¿Está el presidente Leonel
Fernández pensando en la historia?

Raimundo Tirado
Al observar las ejecutorias del Presidente Leonel Fernández y compararlas con su amplia cultura y su experticia, no hay manera de sintonizarlas. Cualquiera piensa que la ilustración de por sí debe ser una condición para que un gobernante tenga cabal conciencia de los deberes y obligaciones de su cargo. Pero no es así.

Cuando pasamos una hojeada a los hombres y mujeres que han gobernado en el mundo, nos damos cuenta que muchos han sido reyes, presidentes, primeros ministros, etc., pero muy pocos han alcanzado la estatura de verdaderos estadistas.

La mayoría de los que han gobernado el mundo, lo han hecho para su propio provecho, o para defender los intereses y privilegios de una minoría, en perjuicio de la mayoría. Otros han pretendido continuar en el poder al margen de las reglas democráticas, y en contra de la real intención de la mayoría de sus gobernados, o queriendo utilizar la fuerza y los recursos del poder para seguir gobernando.

El estadista, por encima de todo, piensa en su país, y es incapaz de encaminar una acción al margen de los intereses nacionales. Es un hombre o una mujer historia, lo que significa que toda decisión la enmarca tomando en cuenta su repercusión futura, y siempre visualiza cómo le enjuiciarán las futuras generaciones.

El Dr. Leonel Fernández ha debido trabajar para alcanzar un sitial de relevancia y respeto en la historia de su país y del mundo. Él, más que nadie, debe saber que el disfrute del poder es pasajero, y que el juicio de la posteridad es vital para la inmortalidad.

Pero, dado el estado actual de las ejecutorias gubernamentales, existe una locura colectiva en los funcionarios y muchos dirigentes enquistados en la administración pública, para retener a toda costa el poder, sin importar el medio para lograrlo, ni las consecuencias que podrían devenir.

La manera descarada como se usan los recursos del Estado, al margen de la ley y la justicia, las travesuras que se están cometiendo para forzar la reelección del presidente Fernández y la corrupción rampante que ha permeado casi todos los estamentos de la actual administración de gobierno, van dirigiendo los destinos del país por un camino sumamente peligroso y arriesgado.

El pueblo contempla estupefacto la situación planteada, viendo que se están reeditando conductas y malas artes que ya se creían superadas, y otras nuevas que no se podían imaginar. El tremendismo ha asomado también, y ya hay funcionarios que han afirmado que la actual administración se queda por las buenas o por las malas, lo que presagia conflictos de impredecibles consecuencias.

El Presidente Leonel Fernández parece entrampado en su afán de quedarse en el poder, rodeado y alentado por un grupo de funcionarios voraces que se resisten a la idea de perder los privilegios que actualmente disfrutan. En esa ceguera colectiva se han olvidado de su responsabilidad de Estado, y del respeto por las reglas de la democracia.

El Presidente parece no tener la capacidad para salirse del actual atolladero, y de seguir así, las cosas van a empeorar, porque ningún dirigente de la oposición se va a quedar cruzado de brazos para que le crucifiquen; la reacción de seguro que se sentirá con fuerza, y si a todo lo anterior, se agrega el enfrentamiento entre hermanos dominicanos que podría sobrevenir, con pérdida de muchas vidas. Leonel Fernández se posiciona en el filo de la navaja para convertirse en uno de los presidentes más funestos de la historia dominicana.

La ocurrencia de todo lo anterior resultará sumamente penoso, sabiendo que el presidente Leonel tiene en sus manos la oportunidad de despedirse del poder con honores y con la admiración de su pueblo, si finalmente se decidiera por dejar atrás todo el lodo derramado, para recuperar la condición de estadista, que es la que él debiera ganarse ante la historia.