España en el corazón

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“Vosotros, fascistas, sois los terroristas.” Consigna coreada por la multitud reunida el sábado 13 de marzo en la calle Génova, frente a las oficinas del Partido Popular en Madrid.

“Aznar estaba marginando a una parte significativa de la población y legitimando a los extremistas. El gobierno y la ETA se mueven con el mismo extremismo: ellos encarnan todo lo que está mal en el País Vasco”. Bruno Zubizarreta, vocero

del partido vasco moderado Euskal Alkatrasuna.

Desde el jueves mis ancestros españoles se revuelven en mis venas y no sé si las proclamas que leo son de ahora o vienen del pasado. El domingo culminaron cuarenta años de impunidad para un fascista que murió en su lecho, padre de esos cachorros de señoritos fachas intolerantes e inquisidores. España a pesar de la tragedia halla un cierre épico, eso que representa lo más puro, valiente y encendido del pueblo español.

Con las armas de la democracia votaron “contra el terrorismo”, pero votaron contra el terrorismo de adentro y el de afuera.

Los españoles votaron por la vida, y dieron una lección formidable al mundo con la respuesta cívica más contundente que ha dado el pueblo español desde que se murió el general Francisco Franco.

Dieron una lección de dignidad con la masiva asistencia a las urnas de los 34,5 millones de personas en condiciones de emitir su voto, la abstención se redujo en 8,6% en relación a la elección de 2000.

La gente votó masivamente con dolor pero con lucidez. España acaba de dar al mundo la lección más terminante, porque quebrada de dolor, herida de muerte y con furia se puso en pie a pesar de la matanza y con una épica que recuerda su vocación para sobrevivir a otras tragedias, recurrió a las armas más rotundas y decisivas de la democracia: las movilizaciones y la fuerza del voto. La democracia no fue un mero conteo de votos sino que representó un entramado de principios elementales como la libertad, la justicia, los derechos humanos, la convivencia y sobre todo la tolerancia y la humildad.

Los españoles con una lucidez que evidencia su enorme madurez a lo largo de estos años de transición puso en claro su distancia abismal con los bárbaros que siembran la muerte para imponer el fanatismo de una u otra índole, porque si fanático es el terrorista también lo es “el señor de la guerra” que como José María Aznar embarcó a España en una guerra que contaba con el rechazo masivo de los españoles. Osvaldo Pepe, secretario de redacción del diario Clarín, escribió: “Cuando decidió el apoyo sin red a la cruzada punitiva de Bush contra Irak no quiso escuchar entonces la voz de los españoles en las calles. Menos aún, en las urnas mediante un eventual plebiscito. La política siempre pasa factura. Ayer Aznar escuchó esas millones de voces antes ignoradas. Y supo que a veces no alcanza con la economía y la euforia del consumo. Que la democracia es otra cosa”.

Rodrigo Fresan desde Barcelona escribe: “Lo cierto es que perdió Aznar y que finalmente le han pasado la factura por una mala gestión de la mayoría absoluta. El escándalo de la financiera Gescartera, la catástrofe ecológica por el naufragio del Prestige y la alianza carnal con Bush, a lo que se ha sumado la torpe manera a la hora de informar el avance de las investigaciones en cuanto al bestial atentado del jueves, han determinado su caída desde las alturas en las que se sentía más César que jefe de gobierno”.

Y quien le pasó factura con la rapidez y la transparencia de la juventud fue “el voto fresco de los 2.000.000 de nuevos votantes que probablemente hayan sido decisivos a la hora de dar vuelta la tortilla, y determinaron que Aznar se vaya de la peor manera”. El domingo de la votación José María Aznar lucía demudado, inconmovible y crispado ante la ola de denuestos que le llovían. Dijo: “Vengan de donde vengan los terroristas y fanáticos, no vamos a permitirles que acaben y sometan a la sociedad española.”

La multitud le contestó: “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”.

Parecía un cartel de la guerra civil de 1936 y no la respuesta dolorida ante la masacre y la intolerancia del 2004.

Durante ocho años esos insultos representan una forma de hacer política pero también muestran cómo al fin asoma el fin de un reino, “acaso sirvan para entender por qué España se halla a un paso de cincelar el mejor epitafio para un estilo y una ideología de gobierno en franca agonía”.

Los paramédicos ni siquiera habían podido llegar al lugar del desastre, cuando José María Aznar llamó a la redacción del periódico “El País” y se apuró en señalar a la ETA como el culpable. Fue un manotazo de ahogado: si los atentados eran obra del fundamentalismo islámico, quedaba claro que era una venganza contra España por el apoyo incondicional de Aznar a la invasión a Irak. No bien Al Qaida confirmó su participación en los ataques, empezó el principio del fin de la carrera política de Aznar, que entró prometiendo que acabaría con el terrorismo y que se marcha con más de 200 muertos y 1.500 heridos.

José María Aznar es descendiente de una acomodada familia navarra, con conspicuos representantes en la diplomacia y en el periodismo de su país.

