Esa última página

MARIEN ARISTY CAPITAN
Pocas veces lo deseamos. Quizás, sólo cuando se trata de amor queremos estar ahí, al final del camino para convertirnos por fin en el último, el más preciado y, tal vez por ello, precisamente el mejor.

Desde que somos pequeños se nos habla de lo importante que es llegar primero y alcanzar las metas más altas antes que los demás, demostrando así que somos más fuertes, más inteligentes, más diestros, más merecedores de la fortuna y el reconocimiento.

Producto de esa obsesión, vemos cada día que la gente se mata por estar en la primera página de los periódicos y revistas, en el primer asiento del autobús, en el primer escaño del poder, en la primera línea de las reparticiones, en el primer lugar de las competencias y hasta en el primer lugar de los afectos y las memorias de aquellos que aman.

Ella era distinta hasta para eso. En lugar de ocupar la primera, la suya era la última página. Pese al contenido de las demás, sin embargo, era la más brillante y la mejor: sin importar el número, porque dependía de las que tuviera la revista, la de Martha Sepúlveda resaltaba sobre las demás.

Hoy hace una semana y un día que se marchó. Y con ella no sólo se fue la primera de las páginas a leer en Pandora: se fue un ejemplo de sencillez, de trabajo arduo, de candidez, de inteligencia y, sobre todo, de mucho humor.

Nadie como ella para contarnos, en medio de alguna graciosa anécdota, los sinsabores por los que pasan muchas mujeres de hoy. Pero hasta para eso, para ponernos en evidencia y darnos una lección, fue siempre humilde: jamás quiso alzarse con la gloria porque su único afán era que las cosas fueran como tenían que ser. Por ello tampoco se jactó nunca de sus éxitos.

Aunque es demasiado tarde para decirle aquellas cosas que jamás le mencioné porque supuse que ya muchos otros se las habían dicho, quiero expiar mi culpa recordando quien fue. Y viene a cuento, a pesar de que a ella no le gustaba ser protagonista de nada, ante la situación que estamos viviendo.

Con una agitación política que está alcanzando su nivel más álgido, haciendo de la República Dominicana una batalla campal en la que los otrora amigos están luchando con todo lo que pueden para alzarse con la candidatura presidencial, conviene recordar que lo importante en la vida no es estar en el primer lugar sino trabajar por el proyecto en el que se cree. En este caso, partiendo del trabajo de Martha, la revista de turno se llama país.

Buscar al editor perfecto para esa revista no es tarea fácil. Pero no lo es, contrario a lo que piensan quienes pelean por el puesto, porque la discusión ha dejado de lado las cualidades de uno u otro contendiente, su experiencia, su habilidad para manejar los contenidos, su estilo para ejecutar y mandar a ejecutar los trabajos. En su lugar, aunque dé vergüenza, están las promesas clientelistas y el descrédito.

Nadie pero no nadie, se ha sentado a pensar en los clientes, quienes al final consumirán el producto y están esperando encontrarse con algo que valga la pena. También que están cansados de leer las mismas historias, de ver que nadie les toma en cuenta y que les mienten con el mayor descaro.

A los dominicanos, a la gran mayoría de ellos, les da igual quién sea el editor de la revista. Son muy pocos, y eso lo sabemos, los que serán contratados para redactar, corregir, trabajar. También los que se beneficiarán con los anuncios, las ofertas y los productos de promoción.

Todos los demás, es decir el resto de los mortales, sólo están esperando que los que dirijan esa gran revista lo hagan bien. Y lo esperan porque, independientemente de que les toque pagar el precio del producto o lo solventen, desean leer algo que valga la pena: que se acabaron los problemas porque los políticos, en un insólito ejercicio de honestidad y desprendimiento, decidieron dar lo mejor de sí por su país. Esperemos leer esa última página algún día.