Faltan palabras

¿En qué mundo estamos viviendo? La pregunta es inevitable cuando uno se entera de que una mujer de 72 años y su hijo de 25 asesinaron y violaron a su nieta y sobrina, una niña de trece años que había sido reportada como desaparecida hasta que su cadáver fue encontrado en unos matorrales (¿a propósito o tan solo una coincidencia?) frente al cuartel de la Policía de la comunidad de Caribe, en Bonao. Cuando uno abre el periódico y lee cosas como esas piensa de inmediato en palabras como degradación, perversión, degeneración. O en insultos tan duros y terribles que hagan justicia a la catadura moral que le suponemos a los desalmados asesinos; pero son tan solo palabras, y por lo tanto insuficientes para describir, en todas sus dimensiones, un hecho que ha lacerado el alma de la comunidad de Bonao. Los autores de ese crimen abominable fueron enviados a prisión preventiva durante un año, como medida de coerción, por la jueza de la Oficina de Atención Permanente Rosa María Almonte, donde estarán a la espera de que se les someta a juicio y reciban condena. Y aunque finalmente se le castigue, por su crimen, con la pena máxima –40 años– que contempla el Código Penal dominicano, siempre será insuficiente para resarcir el daño causado a los padres de la niña, a la comunidad de Bonao, y a la sociedad dominicana en sentido general, que vive de sobresalto en sobresalto, de horror en horror, desde que la violencia ciega y destructiva entró a nuestras vidas sin avisar y rompiendo la puerta. Por eso vuelvo a preguntar ¿En qué mundo estamos viviendo? Pero solo me responde el silencio…