¿Estraperlo comercial? ¿Chanchullo?

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Estraperlo significa maniobra comercial ilícita y estraperlista es quien hace estraperlo. Es también equivalente a chanchullo, que por aquí hemos, en la práctica, hermanado con líos de política, limitando el área de maniobra ilícita a los pataleos de los partidos políticos derrotados en elecciones, especialmente si son presidenciales.

El estraperlo y el chanchullo, cuando es en terreno político, produce lo que mi recordado amigo Alfredo Matilla (profesor del Conservatorio de Puerto Rico, quien me acercó al ilustre Pablo Casals) diferenciaba como “pirpiritajes” y “pipirileles”, aclarando entre trepidaciones de sus mofletes blandos, con humorística severidad, que “pipiritaje” era como desconchavarse en una protesta y “pipirelele” era tirarse al piso pataleando y dando grititos sollozantes.

Hoy no sabemos cuál corresponde a lo que unos hacen, al pueblo llano, los comerciantes de alimentos especialmente.

Aunque otros no se quedan detrás.

Por supuesto que tal práctica no es invento nuestro, como solemos señalar cuando decimos que “eso solamente pasa aquí”. De hecho, la palabra extraperlo tiene su origen en un escándalo que salió a la luz en octubre de 1935 en España, donde se descubrió una especie de ruleta inventada por Daniel Strauss y Perlo, quien había sobornado autoridades para violar la prohibición del juego que entonces estaba impuesta.

Es que lo de hacer trampa es viejo. Tan viejo como la tos.

Igual es la compra de conciencias.

La obnubilación de la conciencia.

Yo me pregunto. ¿Qué margen de ganancia debe tener esos comerciantes que pueden vender sus mercancías, comestibles o no, a mitad de precio y aún así, por supuesto van ganando?

No es de extrañarse, pues, de las riquezas formidables que muestran sin rubor un buen número de recién llegados al comercio, sin trayectoria de esfuerzos desplegados en largo espacio de tiempo, que de repente saltan a ser millonarios y a vivir como tales.

El estraperlo y el chanchullo no es privativo de políticos y moscones que zumban junto a sus oídos.

Lo malo es que nos dejamos engatusar.

Recuerdo con nostalgia y algo de ira que, recién llegado a Dallas, Texas, USA, fui a un supermercado del barrio, cerca del área universitaria y al tomar una lata de vegetales en conserva, una elegante y enjoyada señora me la quitó de la mano y me regañó por no fijarse que estaba a sobreprecio y además tenía vencimiento cercano.

Se trataba de un grupo de damas ricas que se alternaban para actuar en defensa del consumidor.

Dos veces, tal vez tres, he intentado que nuestras señoras ricas hagan lo mismo. Ha sido inútil. Todavía estamos en la fase de “Nuevos Ricos” que no importa si es caro o desorbitado el precio de un artículo.

– “Es que si es caro, es bueno”- me dijo una señora aquí, apoderada de una infalibilidad papal que, tal vez, no sienta el Sumo Pontífice.

Algo no anda bien, especialmente en el comercio de alimentos. Los precios suben y suben injustificadamente. En proporción y frecuencia.

¿Estraperlo comercial? ¿Chanchullo?