Es lo mismo, es igual

CARMEN IMBERT BRUGAL
El candidato del Partido Reformista Social Cristiano introdujo como denuesto electoral la copro-alusión. Lo hizo en la campaña electoral del año 1994 cuando Peña Gómez, candidato del Partido Revolucionario Dominicano, le imputó el uso indebido de recursos del Estado.

Como respuesta, Joaquín Balaguer, sin ser aficionado a la escatología, mencionó la escasa precisión del contendiente con sus excretas. Peña Gómez propalaba entonces, “si me topan, la República Dominicana cogerá fuego por los cuatro costados”.

El oráculo de Navarrete fue siempre cauto. Los estudiosos del hombre que gobernó el país durante veintidós años, aseguran que su cautela era indiferencia. Conocedor de la idiosincrasia de sus súbditos, nada le merecía réplica. Indiferente o cauteloso, Balaguer participó también en la jarana electoral. Calculaba sus dardos, los dosificaba. Respondió al “muñequito de papel”, gobernando con mano dura y conquistando al autor de la frase. Cuando le enrostraron su minusvalía visual, como un impedimento para gobernar, declaró: si yo fuera epiléptico, si yo fuera una persona descontrolada emocionalmente, si fuera un hombre que tuviera una enfermedad incurable, yo no me atrevería a ejercer la Presidencia de la República. ¿Fue acaso soez la reacción del candidato? ¿Trastornó los pudores de una sociedad hipócrita y condescendiente?

El manejo del lenguaje permite ofensas, estocadas certeras. Con o sin chabacanería, la intención de herir y desautorizar permanece. Esta campaña es aburrida, el cotilleo en torno a su talante es cháchara. Nada nuevo está ocurriendo y a la mayoría divierte el cumplimiento del libreto conocido.

Cualquier persona con más de treinta años de edad, interesada en el quehacer político nacional, conoce los vaivenes orales de los procesos electorales, desde el 1978 hasta la fecha. Ha participado en el sainete de la deshonra y el insulto, de amagar y no dar, te acuso y me acusas. Cada uno expone la fábula más estrafalaria o la verdad más contundente y después, entre incienso y tonsura, se produce el concierto de las transacciones, para seguir pecando.

Ha sido y es un guión perverso, distrae y convierte las campañas electorales en un festín de imputaciones sin conclusión judicial. La despedida de los tres grandes de la política ha propiciado contradicciones más pedestres. Los púgiles tienen peso desigual, aunque provocan, eluden el enfrentamiento, la misión de azuzar y resolver la pendencia, es de los acólitos. 

La brujería ha sido tema de campaña, también el narcotráfico, la despiadada especulación acerca del origen de los candidatos. La difusión de rumores estrambóticos ha sido norma, como tradición ha sido la intromisión de la jerarquía eclesiástica y la incursión de “los notables” para compensar los titubeos de la Junta Central Electoral y la garata entre vencidos y vencedores. Los libelos, la revelación de conversaciones privadas, de montajes fotográficos… y cuando todo está dicho, advienen las propuestas de avenencia.