Exceso de poder daña democracia

El exceso de poder en los gobiernos es peligroso para la democracia por la naturaleza egoísta del humano y su tendencia al endiosamiento ante los aplausos interesados de seguidores que buscan la preservación de sus intereses personales o grupales.
En nuestro país abundan los ejemplos de políticos que una vez llegan al poder sucumben ante las parafernalias de este, rompen con promesas enarboladas en campaña y se inclinan ante los intereses de grupos aliados.
Llegan a creerse dioses y disponen, a su antojo, de los recursos del Estado, reparten cargos y bienes entre seguidores, amigos y familiares, compran lealtades y aseguran, a través de testaferros, grandes fortunas para sus futuras campañas electorales. En el ejercicio de un gobierno sin controles por el debilitamiento de la oposición y las instituciones llamadas al contrapeso y supervisión de sus ejecuciones, se cometen errores y actos de corrupción pasibles de sanciones si accede al poder otro grupo político.
El temor que conlleva esa posibilidad activa mecanismos de control sobre las voces, partidos e instituciones independientes que pudieran representar obstáculos a los planes continuistas que se originan como fórmula de garantía a privilegios e impunidad.
En ese contexto se inscribe la Ley de Régimen Electoral que establece sanciones que pueden conllevar hasta 10 años de cárcel para cualquier ciudadano que emita una opinión que, con razón o no, pueda considerarse difamatoria contra un candidato o partido político.
También la enorme cantidad de interceptaciones telefónicas de legalidad cuestionable, y actitudes deleznables como la adoptada por el Procurador General de la República contra Miriam Germán Brito, una de las pocas juezas independientes con que cuenta el