Exquisita ilusión

ROSARIO ESPINAL
Tal vez sea la época, o quizás envejezco, pero lo que más me perturba en estos días es la llegada de la primavera sin el encanto de la ilusión. No pretendo un retorno a los tiempos en que dominaba la ignorancia, esa inocencia irreflexiva e ingenua que hunde en la sumisión. Ese pasado ha sido felizmente superado.

Aplaudo con alegría que muchas personas tengan acceso a la información y la opinión; que puedan expresar de diversas maneras sus descontentos y demandas para lograr un futuro mejor. En este sentido la humanidad ha avanzado.

A pesar de las guerras que persisten y de tantos problemas que llenan la vida cotidiana de muchas personas, hay mayor acceso a la alimentación, la educación y los servicios de salud en distintas partes del mundo.

Además, y esto es muy importante, la pobreza material no es ya una condición a aceptar con infinita resignación como ocurrió por siglos y siglos.

Las clases sociales han desplazado a las castas y la embriaguez de la movilidad social se hace presente en la imaginación de las masas.

Pero mientras conquistamos derechos y beneficios, perdemos la confianza en los demás, y por tanto, la posibilidad de sentir seguridad existencial.

La colaboración humana se ha reemplazado por una persistente suspicacia que se afinca en la suposición de que el interés personal es más importante que el sentido de justicia e igualdad.

Se confía menos en los políticos, en los líderes religiosos, en los médicos y maestros, en la objetividad de los periodistas, en la sinceridad de los opinantes, en la compasión del empleador, en la lealtad del colaborador y hasta en la benevolencia de la familia.

El precio a pagar por asegurar beneficios parece ser la imposibilidad de confiar en la buena voluntad de los demás. Así la vida se torna laberíntica, con más miedos que ilusiones.

Los logros se definen como ganancias de unos y pérdidas de otros, ya sea en el deporte, la política, las religiones, las escuelas, los negocios o las familias.

Por eso es difícil encontrar ídolos, personajes para admirar o modelos a seguir, más allá de algún artista o deportista que de manera efímera capte la atención, o quizás algún político o predicador extravagante que sirva momentáneamente para levantar el ánimo o simplemente hundirnos en el desánimo.

La racionalidad del beneficio individual parece haber penetrado todas las esferas de la vida y de eso no tienen ya el monopolio los más poderosos, que muchas veces utilizaron su conocimiento para subordinar a otros.

Nunca he creído que los tiempos pasados fueran mejores que el presente. No soy apocalíptica. Me encanta, aunque sea de manera fugaz, que me visite la ilusión.

Supongo que cada época está repleta de ideales y pesimismos, de anhelos y desencantos, de conquistas y fracasos, y que encontrar las llaves positivas de la vida es el desafío de cada época para detener el negativismo y mover con entusiasmo la historia.

Pero este tiempo, quizás como tantos otros, necesita una inyección de optimismo, de exquisita ilusión.

Preguntas lógicas que se desencadenan de este deseo son: ¿Cómo ser optimista en esta época de conocimientos dispersos y desconfianzas? ¿Cómo ser astutos para no naufragar en el desaliento y poder aspirar a lo supremo?

¿Cómo enfocar las energías en la acción colectiva para que el individualismo no carcoma nuestra más íntima condición gregaria?

¿Es posible construir una sociedad de solidaridades que minimice las perennes confrontaciones? ¿De empatía que diluya las constantes frustraciones?

¿Podrían elaborarse discursos de utopías que no sean desacreditados de inmediato por sonar disparatados?

Los desaciertos agobian, hartan las inconsistencias y malhumoran las insatisfacciones. Para colmo, la lucha social se ha devaluado porque se ha diluido la capacidad de trascender las propias acciones.

¿Qué mejor entonces que refugiarse en la queja constante, en un perpetuo refunfuñar político? No hacerlo parecería un signo de cooptación, de sumisión o de simple embrutecimiento.

Aún así quiero insistir en la importancia de la ilusión porque debe existir un lugar, un posicionamiento, desde el cual sea posible concebir la condición humana a partir de una sublime inocencia que permita trascender el interés más inmediato y pragmático.

Un exagerado enfoque en la apuesta, en la simple ganancia, impide comprender la grandeza de la solidaridad humana de la que se nutre toda acción de significación histórica.

Problemas cotidianos que denunciamos con frecuencia porque afectan negativamente nuestra convivencia, como la delincuencia, la violencia, la corrupción, la marginalidad, o la discriminación, difícilmente se resolverán si no surge un compromiso profundo para abonar la sociedad con mayor justicia e igualdad.

Para lograrlo, se necesita no sólo una sutil inocencia, sino también una exquisita ilusión, enclavada en la creencia profunda de que a pesar de los desaciertos, lo mejor puede también emanar de la acción humana.