Escritora prolífica, pero desconocida

Virginia de Peña de Bordas. Reproducción Aracelis Mena
Virginia de Peña de Bordas. Reproducción Aracelis Mena

Fue pionera como escritora de cuentos para niños, pero se conoce principalmente por su novela “tipo indigenista que fue la consagración de toda su vida”. Se afirma que el contenido fue una premonición pues ella murió de la misma forma que el personaje principal: la princesa “Toeya”, que dio título a esa narrativa.
Virginia de Peña de Bordas, a quien recuerda una calle de Santo Domingo, publicó otros libros, pero es poco conocida, quizá porque se inició tarde en la escritura, no tuvo descendencia, murió joven. Todos sus libros son póstumos. Comenzó a escribir a los 37 años de edad y falleció a los 44. Por la abundante producción que dejó a la posteridad se infiere que en siete años no se detuvo su pluma.
Era nieta del maestro y periodista Manuel de Jesús de Peña y Reynoso, fundador de la Sociedad Amantes de la Luz, y estuvo casada con el reconocido industrial Isidro Bordas, que era su primo. Perteneció “a una de las familias más distinguidas” de Santiago de los Caballeros, de donde era nativa.
Estudió pintura y ballet en Boston, Massachusetts, en la Cushing Academy, y luego de 10 años de matrimonio con el reconocido “licorista santiagués”, comenzó su afición literaria.

La escritora. Virginia se reveló como escritora al publicar sus cuentos infantiles en el periódico “La Información”, de Santiago: “La Eracra de Lero”, “La princesa de los cabellos platinados”, “Los amores de Júpiter y Selena”, entre otros.
Además, dio a la luz por entregas en el mismo diario, las novelas “Hora del destino”, “Atardecer en las montañas” y “Sombras de pasión”. Dejó inéditas “Magia de primavera”, “El fulgor de una estrella” y “La maniquí”.
Estos trabajos los producía conjuntamente con su novela “Toeya”, “la que nunca daba por terminada”, según se consignó en el matutino “El Caribe” al año de su deceso. Ese día se dio a la publicidad la novela, gracias a sus hermanas Mirita de Peña de Pérez y Carlota de Peña de Contreras. Flérida de Nolasco escribió el prólogo.
“Después de Fantasías indígenas, y de Enriquillo, el indigenismo no se agotó en la literatura dominicana. Siguió viviendo, y no se extingue todavía. Tras reiterados ensayos de retorno al tema, he aquí que en la presente novela surge de nuevo, fresco, con un encanto apacible de poema lírico, con traslúcido aliento de salud espiritual”, anotó la célebre cronista.
“Toeya” fue escrita primero como novela corta, en inglés, con el propósito de publicarla en una revista norteamericana. Luego su autora la tradujo al castellano. Prendada de su obra, agregó pasajes y retocó, para lo cual tuvo que consagrarse al estudio del tema, revela la reseña de El Caribe.
Y agrega: “Es obra de dolor y satisfacción en la que se plasma el fruto de años de esfuerzo y estudios. Por las páginas de” Toeya” desfilan costumbres castellanas y ritos indígenas que anima la virgen, reflejo de su raza dolorida y resignada”.
Julio Jaime Julia incluyó una semblanza breve de Virginia en su libro “Haz de luces”. Cita alrededor de una decena de escritores que hablan de sus cuentos y novelas, pero no identifica dónde escribieron sobre las dotes de la dama, “objeto de reconocimientos y elogios”. No aparecen su nombre y su obra en las más conocidas historias de la literatura ni en antologías literarias dominicanas. Quizá se trata de artículos dispersos en revistas y periódicos o en conferencias sobre ella que no se dieron a la luz.
Julia refiere, al igual que las limitadas informaciones periodísticas sobre la intelectual, sus estudios en Boston y el tardío inicio en las letras.
Flérida de Nolasco anotó en el prólogo de “Toeya” que, “como cultora de la palabra, Virginia fue una flor que vivió en la sombra. Solo algunos cuentos de carácter maravilloso, escritos para niños –género hasta entonces desierto en nuestra literatura- salieron ocasionalmente del recinto de su hogar. “Toeya”, romance de intención purísima, en el que la nota tierna sobresale, deja en el alma un perfume de lirios silvestres recién abiertos”.

“Tal como muere la princesa…”. Virginia nació el 11 de agosto de 1904, en Santiago de los Caballeros, hija de Julio de Peña y Edelmira Bordas de de Peña.
Falleció en la madrugada del 24 de septiembre de 1948. La noticia de su deceso expresa: “Se consagró esencialmente al género de cuentos y novelas, de estas últimas tenía listas dos para publicar y trabajaba en una tercera cuando dos días antes un ataque cerebral interrumpió su vida”.
Además de los parientes mencionados se citan entre sus deudos a su hermano Julio de Peña hijo y a su cuñado Genaro Pérez.
Virginia de Peña de Bordas fue víctima de un accidente cerebrovascular. “La encontraron en medio de su alcoba, aparentemente dormida”, se escribió en el primer aniversario de su partida. Y agrega: “Tal como muere la princesa “Toeya”. ¡Diríase que fue una premonición de su autora!”

La calle.
El ocho de septiembre de 1976, el Ayuntamiento del Distrito Nacional consideró que “la inspirada poetisa y escritora dominicana Virginia de Peña de Bordas pertenece al conjunto de notabilidades intelectuales del país”; que su obra literaria “significa una extraordinaria aportación, dentro del campo de la imaginación creadora” y que “la nombradía de Virginia traspasó las fronteras patrias y se proyectó también en ambientes consagrados de América que, aún hoy, evalúa su producción como un ejemplo de belleza formal”.
También tomó en cuenta “que la autora de Toeya debe ser recordada con el criterio que iluminó su vida, un criterio lírico-romántico…”.
Y por todos esos merecimientos el cabildo denominó “Virginia de Peña de Bordas” el tramo “comprendido entre el oeste de la calle San Martín de Porres del ensanche Naco, de esta ciudad” (sic).
Aunque pequeña y sin salida, es una callecita hermosa, limpia, tranquila, de pocos ruidos y escasos tránsito y transeúntes, lo cual es raro en Santo Domingo. La rotularon como “Virginia de Peña”.