Esos derechos que les negamos a las más pobres

Marien Aristy Capitan

Un absurdo precede al otro. Nada parece tener lógica y, a pesar de que intentamos entender, por momentos nos da la impresión de que terminaremos siendo víctimas de la locura colectiva. Nuestra sociedad, presa del Medioevo, se resigna a avanzar y por eso vemos cómo se torpedean todas las iniciativas que se podrían traducir en conquistas para las que siempre van en desventaja: las mujeres pobres.

Con aparatos reproductores gobernados por las bendiciones eclesiásticas y una gran dosis de ignorancia, ellas paren los hijos que les trae la fortuna y así, a golpe de maternidad, pierden muchas oportunidades. Pero, ¿cómo cambiar eso si no las educamos, si no entienden que hay formas de evitar los embarazos?

Enseñarles es pecado, dice la Iglesia a pesar de que no mantiene a sus hijos. Por eso, bajo los alegatos más absurdos, rechaza el Proyecto de Ley de Salud Sexual y Salud Reproductiva que, a pesar de haber sido revisado y reformulado, volvió a la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados. Mientras eso sucede, las niñas juegan a ser mujeres y nos ponemos un velo para negar la realidad.

Muchos dicen que el proyecto busca promover la sexualidad a destiempo. Es lo contrario: al educar a los niños, que es lo que se quiere, entenderán cuáles son los peligros de adentrarse prematuramente por el mundo del sexo.

Hay quienes también cuestionan que se hable de planificación familiar. Pero, ¿acaso no lo hemos hecho todos? Como nosotros, el resto de las familias tiene derecho a hacerlo. La religión debe quedar fuera de esto. El Estado debe legislar en provecho de todos los ciudadanos.