España en el corazón

Un pedazo de pan con chorizo, la taza con las sobras del café, un radio encendido, una almohada con las huellas del último sueño. Un abrazo rutinario, un hasta luego igual, una discusión pendiente. El sabor a tabaco y vino de la madrugada…

Tal vez la ilusión de un encuentro, la posibilidad de algún cambio laboral, precedió la entrada, de cada una de las víctimas, al vagón de la muerte. ¿Cuál fue la culpa del albañil, del tendero, del panadero, de la estudiante, del enfermero, de la empleada doméstica, del jubilado, del extranjero asustado, del oficinista, del peluquero, de la recién graduada? Ni perseguían, ni torturaban, ni conquistaban, ni intervenían, ni exterminaban, ni se inventaron una guerra, ni dividieron el mundo entre buenos y malos.

La infracción de las víctimas de Atocha, Santa Eugenia y el Pozo del tío Raimundo, fue la vida. Su error, existir, para que la venganza sin argumentos se ensañara en su contra. Los destrozara, sin explicación ni credibilidad posible. Muertos por la muerte y para la muerte. Sin defensa, con la única aspiración de una cruz y la permanencia en recuerdos individuales y tormentos colectivos. Es la saña sin rostro y con epitafio. El padecimiento de la fosa solitaria, cavada por la cobardía.

¡¡Viva la Muerte!!, vociferó, iracundo, Millán Astray en el 1936. Su enloquecida proclama se convirtió en trascendente, más allá de Salamanca, más allá de la península, del tiempo, del millón de cadáveres. La España destrozada de entonces hizo su ofrenda fúnebre, no precisaba más desgarro sino enmienda. Aquel grito miserable y siniestro, aquella arenga irresponsable y funesta, atravesó décadas para convertirse en consigna universal. Y el espanto no es propio. Sale de la España conmovida, afecta a la mayoría inerme y desamparada. Situada a la orilla de un proyecto desigual que sólo deja el llanto, ni siquiera la quimera, a cientos de miles. Aquí, allá, acullá.

El 11 de marzo madrileño de nuevo enfrenta al mundo con el horror, con la impotencia. Con la fragilidad de la retórica y la codicia, con las complicidades y las culpas. Con la arrogancia. Atrás queda el sueño de un mundo mejor, de un siglo distinto. Nadie diseña la opción de la paz porque no saben redactar el texto. La violencia campea por sus fueros. La terquedad persiste. El siglo XX fue marcado con sangre, la tumba es su historia. La nueva centuria augura lo peor. En los centros del poder universal no cabe la aflicción, no es una variable del desarrollo ficticio, no altera mercados. Las motivos del afán internacional, de la mundialización, son otros. Y no hay tregua. Se prefieren las lágrimas y las jaculatorias póstumas. El espectáculo fúnebre.

Ninguno de esos muertos es ajeno. No debe serlo. La cuota de sacrificio parece infinita. El principio es el exterminio, sin ton ni son. Ya no importa el objetivo, ni el disfraz de las intenciones. Es matar por matar, demostrar la falacia de la seguridad, el riesgo de las libertades, la temeridad del fanatismo. Colocar en una balanza el belicismo aceptado, rubricado, público, versus la matanza sin sello oficial y sin posibilidad de héroes de guerra, conquista o razón de estado.

Cuando la divisa es la muerte, el principio el crimen, la persuasión que exigía Unamuno, para convencer, es imposible. No hay respuesta, ni excusas. Tan execrable es la manipulación oficial, como el orgullo de los asesinos, disputándose, con indicios, la autoría del desastre, como gladiadores sádicos de lo absurdo. Triunfantes.

Porque duele, porque espanta, porque indigna, porque escuece, porque vence. Porque la prédica no calma, ni la esperanza pude resucitar tanto muerto inútil, tanta carne inocente, lejos de las miserias del poder, de la insensatez, de la crueldad. Aunque duela, aunque espante, aunque venza, de alguna manera se precisa transformar el luto. Detener la cruzada macabra contra la vida, porque sí. Ora en nombre de Alá o por orden del omnipotente y vengativo Dios del Antiguo Testamento. Ora por el petróleo o por el agua, por el yacimiento o por la coca, por el opio o por el acero. Por las armas, por las autonomías o en contra de ellas. Es el ¡Viva la muerte! invencible. La derrota de la vida pactada antes y después. Sin reparos. Es una demencial apuesta por la nada. Quizás por el dolor, como expurgación innecesaria.