El nieto de Manuel Aznar Zubigaray, un político que antes de pasarse a las filas del dictador Francisco Franco militaba en el nacionalismo vasco, nació en Madrid en 1953, estudió Derecho en la Universidad Complutense y, antes de entrar en la política, trabajó como inspector impositivo. Su padre Manuel Aznar Acedo fue quien dirigió la escuela de cine del Ministerio de Información de la dictadura franquista (1939 1975).

En 1982 ganó una banca de diputado por la provincia de La Rioja con la Alianza Popular (AP). Muy pronto se ganó la confianza del líder de este partido conservador, Manuel Fraga Iribarne, un ex ministro de Franco, que lo eligió vicepresidente nacional de esa fuerza. Al poco tiempo, Aznar conducía la refundación de la AP como el Partido Popular, que buscaba atraer el voto del centro y abrazaba el más puro liberalismo económico.

Hombre de derechas fue al principio hombre de Manuel Fraga Iribarne, el heredero del general Francisco Franco, convivió en los inicios partidarios en la Alianza Popular con franquistas históricos y golpistas reciclados hasta que en 1982 lo eligieron como secretario general adjunto de la agrupación.

Ese espaldarazo lo llevó a la cúspide de la política española, en la que en ese entonces reinaba el socialista Felipe González. Aznar llevó al partido desde el franquismo cavernícola inicial a una centroderecha pragmática, de corte europeo que en 1990 fue rebautizado como Partido Popular y que ingresó a la Internacional Demócrata Cristiana. En 1996, con el socialismo hundido en sus escándalos políticos y de corrupción, ganó las legislativas y formó su primer gobierno.

En 1995, cuando era diputado nacional por Madrid, la ETA intentó asesinarlo con una bomba. Sobrevivió porque el auto en que viajaba estaba blindado. Con una victoria aplastante, en el 2000 ganó un segundo mandato y declaró que no iba a postularse para un tercero. A diferencia del período anterior, en esta gestión su partido no tuvo que pactar con otras fuerzas para gobernar. Y ahí se selló su partida de defunción porque se creyó hombre de horca y cuchillo. España seguía en pleno boom económico y Aznar se jactó de sus avances en la lucha contra el terrorismo de ETA. Pero la oposición lo criticó por “utilizar el terrorismo en su beneficio” y alimentar el resentimiento del País Vasco, que empeoró cuando en el 2002 Aznar prohibió a Herri Batasuna, el movimiento político de ETA. Bruno Zubizarreta, vocero del partido vasco moderado Euskal Alkatrasuna, dijo que Aznar estaba “marginando a una parte significativa de la población y legitimando a los extremistas. El gobierno y la ETA se mueven con el mismo extremismo: ellos encarnan todo lo que está mal en el País Vasco”.

Después de los atentados del 11 de septiembre, George W. Bush pasó a integrar la lista de sus amigos personales junto al primer ministro italiano Silvio Berlusconi y al de Gran Bretaña, Tony Blair. En 2003, a pesar de que el 90 por ciento de los españoles se oponían, Aznar apoyó la invasión a Irak con tropas y bases aéreas. Las manifestaciones en su contra fueron abrumadoras, pero Aznar no dio el brazo a torcer. Tampoco dio su brazo a torcer tiempo después y rehusó considerar siquiera que las armas de destrucción masiva alegadas como justificación para la guerra no existían. “Hice lo que hice porque estaba en los intereses de España”, se empecinó, hasta que le torcieron el brazo, la matanza de Madrid y la madurez cívica del pueblo español.

Monótono, adusto y antipático, sólo despierta emociones de rechazo sobre su persona. Su gestión impuso el recorte del déficit público y una reforma estructural de la economía con la privatización de empresas públicas. El desempleo, que era el más alto de Europa, bajó gracias a flexibilización laboral en lo que se llamó el empleo “chatarra”, por su precariedad. Los subsidios que la Unión Europea entrega desde hace años a España y una profunda desregulación empujaron el crecimiento, siempre superior al 3% del PBI desde el inicio de su mandato y esta bonanza, junto con una extrema austeridad presupuestaria, se tradujeron en un nuevo triunfo en el 2000. Este triunfo lo llevó a un manejo intransigente en la cuestión vasca y una franca obcecación por marchar a Irak a la zaga de Bush pese a que 8 de cada 10 españoles le dijeron que no.

“Muchos consideran prematuro escribir ahora el epitafio de Aznar. Pero lo cierto es que los atentados del jueves y las maniobras informativas oficiales para evitar que fuesen interpretados como una secuela de la guerra impopular en su país comenzaron a esmerilar su ataúd político. Quienes lo desdeñan afirman hoy que fue la gente, con su cachetada electoral, la que al fin le puso los clavos”.

Casi setenta años después, la memoria histórica, la madurez cívica de un pueblo y la negativa a revivir la intolerancia y la inquisición le clavó por fin las banderillas al fascismo.