Esa voz que me consuela…

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Cuando hemos perdido la esperanza, cuando creemos que no valemos nada, que echamos a perder todas las oportunidades. Cuando pensamos que nuestra vida terminó, que ya no hay un futuro, que no merecemos nada, que todo está destruido, que ya no hay remedio.

Que la vida, quizás el destino o nuestras decisiones desacertadas, todo lo destruyeron, nos llevaron al fracaso y ya no hay forma de continuar.

De repente vemos al final del firmamento, una luz cuyos rayos fueron mostrados porque el viento que los cubría fue despejado y sentimos en nuestro interior una voz quieta que nos consuela, que nos levanta y poco a poco, nos devuelve la esperanza.

Súbitamente, una mano poderosa toca nuestro corazón e incomprensiblemente, un bálsamo empieza a sanar nuestras heridas. Nuestros ojos, a través de las lágrimas, vislumbran en el horizonte un nuevo comienzo.

En un instante, nos damos cuenta que podemos seguir adelante, porque hay un Padre bueno que nos espera, dispuesto a reconstruir una nueva vida y colocarnos en ese lugar de bienestar y de seguridad, que desde la eternidad reservó para nosotros.