Escasa racionalidad

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Me ha llamado siempre la atención lo fácil que lo tienen los ideólogos y los demagogos por lo poco racional que es la gente. Sin hacer juicio moral alguno, sólo como economista, analizo dos ejemplos de aguda falta de racionalidad.

El primer ejemplo viene de un experimento clásico sobre el comportamiento humano: La gente, dada la opción, suele preferir ganar $100 si los demás ganan $50, que ganar $200 si los demás ganan $400.

Dado que con más dinero se compran más bienes y salud, la gente parece preferir ser más pobre y vivir menos años… con tal que sus vecinos sean todavía más pobres y se mueran antes.

Ya Sir James Steuart, en 1767, explicó cómo el dinero se convierte rápidamente en poder. Una proposición atendible es que la gente, por más sana que esté, prefiere estatus y poder a una vida más larga. Un ejemplo: los jefes de cartel de narcos, que suelen morir, de bala, a los 40 años.

El otro viene de la parábola de los segadores (Mateo 20, 1-16). El dueño de un campo contrata braceros por etapas, unos a primera hora, otros al medio día y otros al caer la tarde. A la hora de pagar, a todos les da el mismo dinero: el salario establecido para un día de trabajo. Los que habían trabajado el día completo, se quejan: “Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.

Un psicólogo industrial recomendaría pagar la mitad a los que trabajaron medio día para eliminar tensión entre los trabajadores; un financista coincidiría, porque a menos gastos, más beneficios y no interesa distorsionar políticas de remuneración o incentivar la “ley del mínimo esfuerzo”.

Lo destacable es que personas que pueden identificarse con los jornaleros, en general, encuentran más justo que se pague medio salario al que trabaja medio día y dan la razón a los que protestan. En otras palabras, prefieren que el dinero se quede en manos del dueño de la finca (“un rico”)… a que vaya a las manos de sus vecinos, ya que los jornaleros suelen vivir en el mismo barrio, lejos de donde viven los dueños de finca.

Los segadores quejosos no ganan poder, como podría, en el caso anterior, quien tuviera comparativamente mayores ingresos. Simplemente desean que sus vecinos estén peor.
Anthony De Melo, viendo cosas así, señala que la frase correcta no es: “yo estoy bien, tu estas bien” (popularizada por T. A. Harris en los años 70, sino: “yo soy un asno, tu eres un asno”. Duras palabras viniendo de un Jesuita… con las que estoy totalmente de acuerdo.