Ese día en que la irrevocabilidad se volvió efímera

MARIEN ARISTY CAPITÁN

Raudos, cual vientos de huracán, los acontecimientos de ayer nos superaron a tal punto que puedo correr el riesgo de estar desactualizada. Tal fue mi miedo, incluso, que pensé en olvidarme de la política y hablar del sentimiento más sublime: el amor.
¿Qué es la vida sin el amor? Lo mismo, tal vez, que la política sin él: nada. ¿Será acaso por amor que el expresidente Leonel Fernández, picado en el suyo propio o hacia el poder, no da su brazo a torcer? ¿Es el amor al pueblo, a la transparencia o a su destino que lo mueven a someter una instancia contra su propio partido?
El ímpetu leonelista ha puesto contra las cuerdas a la Junta Central Electoral (JCE), cuyos miembros parecerían estar tirando golpes a ciegas sin recordar que toda pelea tiene los asaltos contados. ¿Por qué esperar hasta ayer para contar manualmente los votos? ¿Por qué llegar hasta la duda y el descrédito y ofrecernos un espectáculo tan extraño como la renuncia irrevocable más efímera de la historia?
Cuando vimos que un magistrado de la talla del doctor Roberto Saladín Selín renunciaba irrevocablemente de la JCE se encendieron las alarmas. ¿Qué tan grave había sucedido para que eso pasara? ¿Le daba la razón a Leonel? ¿Había una crisis interna? La duda, que no suele ser efímera, queda. Eso no es bueno.
De este proceso dependen los de febrero y mayo del próximo año. Por amor a la democracia y la sensatez, la JCE tiene que despejar las sospechas y recuperar la confianza de la ciudadanía. Es mucho lo que está en juego en estos momentos. Por ello, el pleno de la JCE debe aceptar que se audite todo. La incertidumbre, si se instala en la gente, es un peligro.