Examinar el arte y las letras

LEÓN DAVID
La actitud científica no  puede dejar de tomar en cuenta, como punto de partida, un hecho fundamental: adecuar los instrumentos y modos del análisis a la naturaleza del objeto estudiado. Son las peculiaridades de dicho objeto las que revelan con toda claridad que determinado acercamiento cognoscitivo resulta provechoso, en tanto que otra forma de indagación tiene viso de saldarse con  fracaso o con magra cosecha de interpretaciones.

 La entidad cuyo oculto tesoro se empeñan el crítico y el historiador de la literatura y las artes en desenterrar, no es una cosa, no es una realidad física tangible que admita ser vertida de una vez y para siempre. La escurridiza presa tras la que lanza sus sabuesos el serio investigador de las artes es de otra índole: elusiva tremolación del espíritu antes que material criatura. Experiencia, pues, que pertenece al mundo de los valores, de las calidades, de la subjetividad; que atañe muy especialmente a la manera cómo reacciona el contemplador ante el estímulo que la obra del artista y del escritor proporciona… El hecho de que a diferencia  del físico, el zoólogo o el matemático no dispongan los teorizadores del arte y la literatura de un conjunto de principios indiscutibles y de métodos y protocolos universalmente aceptados que les permitan adentrarse en el océano de vivencias valorativas infinitamente heterogéneas cuyo oleaje la contemplación de la obra pone inevitablemente en movimiento; y que, por consiguiente, no les sea posible retornar de tan aventurada pesquisa en las cambiantes aguas de la personal apreciación con las redes henchidas de resultados definitivos, conclusiones inequívocas y datos irrefutables, el hecho de que pareja restricción exista, -aclarémoslo de una vez por todas- no autoriza en modo alguno a que se colija que la que hemos dado en llamar ‘experiencia estética’  rehuye por definición el examen científico, se muestra refractaria a las estrategias de la indagación sistemática y debe eo ipso ser olímpicamente ignorada por quienes aspiren a penetrar en el templo del conocimiento riguroso.

 Si de ese modo actuásemos, si porque su endiablada complejidad y evasivo tenor induce a descartar el enfoque de la medida y de la cifra, decidimos relegar las cuestiones de estético linaje a la trivial conversación de sobremesa, estaríamos renunciando, a causa de un tosco error de perspectiva, a derramar la luz de la inteligencia y la racional discriminación –fulgor del que no cabe prescindir- sobre una de las más admirables dimensiones del espíritu humano; estaríamos privándonos de entender una parte esencial de lo que somos…   La mente lúcida y erudita de Umberto Eco  lo recalca: “no hay nada menos científico que querer ignorar la presencia de fenómenos todavía no exactamente definidos.”

 De lo que antecede se  deriva que el crítico de arte que asumiendo con responsabilidad su ministerio se proponga desvelar el significado del objeto artístico, habrá de beber sin remordimiento alguno en la fuente generosa de sus impresiones personales. Porque si la obra está destinada a producir una reacción en quien la contempla y no es inteligible fuera de esa intencionalidad comunicativa y dialogal, sobran razones para pensar que les saldrá el tiro por la culata a cuantos se empeñen en escudriñarla poniendo su propio yo en cuarentena, tomando estrictas precauciones para que su visión no se contamine con los efluvios emocionales que la criatura estética no puede dejar de suscitar.

 La obra de arte no puede ser otra cosa que un aldabonazo espiritual que convoca nuestras potencias interiores. Al examinarla harto descabellado sería -siempre que aspiremos a adelantar juicios valorativos- prescindir de los sacudimientos que en nuestro fuero íntimo su presencia desconcertante desata. Al fin y a la postre, la apreciación del hecho artístico se reduce a verificar, describir y fundamentar las impresiones de toda laya que en las praderas del alma el objeto contemplado despierta, alimenta y aviva.

 El observador del lienzo,   el lector del poema, el espectador del montaje teatral no acuden vacíos de supuestos y experiencias al encuentro estimulante de la belleza y la expresividad. No dejan colgados en una percha del vestuario sus pensamientos, anhelos y frustraciones. Lo contrario es verdad. Con un pesado bulto de prejuicios, fobias y aspiraciones a las espaldas enfronta el contemplador la creación estética que por la puerta de los sentidos atropelladamente irrumpe y le reclama. La obra descarga su caudal de virtualidades semánticas y formales texturas sobre la conciencia del atento fruidor.

Que el hecho artístico concebido como cosa aparte de lo que en nosotros hace germinar es inane abstracción. Si la pintura, la sinfonía, la catedral o el espectáculo burlesco no nos dejan indiferentes,  es porque apelan siempre a nuestras vivencias, desde las que –sepámoslo o no, nos plazca o nos disguste- acogemos con el aplauso o la rechifla la compleja propuesta que el creador nos depara. Si en el momento de degustar el objeto artístico el percipiente (en la absurda hipótesis de que eso fuera posible) echara a un lado su manera de pensar y de sentir, esto es, fuera capaz de desprenderse de la forma peculiar con la que percibe la realidad, no encontraría la obra asidero alguno sobre el que fincar raíces y, consiguientemente, parecerá al que la cata no sólo desprovista de interés e insípida, sino algo mucho peor, ininteligible.

 El ejercicio crítico parte del axioma de que el arte es, mírese por donde se mire, una experiencia subjetiva.

Y por ello da pruebas de muy escasa perspicuidad científica quien cree poder abordarlo con provecho al adoptar la misma actitud de aséptico distanciamiento profesional con la que -es sólo un ejemplo- el laboratorista analiza al microscopio una muestra de sangre.