Esa deshonra es eterna

HAMLET HERMANN
La crisis social y política que sufrió República Dominicana en 1965 fue un acontecimiento que, luego de 40 años, todavía tiene agujeros históricos que se deben llenar. Hubo hechos indiscutibles muy importantes: 1. Un gobierno de facto trató de eliminar la oposición en el Ejército y provocó un levantamiento popular que lo derrocó; 2. una conjunción de constitucionalistas, civiles y militares, diezmó en combates a las Fuerzas Armadas patrocinadoras del golpe de Estado de 1963, y 3. el gobierno de Estados Unidos invadió militar y masivamente a República Dominicana, desplazando al Estado nacional.

A partir de lo anterior, varias aclaraciones deben ser hechas. La acción militar realizada por Estados Unidos fue una invasión, no una intervención como ellos la han denominado. Cuando alguien interviene en un conflicto es para mediar entre las partes, para buscar soluciones sin necesidad de enfrentamientos y para conciliar intereses de manera que no se llegue hasta la violencia. Nunca se interviene para aliarse con una de las partes en desmedro de la otra. Vista la actuación de las tropas norteamericanas y de sus enviados políticos, lo que tuvo lugar desde el 28 de abril de 1965 en adelante fue el abandono total de la política del Buen Vecino de un Roosevelt para volver a la de la zanahoria y el garrote de otro Roosevelt.

El presidente Lyndon B. Johnson decidió invadir cuando consideró que sus aliados golpistas habían sido derrotados por fuerzas populares. Trataría de frenar ese levantamiento de manera que no se desarrollara ni tomara mayor cuerpo. Así podría atender debidamente los planes que tenía para la escalada de la guerra en Vietnam. Fue así como Estados Unidos invadió a República Dominicana al enviar tantos como 42 413 miembros de todas sus fuerzas armadas. Nunca antes se había realizado en el mundo un puente aéreo tan grande e intenso como el desarrollado por el ejército norteamericano para esta operación ‘Powerpack’ al transportar sus unidades hasta República Dominicana. Ni siquiera en los inicios de la “guerra fría”, cuando el bloqueo a Berlín en 1948, hubo tantos vuelos militares como hacia Santo Domingo en 1965. Eran los tiempos en que, dentro del contexto de la guerra fría, se había oficializado la Doctrina de Seguridad Nacional. Ésta establecía que había que impedir por todos los medios disponibles que otro régimen socialista se implantara en el continente americano. Johnson temía que sus intentos reeleccionistas se vieran afectados si apareciera “otra Cuba” en América Latina. La paranoica política interna del presidente Johnson predominó por encima de lo que debían ser unas relaciones exteriores respetuosas del derecho internacional.

Tan grande fue la desesperación de la Administración Johnson ante esta crisis que estuvieron dispuestos a llegar hasta el ridículo para justificar la invasión a República Dominicana. Un hueco a llenar en la historia de aquella aventura es el que nos permitiría saber por qué se seleccionó al coronel Pedro Bartolomé Benoit Vanderhorst para que solicitara por escrito la participación de tropas norteamericanas en un conflicto netamente dominicano. ¿Qué representatividad legal podía tener un Coronel técnico, mecánico de profesión, que nunca en su carrera militar había tenido tropas bajo su mando, que no ocupaba entonces cargo público, ni civil ni militar? Además y para colmo, estaba de licencia de sus quehaceres militares puesto que acababa de regresar de un curso de mecánica en Estados Unidos. Peor aún, en ese momento en San Isidro había por lo menos veinte oficiales superiores y generales que estaban por encima de Benoit en el rango o en el escalafón militar que pudieron haber sido seleccionados para hacer esa petición guardando un poco las formas. ¿Qué cualidades reunía Benoit que lo hicieron acreedor de esa deshonra histórica? ¿Cuáles son las cualidades que califican a un dominicano para prestarse a solicitar la violación a la soberanía nacional del país que lo vio nacer?

En su defensa, durante un seminario organizado por las Fuerzas Armadas dominicanas, Benoit Vanderhorst alegó que “estaba forzado, directa e indirectamente, por la disciplina militar y sus nobles principios, a no defraudar, en esos difíciles momentos, la confianza que se depositaba en nosotros.” La obediencia debida se impuso sobre el patriotismo de un individuo. ¿Quién entonces le dio la orden que él estuvo dispuesto a acatar y deshonrarse para toda la vida? ¿Sería ése el general Elías Wessin y Wessin? Si la dignidad patriótica existiera entre los que apoyaron al invasor extranjero, quizás nos enteraríamos de la verdad, pero ante tanta cobardía es posible que nunca lo sepamos.

De todas maneras, esa deshonra es eterna para los que apoyaron a los invasores extranjeros.