Estilo, técnica y lenguaje
en la redacción novelística

DIÓGENES VALDEZ
Tal vez resulte útil revisar algunos aspectos acerca del trabajo del novelista. Este oficio contiene varias técnicas, tantas como maneras de sentir y palpar con el alma la realidad de nuestro entorno. Katherine Ann Porter, la gran escritora norteamericana confiesa que “hay una técnica y un oficio, y es preciso aprenderlo”, y aunque el oficio sea uno, cada escritor tiene su técnica, la que utiliza en una forma tan peculiar veces, que permite al lector identificar sus trabajos, aun cuando no estén calzados con su firma.

La técnica no es solamente la forma en que se asocian las palabras, también es la manera en que se conciben las ideas y se exponen en el texto. Hay autores que prefieren utilizar el coloquialismo “al momento de concebir una obra literaria; muchos han comprendido que la literatura es antes que nada, entretención y por tal razón recomiendan a sus personajes que se expresen de la misma forma en que lo hace un ciudadano común y corriente.” Katherine Ann Porter es una de estos escritores. Ella nos dice, por ejemplo: “Tengo algo que contar, algo que, por alguna razón, considero digno de ser contado, de suerte que deseo contarlo tan clara y simplemente como pueda.

Es conveniente hacer hincapié en las cursivas. Algunos críticos son de opinión que se demerita una obra si el autor escribe de una “manera clara y simple”, de forma tal que todos los lectores puedan acceder al mensaje. Hacerse enteder, aunque luzca una paradoja, de por sí es un trabajo arduo.

El academicismo en ocasiones complica el sentido de la creación literaria, trastocando los valores estéticos. Este academicismo mal comprendido y peor llevado complica a veces la vida a los lectores.

Cuenta la señorita Porter, en una entrevista con Bárbara Thompson, que en una oportunidad una joven le llevó a Mary McCarthy un cuento que aquélla encontró muy bueno, considerándolo “una obra terminada”, y que la estudiante le ripostó diciéndole… “mi maestra de creación literaria me dijo: Sí, es un buen trabajo, pero ahora debemos reescribirlo para poner los símbolos”.

Conozco a varios escritores que después de terminar un poema (en ocasiones muy bueno), lo reescriben con la ayuda de un diccionario de sinónimos, no para “poner símbolos” sino para sustituir palabras por otras que parezcan grandilocuentes. Esto no sólo me parece inauténtico, sino algo peor: fraudulento.

Hay quienes confunden la “técnica” con el “estilo” y ambos son conceptos diferentes. El estilo es algo más que el hombre, es de una manera muy particular, el sello que permite identificar la obra de un autor, aun cuando ésta no lleve su firma. Es algo que surge de forma inminente sin que el escritor lo perciba. Todos podrán pontificar sobre dicho asunto, menos el dueño del mismo. Claro está, como señala K. A. Porter, “uno puede cultivar un estilo, si así lo desea. Pero yo diría que un estilo así no pasa de ser un estilo cultivado. No pasa de ser artificial e impuesto, y no creo que engañe a nadie. Un estilo cultivado sería como una máscara”.

Lo que es bueno para un poeta, también lo es para un cuentista, un novelista y para cualquier escritor sin importar el género en que se desempeñe. Si un poeta de la estatura de T.S. Elliot recomienda a un colega de menos experiencia que tome “como material su propio lenguaje tal y como se habla en torno suyo”, por lo regular la poesía trata asuntos elevados del espíritu, mientras que el novelista tiene como preocupación capital reflejar la vida tal cual es.

Elliot, quien considera “terriblemente peligroso dar consejos”, sin embargo, se arriesga a darlos, partiendo de su propia experiencia.

El deseo de resultar “interesantes” parece ser algo de capital importancia en algunos escritores y de esto hay que culpar a una crítica que siente asimismo la necesidad de rebelarse ante la sociedad, como conocedora de todos los arcanos. Es verdad que la experiencia no se improvisa, pero no sólo se aprende de los propios errores, sino también de los ajenos, si los analizamos con libertad de prejuicios. El lenguaje es el único instrumento que tiene el escritor para comunicar sus sentimientos, y si éstos son claros y ordenados, así también deberá ser su prosa. Hay que amar la pureza del lenguaje y llevarse de las recomendaciones de la señorita Porter, rechazando el lenguaje científico, y las frases altisonantes, porque todo esto “pasado mañana será anacrónico”.

Nunca estaría de más insistir en el asunto de los mecanismos de expresión, hasta que se entienda cuál es la verdadera función del novelista dentro de una sociedad, hoy mucho más necesario que ayer, porque las comunicaciones han achicado el mundo y cada ser humano puede considerarse vecino “del otro”, aunque éste viva en las antípodas. Este vecino nos exige, para decirlo con palabras de la notable escritora norteamericana, que hay que hablar claro y sensible y puramente en un lenguaje que un niño de seis años puede entender, y que sin embargo tenga los significados y matices del lenguaje (…)”.

Una socorrida expresión dice “que si los consejos sirvieran para algo, nadie los diera gratis”. En literatura esto no tiene aplicación. Los consejos de aquéllos que en el oficio de escribir han alcanzado el grado de maestros, son de gran utilidad. Casi todos ellos parecen coincidir en que la técnica no es lo primordial en el momento de iniciar una narración. Más importante es un estilo atrayente y un lenguaje depurado que permita la intelegebilidad. Sin embargo, que no hay que ser tan drástico como Faulkner, quien considera que “si el escritor está interesado en la técnica, más vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos”.

El siempre descarnado Henry Miller, tan directo y tan adicto a las metáforas nunca piensa –según su propia confesión– en adherirse a ninguna forma particular de enfoque, porque llegado un momento, durante el ejercicio de su profesión, descubrió, “que la mejor técnica es la ausencia de toda técnica”. Esto significa la adopción de una postura auténtica, en la que la no adopción de un modelo escritural preestablecido confiere a la creación literaria un sello de originalidad. Miller nos revela su método para abordar los temas que ha elegido: él trata de permanecer “abierto y flexible, dispuesto a girar con el viento o con la corriente de pensamiento”. Esa es “su técnica”: estar alerta para usar cualquier cosa que considere buena en el momento.

Antes que nada debe haber comunicación entre el emisor y el receptor del mensaje, entre el escritor y quien lee, y para esto la obra debe ser intelegible porque tal y como señala el autor de “Trópico de Capricornio” y de la trilogía “Sexus, Plexus, Nexus”, “cuando uno pierde toda intelegibilidad, uno está perdido”.