¿Existe una pintura dominicana?

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POR LEÓN DAVID
Salvo la indiscutible cuanto trivial verdad manifestada en el aserto de que “la pintura dominicana consiste en la suma de las obras creadas por los pintores de la antigua “Española”, no creo podamos avanzar mucho por ese camino tras el rastro de la esquiva dominicanidad sin provocar justificados reparos y –esto es lo peor- sin dar pábulo a controversias tan agrias como infecundas.

Pues si bien sería yo el último en recusar la existencia de una realidad dominico-caribeña o, para ser más precisos, de ciertas proclividades propias de quienes han nacido y vivido en simbiosis con esta calurosa y marítima comarca, no me parece en modo alguno admisible derivar de dicha convicción la idea de que la escurridiza entidad anímica a la que se nos ha antojado bautizar como “lo dominicano” encuentra necesariamente en los lienzos de nuestros artistas el coherente desarrollo formal, la unidad de medios, técnicas y propósitos expresivos que legitimen la tesis de una estética dominicana; o sea, de una manera de pintar claramente identificable a la que el grueso de nuestras más connotadas paletas, consciente o inconscientemente, respondería.

Procuraré abundar acerca de lo que acabo de exponer, a pesar de que –a ello me resigno- ningún empeño a favor de la cautela y el rigor evitará que, a la postre, las opiniones que sustento sean erróneamente interpretadas por quienes se muestran ansiosos de escudarse bajo el manto protector de sus prejuicios antes que a prestar oídos a la razón.

Dicho lo cual, con el fin de derramar luz sobre la compleja cuestión que nos ocupa, paso a formular dos preguntas que responderé de inmediato: ¿Es posible advertir en las obras de los pintores dominicanos un común denominador estilístico, algún principio estético notorio al que se subordinen sus creaciones y que, fuera de toda sospecha, quepa ser puesto en conexión causal con la evasiva y entrañable vivencia que hemos apodado, sirviéndonos de impudoroso neologismo, “dominicanidad? Entiendo que a semejante interrogación la realidad pictórica de estas tropicales latitudes, rica, variada, multiforme, ecléctica, responde con un rotundo “¡no!”… Ahora bien, ¿termina siempre el sentimiento y el sabor de lo dominicano por asomar de uno u otro modo, trasmutados en formas y colores, en los lienzos de nuestros artistas? Ni por un instante pongo en duda que pueda ser así. Porque lo dominicano, si algo designa, es una nota valorativa dinámica, una fluida propensión sensible que por innumerables vías –recónditas casi todas ellas- estampa su inconfundible impronta sobre el bastidor; cualidad, empero, que, a su vez, se rebela frente a toda pretensión de ser reducida a los perfiles de una particular concepción estética o sujeta a estrechas convenciones de escuela, movimiento, corriente y estilo.

Quiero decir que lo dominico-caribeño es, a mi modo de ver, una secreta química espiritual que por más que el pincel la destaque (y no puede sino destacarla) nunca encontrará la feliz fórmula plástica que a plenitud la defina o el enfoque artístico que descubra por completo su enigmático rostro. Esto es así por la sencilla razón de que lo dominicano no está constituido sólo de pasado, de historia, sino que mira al porvenir. Y el porvenir es siempre –hasta donde es lícito conjeturar- abierto e impredecible.

Juzgo, pues, que si bien podría resultar aleccionador y entretenido hacer el inventario de las recetas cromáticas, convenciones dibujísticas, símbolos y temas recurrentes de los creadores de la zona que nos incumbe, pareja prospección, por más que ponga de relieve –como no dudo que lo haría- coincidencias formales significativas (no en balde viven nuestros artistas en la misma época y región y en condiciones hasta cierto punto similares), no justificará jamás tan irreprochable iniciativa taxonómica la aspiración de fundar, en virtud de las hipotéticas semejanzas detectadas, una estética dominicana.

