Estados Unidos, un imperio agresivo

POR FRANCISCO RUBIALES
Demasiados síntomas reflejan que Estados Unidos, país que en los últimos dos siglos fue referencia mundial de la democracia, paraíso de inmigrantes oprimidos y paladín de las libertades y derechos individuales, se está transformando en un Imperio con voluntad decidida de liderar el mundo, de aplastar a sus enemigos y de exigir a sus aliados respeto y sumisión. Es todo un cambio destinado a convertirse en el rasgo más notable de la sociedad mundial en el siglo XXI.

El país más poderoso del mundo está protagonizando un tránsito desde el mundo dual al liderazgo único y una migración desde una dependencia acomplejada con respecto a Europa a la voluntad de sustituir en el liderazgo y someter de una vez por todas al viejo continente, al que muchos pensadores americanos consideran en decadencia, incapaz ya de ejercer el mando, culpable de muchos de los males actuales del mundo y como una auténtica rémora para el progreso de la Humanidad.

Algunos ingenuos creen que el tránsito hacia el nuevo imperialismo es consecuencia de la presidencia de Bush, pero el asunto es bastante más profundo y complejo. El motor del cambio ni siquiera ha sido la conciencia de ser el país más poderoso y rico del mundo, sin que exista ningún otro capaz de oponérsele, sino el convencimiento de las élites de que el liderazgo europeo está acabado y de la necesidad de relevar de sus responsabilidades a una Europa que consideran blanda, debilitada, endemicamente ineficiente y culpable de haber engendrado males como el comunismo, el terrorismo y el Estado fuerte, una institución esta última que los europeos adoran y que los americanos consideran como uno de los más peligrosos enemigos de la civilización.

Estas teorías, que hay comienzan a ser dominantes en los think tanks, en los dos grandes partidos y en la cúspide del poder económico americano, empezaron a fraguarse en los tiempos del presidente Ronald Reagan, al que los pensadores del Partido Republicano y no pocos demócratas admiran y consideran como el mejor presidente de la historia americana. De Reagan es la conocida frase “El Gobierno no puede resolver el problema; el problema es el Gobierno”.

De algún modo, esa ruptura ideológica con la vieja Europa es entendida en USA como un signo de madurez y algo que, tarde o temprano, tenía que ocurrirle a un país que, desde que fue fundado por descendientes de inmigrantes europeos, ha padecido una durísima y casi colonial dependencia cultural con respecto a Europa.

Hoy, los norteamericanos, tanto los republicanos como los demócratas, aunque estos últimos de manera menos ostensible, conscientes de que fueron ellos y sus ideas los que derrotaron a los comunistas e hicieron desaparecer a la URSS, son los impulsores del Imperio y los defensores de la idea de que el mundo necesita urgentemente del liderazgo americano para acabar con males que la Vieja Europa ha permitido y no puede resolver, como son el ascenso de la rebelión islámica, el terrorismo, la indisciplina social, la inseguridad, la desigualdad, la decadencia de la democracia y otros muchos.

La terapia recomendada por los ideólogos republicanos, uno de los cuales es el conocido Grover Norquist, aunque la mayoría son analistas anónimos empleados en la CIA, otras agencias secretas y laboratorios de ideas (Thing Tank) comandados por el Vicepresidente Dick Cheney o por el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, es demasiado simple para los europeos, pero muy adaptada a la mentalidad americana: reducir el Estado a su mínima expresión, dar prioridad absoluta a las libertades individuales, apostar por el sector privado, permitir el libre uso de las armas por los ciudadanos y apoyar una economía basada en el esfuerzo personal, en la que la sanidad y las pensiones serán privatizadas y con todo lo que huela a Estado de Bienestar dinamitado, sin que quede de él ni la sombra.

La dimensión militar de esta teoría proclama la necesidad de clarificar previamente la situación mundial, eliminando confusiones y dudas, hasta conseguir que sea evidente quién es amigo y quién enemigo. Por vez primera, la guerra no es considerada como la única vía para el dominio. Se están configurando novedosas estrategias basadas en utilizar la democracia como fuerza civilizadora, en la presión diplomática, en el acoso comercial, industrial y tecnológico y en ataques, vía opinión pública, a la imagen y al prestigio del adversario.

No habrá lugar en el futuro para los indecisos y los tibios, a los que se les hará sentir el poder del imperio y contra los cuales se lanzarán medidas destinadas a aislarlos y a arruinarlos. Con los enemigos no habrá misericordia y deberán ser debilitados o eliminados a través de medidas que van desde el acoso mediático y las presiones irresistibles al asesinato de líderes peligrosos y a la intervención preventiva, allí donde sea necesario.

Los primeros pasos previstos por Washington son formar una coalición mundial de amigos incondicionales y, seguidamente, devaluar a otros organismos internacionales como la ONU e, incluso, la OTAN, controlando de manera férrea el acceso a las armas sofisticadas, sólo disponibles para los muy amigos, y la marcha de la economía mundial, a través de instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OMC.

Los ideólogos que abogan por el Imperio recomiendan crear en Estados Unidos lo que definen como una retaguardia invencible, una especie de sociedad modélica y ejemplar, basada en el pragmatismo, el predominio de lo privado y en el ejercicio de las libertades individuales, hasta convertirse en la economía más competitiva que cualquier otra del planeta, en la que el Estado de Bienestar deje de ser necesario. Para alcanzar esta meta, se desarrollará una política complementaria de inmigración selectiva, enfocada a dar cobijo en Estados Unidos a los mejores cerebros del mundo, sobre todo investigadores, procedentes de Europa y Asia, al mismo tiempo que se incrementan cada año los recursos destinados a innovación, tecnología y ciencia.
(Periodista Digital)