Esencia y característica de “lo dominicano”

Rafael Acevedo

Cada febrero la celebración de las gestas independentistas obliga a pasar revista a determinados temas. En medio de algarabías y solemnidades buscamos nuestros rostros en el espejo fragmentado de nuestra identidad, mediante cristales coloreados que tamizan los acontecimientos históricos, según los relatos de vencedores de turno. Lo que desconcierta a determinados grupos y descendencias étnicas, no pudiendo estos ponerse de acuerdo con cronistas e historiógrafos acerca de los roles y episodios protagonizados por sus ancestros. A veces parece tarea imposible definir cosas tan importantes como lo que es la dominicanidad misma, la esencia y forma del ser dominicano. Afortunadamente, de acuerdo a los relatores más cercanos a las gestas independentistas, los trinitarios establecieron el lema fundacional de “Dios Patria y Libertad”: Dios como providencia proveedora y protectora del Proyecto iniciado (Pablo Mella, 2013); La Patria, como territorio y colectividad humana que lo habita, con sus etnias y culturas (algunas solo retazos inconexos); un lenguaje común y único para todos; Y la libertad como valor central y supremo de la nueva nación, y como característica inalienable de lo humano y de lo dominicano. La libertad es característica definitoria y privativa de lo humano. Sin libertad el hombre sería un animal cualquiera; sin libertad no se produce la dialéctica de la realización humana en el tiempo y el espacio. Es por ello que los hombres tienen una historia, no tan solo una evolución como otras especies. Mas los dominicanos tenemos una suerte fabulosa: Tenemos un origen obscuro cargado de abusos, mentiras, violencia, robo, estupro; y una mezcolanza étnica y racial, que hacen de nuestra identidad, como habría dicho Borges, un espejo fragmentario, “en el que pocos se encuentran”. Aunque no tanto, si se apela a que tenemos un idioma común, con apenas varias docenas de palabras tainas y africanas, y unas pocas herencias culturales, que además de fragmentarias solo se imbrican con la cultura hispano-europea y cristiana, creando religiosidades populares con fragmentos voduistas sincretizados en un “catolicismo” popular, que dista mucho de ser la religión de los dominicanos.
Tenemos también la inmensa suerte de un pasado colonial oprobioso. Fuimos abandonados de nuestros ancestrales colonizadores; sojuzgados por los haitianos, que no fue lo peor, pues liberaron muchos miles de descendientes de africanos, y expandieron la agricultura de exportación (Moya Pons, 2008). Además, sobrevivimos a las invasiones piratas, a repetidos intentos de las potencias de adueñarse nuestro territorio, varias invasiones de estadounidenses, y sufrido docenas de dictaduras y gobiernos déspotas, corruptos y dilapidadores. Somos uno de los pueblos más vapuleados, desde fuera y desde dentro. Todo eso nos hace especiales, y debemos saberlo. Los fundadores sabían que no teníamos otra cosa mejor que el lema trinitario que plasmaron en el escudo: La Libertad, el derecho a ser hombres y mujeres libres, por esfuerzo propio; Un Proyecto: La Patria, para ser construida, reconstruida y libertada incesantemente (aunque “fuere mil veces esclava…”); Una semilla de profunda Fe que convoca la mayoría y lo mejor de nosotros. ¡Y el honor de completar el Proyecto heredado de nuestros Padres Fundadores!