo designó al trópico. Ekman, añade, enviaba a su maestro las plantas con sus descripciones. Un duplicado se quedaba en Berlín y otro en el Museo de Estocolmo. “Las de Berlín se perdieron cuando el Museo fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial y sólo quedaron las de Suecia. En los 80, Estocolmo nos hizo llegar parte de esos duplicados y están depositados en el Herbario del Jardín Botánico Nacional”.

“Era un hombre incansable, que anteponía siempre su trabajo y dedicación a la comodidad. Recolectó en condiciones que hoy no han podido ser repetidas. Pero su interés no se limitó a la flora: dedicó parte de su tiempo a la avifauna, interés que siempre ha sido subestimado”, observa Jürgen Hoppe. En cartas a ornitólogos, Ekman informaba haber visto u oído a las aves popularmente llamadas Bubí, Pitangua o Don Juan, Cigüita del Pinar, Cigüita Común, el Pega Palo Carpintero, el Cao, la Loxia Megaplaya, el Piquito en Cruz, la Garza Ceniza y otras. Decía: “También aparecen patos, pero no los vi. Creo que pueden ser “Zaramagullones”, pero la gente dice que tienen un collar blanco”. Afirmaba que también estaban presentes las cotorras y aseguraba haber encontrado garzas enormes en la Cuenca del río Nizao.

Erik Leonard Ekman nació el catorce de octubre de 1883 en Estocolmo, Suecia. Terminó su licenciatura en 1907, en la Universidad de Lund, al Sur de Suecia. Publicó Las Vernionas de las Antillas y En busca del Monte Tina. Sus biografías están llenas de sus descripciones de viajes, exaltaciones a la naturaleza, de expresiones de alegría tras cada hallazgo como cuando observó la Cordillera desde el Sur de Constanza: “Vi por primera vez desplegarse las montañas grandiosas de la Cordillera Central, ante mis ojos encantados”.

Se describía como “un aventurero moderno, un caminante sin rumbo en estos pastos verdes del Señor”.