Extraña sensación

PEDRO GIL ITURBIDES
Comencé con Rossy, mi mujer. ¿Hay reducción en los precios de los productos que adquirimos para comer? La desilusionante respuesta se repite una y otra vez, sin importar a quién interrogue. Cuando acudo a estas improvisadas herramientas de investigación individual, explico que aún pesan sobre los inventarios existentes, los problemas de la devaluación monetaria. La pregunta que se me dirige destaca la inquietud que subyace en las gentes.

¿Cuándo, entonces, podrá sentirse la mejoría?

El número de familias dominicanas a inscribir en el programa “comer es primero” debe, por consiguiente, aumentar cada día. Sólo si el universo de beneficiarios crece significativamente podrá sentirse un cambio alentador al comenzar el año 2005. Porque la revaluación del peso se refleja con escasa ventaja para los menos afortunados, en los precios de cuanto adquieren. Los demás, aquellos que percibimos rentas y salarios de nivel medio, resistimos el vendaval. Los pudientes, por supuesto, están exentos de infortunios.

Hace una semana acudí a una reunión del Secretariado de Asuntos Agropecuarios del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), en Pontón, Municipio y Provincia de La Vega. Varios integrantes de organizaciones de base me abordaron para pedirme que, cuando hable en televisión u otros medios de comunicación social, recuerde que todavía los huevos están a cuatro pesos. Las leyes del mercado impiden que éstos u otros alimentos, reduzcan su precio al detalle en forma acelerada.

Les hablé de los inventarios. Son esos escurridizos montones de facturas sobre productos, que se amontonan, más que en los almacenes, en las oficinas. Mientras existan aireando valores de compra que en su momento se multiplicaron por cuarenta o cincuenta pesos, gravitarán sobre los precios de los productos. Y ese peso se sentirá en todos los bienes importados o transformados en el país, con insumos del exterior. Y no hay autoridad que pueda verificar o influir sobre tales inventarios.

A esta realidad se suma la eliminación de exenciones del impuesto a las transferencias de bienes industrializados y servicios, el famoso itebi, conforme la expresión popular. O su aumento en un 33% sobre todo cuanto gravaba hasta la última reforma al código tributario.

En esto radica esa extraña sensación que prevalece, inexplicable para las amas de casa, y para los demás. A la persistencia de este ambiente contribuye otro fenómeno, y es que algunos artículos, aún en almacenes antes de los cambios, han bajado de precio. Tales, verbigracia, los equipos electrónicos, dedicados a procesos informáticos. Tal vez ello es explicable en el hecho de que a estos equipos la obsolescencia llega con premura de pobreza.

Mas lejos de aquietar el ánimo de las gentes, lo agita. Porque, ¿cuál es la razón de que se anuncie la reducción del valor de un teclado y no se rebaje sustancialmente la libra del pollo? Y en las elucubraciones que se hacen quienes acuden a comprar sus alimentos, radica esta todavía sorda sensación de agobio que nos arredra.

El paso de las tormentas que derribaron platanales y dañaron otros cultivos, los vientos del tornado que también hace una semana arrebató esperanzas y frutos a agricultores del nordeste, la aplicación de los nuevos gravámenes, todo ello obliga a procurar soluciones de corto plazo a este sentimiento. Porque si bien es algo etéreo, resulta del hecho de que no alcanzan los sueldos, ni a unos ni a otros, de los que vivimos de ellos.

No existen fórmulas que permitan enfrentar situaciones como ésta, pero las autoridades están llamadas a lograr que desaparezca tan extraña sensación como la que anima a cuantos acuden a colmados y supermercados, a comprar alimento.