Esas excepciones que obligan a revisar la regla

La foto era sobrecogedora. Parecía, más que producto de la realidad, un ser sacado de una película de ficción: con dos cabezas, una mano con nueve dedos en la espalda y un cuerpo extrañamente henchido, se trataba de una bebé que nació hace una semana en el hospital Alberto Gautreaux del municipio de Sánchez, Samaná.

Hija de una joven de 22 años de edad, que no fue identificada, la niña murió 45 minutos después de haber nacido. Al pensar en ella, vale preguntarse: en un caso así, ¿no es preferible abortar y evitarle a la madre el dolor de parir un hijo así para de todas formas verlo morir?

Estos casos, muy tristes y lamentables, son los que le dan sentido a la discusión acerca del aborto terapéutico. Y es que, al hablar de un niño con estas condiciones, ni siquiera estamos hablando de un individuo que podrá crecer.

La mejor prueba es el caso de Kiron, un bebé que nació el 25 de agosto del año pasado en Bangladesh  y murió seis días después en la casa de sus padres, quienes no podían costear los complejos cuidados médicos que requería su hijo.

Otro caso local es el de Rebeca, una niña que nació el 17 de diciembre del 2003 con una cabeza parásita y murió después que se le hizo una cirugía para cercenársela. La niña tenía casi dos meses cuando murió, el 6 de febrero del 2004.

No sé si soy muy irreverente pero no puedo entender qué mensaje quería enviarle Dios a los padres de estos bebés. El dolor y la angustia que sintieron bien pudo evitarse. Yo lo habría hecho.