Evo Morales ignoró a Taqui Muyu y perdió

Ubi Rivas.

La ambición, potencializada desmedida, uno de los siete pecados capitales que especifica la Biblia, es uno de los gérmenes incrustados en el genoma humano, que conduce derechito a la perdición y la tragedia, como elemento constitutivo de la arcilla miserable que somos.
En la cultura aymara boliviana, de donde procede el tres veces presidente Evo Morales, el Taqui Muyu es el precepto que instituye la alternancia de los chamanes de entre dos y tres años, y Evo ya llevaba l4, y su ambición indomeñada de poder le condujo a perderlo, y extrañarse de su país por las presiones fácticas tan viscerales, endémicas y repudiables en el Altiplano.
Además, Evo obvió la cadencia electoral y el guiño de sus paisanos, al comprobar que cuando inició la presidencia del antiguo colonial Alto Perú en 2009, el cómputo electoral le endosó 64.22%, cinco años después en 2014 un 63.36%, y este crucial 20 de octubre 47.07% frente a su rival Carlos Mesa Gisbert 36.51%.
Era la dorada y altruista ocasión para llamar a Carlos Mesa Gisbert, y con un abrazo saturado de concordia y nobleza, por la paz de su país, y preservación de su futuro político, extenderle la rama de olivo del triunfo, ahorrando así tensiones, destrozos públicos, muertos, zozobra nacional, y final, el inicio de la dolorosa ruta del exilio, por altruismo de su colega mexicano Andrés Manuel López Obrador, el inefable AMLO.
La primera ocasión que Evo minimizó el precepto Taqui Muyu fue cuando el plebiscito del 24-02-16, donde el 51.3% expresó rotundo no a la reelección, frente a 48.7% si.
Evo logró un legado económico referencial, y el único gobernante que importantizó el indigenismo boliviano, pero el aguijón perverso de la ambición, culminó por ignorar el Taqui Muyu.