Es preciso redefinir blancos

En circunstancias como las actuales, con los mercados y las economías zarandeados por el nerviosismo petrolero y bajo la presión social que deviene de las alzas en los alimentos,  abominar de la política de subsidios sería una gran inconsecuencia de orden social.

Sin embargo, es evidente que las mismas circunstancias obligan a redefinir los blancos de estos auxilios para que surtan sus efectos en los segmentos sociales que más necesitan de los mismos. Por ejemplo, sería prudente definir si los subsidios al gas licuado de petróleo, la energía eléctrica y el gasoil producen realmente los efectos perseguidos o sí, por el contrario, valdría más la pena utilizar parte de esos recursos para impulsar la sustitución de GLP y gasoil por gas natural y fomentar el ahorro de electricidad.

 El subsidio al GLP, por ejemplo, que estuvo en principio destinado a favorecer a los hogares, está beneficiando a usuarios privados y a un servicio de transporte de pasajeros de pésima calidad, dispendioso por ineficaz y que relega las soluciones que verdaderamente se requieren en este ámbito. Algo similar ocurre con el gasoil. Las distorsiones provocadas por estos subsidios resultan onerosas, como ocurre con parte de la electricidad. En la medida en que los precios de estos renglones suben debido a las alzas petroleras, se hace preciso redefinir los blancos de los subsidios.

Hora de apretar las tuercas

El criterio politiquero que ha predominado en el manejo de los problemas del país tiene que ser desmontado para dar paso a una visión realista enfocada hacia las soluciones permanentes. Por ese criterio politiquero existe todavía el  “concho” como servicio de transporte de pasajeros, desafiando todos los paradigmas de la economía de escala.

El país requiere soluciones colectivas de alto rendimiento, manejadas bajo conceptos de servicio moderno y eficaz. Hay que emprender una sustitución gradual, pero indetenible, de las unidades del “concho” por autobuses movidos a gas natural, etanol o biodiesel que desplacen para siempre a las destartaladas unidades del transporte urbano. Las autoridades son las primeras en reconocer que terminó la época del petróleo barato, o mejor dicho, de la vida barata. Ya hay que deponer la politiquería causante de calamidades. Ha llegado la hora de apretar las tuercas.