Expresión de la crisis

En el fin de semana el establecimiento de una conocida cadena de negocios ofreció plátanos a peso por unidad. Rossy, mi esposa y yo, nos hallábamos en el centro comercial en momentos en que esas ventas se realizaban. No las promovían por altavoces. Era la fila interminable y apretujada, la que daba lugar al conocimiento de la rebaja. Estábamos cerca y quisimos saber la causa. “Plátanos a peso” respondió en forma escueta una señora gordinflona que pugnaba por no dejarse sacar y empujaba para ganar turnos.

Me encaminé hacia Rossy. “¿Ves la fila?”. Mi mujer ya tenía la noticia. “Plátanos a peso” respondió de la misma manera en que la señora lo hiciera un instante antes. Pero añadió: “¿Crees que sea posible que las gentes estén matándose por mantenerse en pie sin perder el turno por comprar esos plátanos?”. Me puse a contar a quienes con gran zozobra lograban avanzar en tanto repartían codazos e interponían sus brazos para evitar irrespetuosas incursiones en la fila.

Aunque el movimiento de vaivén y las salidas apresuradas de los que tornaban de la punta frontal con plátanos sobre sus cabezas impidió un conteo exacto, calculé doscientas quince personas. Contemplé situaciones que habrían sido risibles, a no ser porque estaban dándome motivos para este escrito. Divertían, a no dudarlo, empero sin quererlo hablaban de su bregosa condición de vida. ¡Tener que pugnar con tantos otros compradores tan urgidos como ellos de la llamativa rebaja!

Lo peor era la rebatiña. A una señora mayor, que cargó sobre sí misma las manos de plátanos que logró capturar en la puerta de despacho, le quitaron los que se encontraban en la parte superior. A un señor mayor le retiraron del carro de la compra dos manos de los plátanos. Y fue este el instante en que le pregunté a Rossy por el turno en el área de los quesos y embutidos, inmediata a la puerta por la que despachaban los plátanos.

Los seres humanos tendemos a valernos de ocasionales oportunidades para alcanzar objetivos. La tarde del fin de semana pasado mostró que, en circunstancias determinadas, somos capaces de atropellar al prójimo sin pesar de conciencia. ¿Cómo es posible que nos burlásemos de personas, indefensas, que hicieron cola junto a nosotros, y a los que arrebatábamos lo obtenido? Mi mujer estuvo de acuerdo y acudimos a pagar lo adquirido. Mientras abandonábamos las instalaciones comentó Rossy:

-¿Sabes por qué acontecen tan desagradables ocurrencias? ¡Por la crisis, porque el dinero no nos alcanza ni para comer!