¿Estamos?

Muy a pesar de los enojos provocados entre representantes de sectores aludidos, el Informe Nacional de Desarrollo Humano presentado por Niky Fabiancic, representante local del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), debe invitarnos a reflexionar sobre la forma en que cada uno ha desempeñado su papel en el sostenimiento de los equilibrios sociales en este país.

Ante la certeza de que cientos de miles de familias no tienen acceso a alimentación adecuada y servicios garantes de una buena calidad de vida, hay que distribuir, sin rabietas estériles, las responsabilidades que corresponden a cada uno por la prevalencia de un estado de cosas en que predominan corrupción e impunidad.

Disentir del informe del PNUD, de su descarnada crudeza, no redime de culpas a autoridades, empresarios, políticos y ciudadanos en lo que concierne a las terribles desigualdades socio económicas de nuestra población.

–II–

Un hecho cierto, que el informe corrobora, es el poco o ningún impacto del pregonado crecimiento económico en la calidad de vida de la gente. Antes ni ahora, ese crecimiento ha tocado la pobreza terrible en que vive una proporción muy importante de nuestra población.

El crecimiento económico debería funcionar como un propulsor de crecimiento humano, a través de una mayor y mejor inversión social dirigida hacia las masas empobrecidas. Aquí no ha ocurrido nada de eso.

¿Cómo explicar que las cifras del crecimiento económico, actualmente de un 4%, según se afirma, no tengan influencia alguna para atenuar las condiciones de pobreza? Evidentemente, la correa de transmisión no alcanza hasta donde la pobreza se enseñorea y ataca, ámbitos que solo son recordados por los políticos en época de elecciones, o por los estadígrafos para fines de censo.

–III–

Algo que advierte el informe del PNUD y que debe ser tomado muy en cuenta es la necesidad de hacer las transformaciones sociales necesarias antes de que sean exigidas de manera violenta.

Aquí, en estos tiempos, se vive el fenómeno de que el descenso en la cotización del dólar no ha desmontado muchos de los precios que se inflaron cuando la crisis llevó el dólar a costar sobre RD$50. Peor que eso, ninguna autoridad se ha atrevido a forzar que así sea.

Aquí, a estas alturas, se siguen esfumando las posibilidades de que la corrupción, tanto en la administración pública como en el sector privado, sea debida y oportunamente castigada por la Justicia.

Aquí, todavía, se mantiene la preferencia sobre los impuestos indirectos a los directos sobre las ganancias. Se prefiere ampliar la base de aplicación del Impuesto a la Transferencia de Bienes Industrializados y Servicios (ITEBIS) antes que acabar con la evasión del mismo, que según las propias autoridades es de un 50%.

Todos esos elementos, que son responsabilidad de políticos, gobernantes y sectores económicos, son los puntales de sustentación de desigualdades que van más allá de lo razonable, sobre todo, más allá de lo prudente si se quiere preservar los equilibrios sociales.

Chistar y resabiar deja abiertas las posibilidades de que, como apunta el PNUD, la sociedad exija los cambios por la vía menos conveniente. ¿Estamos?