Familia diluyéndose:
Nación desmoronándose

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Hoy es un día muy especial cuando la Nación celebra la fiesta religiosa de mayor significado por el elevado grado de devoción que los dominicanos le profesan a Nuestra Señora de la Altagracia, en cuya veneración depositan todas sus esperanzas y anhelos de salud, bienestar y protección de malas influencias.

Existe una devoción muy acendrada de los dominicanos y hasta de los haitianos hacia la Madre de Dios, y de la cual no escapan, sin darse cuenta, aquellos que se creen los ateístas modernos, o que por su permanente criticidad en contra de la religión, los lleva a considerar que tal devoción es típica de pueblos subdesarrollados y sometidos a la sumisión de divinidades inexistentes y de un poder religioso caduco.

Pero hay otro problema. Es que en el seno de las familias se está produciendo una vorágine de la disolución, con un galopante aumento de la delincuencia, de las separaciones y de la violencia. Esa desintegración en todos sus órdenes ha convertido a una buena mayoría de los hogares en cascarones con apariencia de unidad, ya que cada miembro, padres e hijos, marchan por rumbos muy distintos y criterios de procurar el máximo disfrute de la vida.

Parece no haber voluntad para frenar esa carrera loca hacia la desintegración familiar, empujada por un sistema capitalista que cada día hay alguna novedad que atrae a padres e hijos, que obnubilados por el afán de vivir bien, no se detienen a reflexionar acerca de cómo pierden sus valores espirituales, carcomidos por el afán de alcanzar el poder, el placer y disfrutar de riquezas materiales abundantes.

El concepto tradicional de la familia, de padres e hijos unidos bajo la reverencia y creencia de sus valores cristianos y marianos, es cosa del pasado. Y esa fortaleza, que antes tenía nuestra sociedad, que ni la dictadura trujillista pudo debilitar, ahora, en el siglo XXI, está casi al borde del desplome frente a otras necesidades impuestas por el consumismo rampante, convirtiendo a cada hogar en un hotel de paso donde solo se va a dormir.

Todavía hay sociedades en la Tierra que admiran y conservan sus tradiciones familiares, que apoyándose en ellas, como ocurre con la japonesa y la china, sostienen un nivel de desarrollo y prosperidad que los lleva a encabezar con sus economías a las demás, gracias a un nivel educativo muy superior que se apoya en la unidad familiar.

Hagamos en este día el propósito de rescatar a la familia para evitar el cataclismo dominicano, que parece acelerarse por el tipo de comportamiento que se observa a todos los niveles sociales. Ya no cuentan las prendas morales, sino que sobresale de cuál es más hábil para enriquecerse, arrasando con las riquezas nacionales. En nuestras manos está frenar ese colapso y rehacer una Nación que tiene muchos valores, ahora ocultos por un afán rampante de riquezas.

Hay algo más especial en esta celebración. Ha sido el impacto de la desgarradora tragedia que ha sacudido a Haití con la hecatombe sísmica del pasado martes 12, donde millares de muertos permanecen insepultos en las calles de la capital haitiana y en donde la solidaridad humana se ha puesto de manifiesto, en particular la abnegación con que los dominicanos han asumido la tarea de ayudar.