Un ejemplo contribuirá, espero, a zanjar el controversial punto que hemos colocado sobre el tapete: Si partimos de la premisa –que yo acepto- de que el temple espiritual de una colectividad más o menos coherente y bien delimitada en el ámbito geográfico por ocultos senderos deja huellas en las creaciones de sus artistas, no tenemos por qué negar que, digamos, la “españolidad” se manifieste en el arte peninsular, el carácter teutón florezca en el germano o asome el alma gala en las obras francesas. Ahora bien, de tan exuberante jardín de talantes nacionales diversos conformémonos con arrancar un botón: ¿Qué es “lo francés” en pintura? ¿Existe una estética francesa? Sólo ampliando el significado del término “estética” hasta el extremo de tornarlo inaceptablemente elástico, vaporoso y ambiguo podríamos contestar afirmativamente a esa última pregunta. Porque si bien es cierto que sin faltar a la verdad cabría consentir en la existencia de una estética impresionista (con métodos, procedimientos, técnicas y propósitos ostensiblemente asumidos), estética que, además, en virtud de su génesis y desarrollo dificulto que se me reproche tenerla por característicamente francesa, menos cierto no es que la enigmática coloración existencial a la que conferimos el membrete de “lo francés” ha de expresarse también en cromáticas estrategias y propensiones plásticas de variopinta catadura; pues de no ser así, habría que presumir de artistas que, habiendo nacido y vivido en Francia, a todas luces representan opciones pictóricas muy alejadas de la impresionista y hasta contrapuestas a ésta, ( a la mente acuden los nombres de Ingres, Delacroix, Le Nain, Poussain. Fragonard, Courbet), habría que presumir, repito, de los trabajos de tales artistas que no revelan –hecho excepcional y extrañísimo- el espíritu galo.

De lo anotado es menester concluir, y valga la insistencia, que aun estando de acuerdo en que la dominicanidad aflora en la pintura de nuestros maestros, pareja vivencia, habida cuenta de su naturaleza subterránea, compleja, oscura, proteica y dinámica, no tolera ser aprisionada en las ergástulas de esta u aquella esquematización conceptual, por cara que resulte a nuestro sentido del orden y la nitidez.

Nadie puede decidir qué es lo dominicano ni lo caribeño en pintura y qué no lo es. El modo de ser dominicano no constituye una vivencia simple y fija, sino algo fluido, en permanente transformación que, por consiguiente, rebasará todo molde, convención, procedimiento o tipología que nos impongamos atribuirle. Lo dominicano es un gusto, una proclividad, un sabor, un matiz de lo universal; cualidad que estando presente en la obra de nuestros mejores artistas nunca aparece como elemento formal aislado o como conjunto más o menos recurrente de elementos formales aislados, sino en tanto síntesis y resultado de una visión intuitiva en la que dicho ingrediente se halla por entero diluido igual que la sazón en el buen caldo.

Claro que existe una imagen plástica dominicana deliciosamente ornamental para consumo turístico: la que explota lo pintoresco, exótico, folclórico y costumbrista. Estas pinturas, en su mayoría intrascendentes, pero que no siempre carecen de encanto e ingenuidad, pregonan de manera tan inequívoca como superficial, tan elemental como espontánea su quisqueyanía. En ella los motivos, el tema y ciertos estereotipos de composición agotan, o poco menos, el mensaje artístico. Va de suyo que aun cuando las mencionadas obras describan de manera sumaria la dominicanidad en lo que esta tiene de tópico y epitelial, a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría postular que sólo en tales cuadros o de preferencia en ellos es donde habría que buscar la esencia de lo dominicano. En la esfera del arte el folclorismo, la propensión por la tipicidad, el exaltado sentimiento de lo criollo, si bien ponen de relieve una faceta auténtica de nuestro ser –acaso la más aparatosa y seguramente la menos entrañable-, también tienden a generar rígidos patrones que no sólo acaban por corromper la realidad de la que toman sus imágenes, sino que vuelcan las virtualidades del pincel hacia lo fácil, rutinario y decorativo.

