Esa “lipoescultura” gubernamental

MARIEN ARISTY CAPITAN
Ser la primera de la clase era como una obsesión. Algunas veces lo conseguí, otras no, pero siempre estuve entre las primeras. Eso me llenó de orgullo, lo reconozco, hasta que llegué a la adolescencia y quise desaparecer: era la primera a la que comenzaban a salirle curvas y, como sólo estaban en el pecho, eso me convertía en una especie de lagarto con dos inexplicables bultos que llegaban a cualquier lado antes que yo.

Flaca a morir, sostenida a duras penas por dos hilos de piernas, tenía la tendencia de encorvarme para ocultar las prominencias que me avergonzaban. En aquella época, con mis amigas más planas que una plancha, estaba fuera de lugar.

No fue hasta los veinte años que rebasé las cien libras e hice una fiesta nacional puesto que entonces los muchachos preferían ver carnes y no puros huesos. Tres años más tarde, cuando dejaron de usarse las curvas y las flacas anoréxicas eran la última moda, el destino me jugó una nueva broma y engordé más de lo debido. Nueva vez, era de las primeras en romper los cánones del momento.

Rebelde a morir, mi cuerpo jamás ha estado a la altura de las circunstancias. Siempre fuera de lugar, siempre imperfecto, me obligó a librar vanas batallas para intentar adecuarme a las estúpidas imposiciones de una sociedad que prefiere moldearnos en lugar de aprender a aceptarnos tal cual somos.

Hoy día, y tras una ardua guerra contra mi metabolismo, he terminado por entender que es absurdo que la moda nos lleve a enfrascarnos en lucha sin cuartel contra nosotras mismas. Más aún que, en búsqueda de esa perfección perdida, dejemos la vida.

Son muchas las mujeres que han muerto en los quirófanos a causa de una cirugía estética. La última de ellas fue una venezolana que decidió hacerse una liposucción y una abdominoplastía a pesar de la férrea oposición de su marido, quien entendía que era demasiado riesgo para un objetivo tan superficial. Lamentablemente, aunque ella jamás lo sabrá, la vida le dio la razón.

Lo más duro de este caso es que ella se sometió a la operación a escondidas de su esposo, un hombre que llora desconsolado su pérdida puesto que la amaba y no le importaba su apariencia. Pero ella, por encima de ese amor, necesitaba recuperar la figura que tuvo antes de parir a sus tres hijos.

Este es sólo un ejemplo de las graves consecuencias que ha desencadenado esa terrible obsesión que tenemos por lucir espléndidas. Marcada por la moda, la conquista del cuerpo ideal también es la culpable de padecimientos como la anorexia y la bulimia, dos desórdenes alimenticios que muchas veces desencadenan en muerte.

Pero los pecados que se cometen en nombre de la estética no son exclusivos de las mujeres: los políticos también sucumben ante ellos en demasía. Y su estilo es aún peor porque, en su afán por aparentar, envían a quirófano a un paciente mucho más débil: República Dominicana.

Invirtiendo recursos que no son suyos y poniendo en peligro un cuerpo ajeno, el gobierno arriesga la vida del país. Pero lo hace esculpiendo una silueta que sólo le viste a él. Porque, ¿de qué nos sirve que le agranden los senos al Metro? O que, por lucir mejor ante algunos, aumente la nómina estatal, financie el clientelismo y gaste muchísimo dinero en el inútil pozo de la propaganda.

En lugar de comprar inmensos implantes de silicona que se traducen en estaciones, excavaciones a gran escala, rieles… al transporte, debería ponerle brassieres acolchados que saldrían mucho más baratos (redes organizadas de autobuses que estén exentas de los abusivos y depredadores sindicatos).

Por otro lado, debe evitar las costosas liposucciones que le hace al sector educativo y programarle un efectivo plan de ejercicios. Y es que, sin quitarle un ápice de grasa o de sangre, lograría redistribuir mejor su peso corporal.

Es hora de pensar en todas las intervenciones innecesarias a las que se está sometiendo al país. De no ser cautos, y con tanta cirugía mal practicada, se quedará sobre la mesa.