Extensión y consecuencias distantes en el tránsito

Lo he escrito otras veces, y es como si no lo hubiera hecho. He tratado de explicar que la dramática  situación  nacional de la conducta pública dominicana, cada vez peor, cada vez más desordenada y violenta, violenta no al estilo de otros países en los cuales la agresividad verbal o gestual (mayormente gestual) se produce como reacción a un descuido del otro, trátese de un conductor de vehículo que cambia de ruta sin poner a tiempo las luces direccionales, o realizando un giro imprudente  o  violando el semáforo o la determinada dirección en que debe transitarse por una vía. Esa mala conducta nuestra está alimentada por la perniciosa actitud oficial  ante las violaciones.

No sólo en el tránsito, aceptémoslo. La justicia como tal, y en respeto a su definición, no existe aquí. Así vemos que mientras las cárceles dominicanas son un infierno para los pobres y desvalidos, mientras delincuentes de gran magnitud (cuando sorprendentes circunstancias los llevan a prisión) resulta que viven como magnates en un apartamento de lujo, dirigen sus envenenados negocios desde teléfonos celulares, comen a la carta y se entretienen con muchachas dispuestas a todo, sin nadie que les fastidie ni recrimine. ¡Vamos, están mejor que en casa!      

Pero cada cosa es consecuencia de otra.

El desorden, como el orden, se expanden, se extienden, amplían su área de acción en forma extraordinaria.

Cierto amigo, oriundo de un país del cono sur, país muy europeizante y orgulloso de su civilitud, regresó a su patria tras una década de vida dominicana. Caminando por una avenida, sacó del bolsillo un caramelo, le quitó la envoltura, y la dejó caer en la amplia acera. Aquello causó indignación en los caminantes que lo cubrieron de miradas de  desprecio.  Entonces mi amigo recordó que nadie tira basura en las calles, que hay una actitud generalizada de respeto al derecho del prójimo. En pocos días allí, se operó en él una gran transformación en sus hábitos. De regreso  a Santo Domingo, fue cuando se percató de lo maleducados que somos aquí y de cuán pegajoso es el desorden.

El proceso es sorprendentemente rápido. Nos tornamos refinados y respetuosos, o burdos gamberros desafiantes, con una celeridad desconcertante. Aquellos dominicanos gentiles de  tiempos evaporados,  ya prácticamente no existen. Vivimos un caos civilizatorio. Las trampas y las malas intenciones ocultas, abundan por doquier. Recuerdo con nostalgia cuando, no hace tanto, se estableció el AMET, un controlador de tránsito que inspiraba y obtenía respeto. Sus agentes obligaban a respetar las leyes, sin excepciones. No aceptaban sobornos. En poco tiempo, nadie se atrevía a hacerles una propuesta indecorosa. Hoy se reúnen a conversar tranquilamente en esquinas problemáticas, protegidos del sol por algún árbol, y el caos en el tránsito o las enormes violaciones e irrespeto a los semáforos, mayormente los dejan impasibles hasta que deciden desenredar el nudo, con una calmada torpeza fenomenal.

Los beneficios de una eficientización del tránsito vehicular significan un incalculable mejoramiento de la conducta ciudadana. 

El orden y el desorden son pegajosos.

¿Comprende? como decía el Profesor Bosch.