Sea lo que fuere, ya que me he ataviado con la piel del león, no quisiera rematar estas premiosas reflexiones –apresuradas e incompletas- sin confesar la aprensión que desde hace algún tiempo me mortifica: advierto con recelo que la preocupación por lo que no me queda más remedio que llamar el “problema de la identidad” tiende a sustituir en la agenda teórica de los críticos de arte a la única cuestión que, en los dominios de la apreciación pictórica, reputo insoslayable: determinar la calidad artística de la creación… Tan desviado proceder es síntoma –el diagnóstico no ofrece dificultades- de una actitud estimativa que no se me figura sana. Después de todo, cuando un dominicano, un cubano, un borinqueño o un martiniqués se consagran a pintar, no creo lo hagan para llamar la atención del contemplador sobre el lugar de donde son oriundos, sino para gestar una metáfora plástica destinada a suscitar en quien la contempla el deslumbramiento y embeleso a que se hace acreedora toda creación estética digna de ese nombre. En cuanto hecho artístico un cuadro –desmiéntaseme si me equivoco- ha de presentársenos como algo más que un conjunto de claves cuyo propósito sea permitirnos averiguar la nacionalidad del que lo produjo.

Que el ambiente social, cultural y geográfico contribuya a moldear en el plano de la psiquis del individuo la idiosincrasia; y ésta, a su vez, halle expresión en reconocibles aspectos de la obra ejecutada por el pintor no me parece discutible. Que dicha obra derive, sin embargo, su excelencia, aquello que nos la hace apetecible, a que aluda con mayor o menor certidumbre a las circunstancias del entorno que la mentada idiosincrasia patentiza, he aquí lo que bajo ningún concepto conviene deducir de lo que antecede siempre que curemos de respetar la nobleza y majestad del hecho estético.

El toque dominicano de la creación plástica será siempre el resultado cierto pero inconmensurable de una incierta suma de factores que variarán inevitablemente de un creador a otro, de una a otra región, de este momento al que le precedió o al que le sigue.

Y finalizo: el alboroto que nuestros críticos y teóricos de las artes arman en torno a lo dominicano se me antoja aberrante y peligroso. Aberrante porque la obsesiva preocupación por la identidad si alguna sospecha despierta es la de que esconde un subrepticio sentimiento de carencia, de minusvalía; complejo de inferioridad que, para colmo de males, acaba por ser racionalizado en pseudo-teorías que, tergiversando la realidad y confundiendo los distintos niveles de experiencia anímica, intentan convencernos de que determinadas generalizaciones en torno a acontecimientos de carácter psicológico o social pueden funcionar a guisa de categorías estéticas. Y peligroso porque en especulativos parajes donde en tan grande medida interviene –y es inevitable que sea sí- la subjetividad, la tentación de saltar de lo descriptivo a lo normativo, del ser al deber ser, se torna casi irresistible. Y nada se me figura menos lícito ni más vituperable que pontificar, luego de hacer el inventario de cierto número de rasgos pictóricos definidos a priori como representativos de lo dominicano en la obra cierta cantidad de maestros criollos, que la dominicanidad en pintura es esto o aquello o lo de más allá; con lo cual estaríamos a un tris de indicarle a los artistas de esta bucanera zona de los ciclones predilecta que si desean ser tenidos por vernáculos, si no quieren pasar por descastados no basta que hayan nacido en la isla Española y les guste lo de aquí, sino que es menester, además, que pinten de acuerdo con los criterios que los críticos, analizando su labor, han puesto de relieve.

Amonedaba Alfonso Reyes en uno de sus memorables ensayos: “Nada más equivocado que escribir en vista de una idea preconcebida de lo que sea el espíritu nacional”. Parafraseando este luminoso pensamiento me atrevería yo a sostener: Nada más erróneo que pintar en vista de una idea preconcebida sobre lo que sea el espíritu dominicano.