Fallas nacional

BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
Lo único que hemos sabido es pelearnos entre nosotros y pelear contra algunos de los enemigos, aunque también en eso hemos sido discriminatorios. Los grandes enemigos internos han sido tradicionalmente respetados. Tienen la increíble facilidad del camaleón: cambian de colores según la ocasión.

Algo que algunos dirán viene en el ADN de la sociedad nacional, la cuarteta que nos identifica:

“Ayer español nací,
En la tarde fui francés
En la noche etíope fui
No sé que será de mí”.

Así nos hemos acotejado ante las circunstancias.

Carecemos de una clase empresarial audaz, con planes definidos, con vocación de burgueses, con visión para explotar los recursos naturales renovables o no.

No son capaces de darse cuenta de que el gran activo nacional: la mano de obra calificada o no, a precios demasiado cómodos para los capitalistas, es explotada por extranjeros, en zonas francas, porque los ricos de aquí prefieren guardar sus teneres en bancos extranjeros.

No es extraño: hay tanta fortuna mal habida, por la evasión de impuestos, el contrabando y  toda suerte de tropelías, que prefieren poner a buen recaudo y a gran distancia el fruto de sus mañoserías e ilegalidades.

Mientras, la población crece y las expectativas de participar del pastel nacional son cada día más difíciles.

Aquí ni siquiera hay exclusión, lo que tenemos en abundancia es incapacidad para la inclusión que facilite que participemos del pastel nacional, que cada día aumenta y sólo crece para unos pocos.

Hay que buscar solución a la marginalidad, a la falta de trabajo remunerado, a la inversión y modernización de la actividad agropecuaria y forestal.

Repito: para pelear se necesitan dos y los dominicanos siempre hemos estado dispuestos a la lucha estéril de unos contra los otros. Sólo en ocasiones estelares de la Historia hemos sido capaces de enfrentar los invasores extranjeros, vengan de donde vengan y sin que importe cuántos ni la calidad de sus armas.

Ahora necesitamos un plan, un programa, un proyecto para plantear, organizar, preparar, iniciar la ejecución y nunca detener la batalla por la paz. Sí, por la paz.

Pero entiéndase que la paz no es, nada más, apresar, enjuiciar, matar, asesinar, ejecutar los delincuentes  de poca monta, los que roban celulares, por ejemplo.

La batalla de la paz es más compleja. Manda un plan nacional de alfabetización que se cumpla; un programa de enseñanza laboral a niños, adolescentes y adultos; un programa de financiamiento blando e inteligente para la pequeña industria del dulce, la costura, la sastrería, la sombrerería, la zapatería, la artesanía,  la ebanistería, para la mecánica automotriz, pesada y metalmecánica, para la fabricación de piezas, para el ensamblaje de todo tipo de productos.

Significa, además, un servicio nacional de salud que se ocupe del ser humano y de la sanidad pública.

Que no haya tierras incultas y que se industrialicen las frutas y frutos, las hortalizas y los desperdicios humanos, animales y vegetales.

Un plan como el expuesto, y más completo por supuesto, no choca con ningún acuerdo, pacto, tratado o disposición de la Organización Mundial del Comercio.

No hablo de nada extraordinario o imposible. Fundamentalmente, faltan tres cosas: educación para la paz; voluntad política del Gobierno; y, facilidades para los espíritus emprendedores, que los hay, y un banco nacional de desarrollo que supla capitales a largo plazo y bajos intereses.