Famoso Hotel Palestina sufre y espera
junto a Bagdad

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 Por HAMZA HENDAWI 
BAGDAD (AP) _ A comienzos del 2003, en vísperas de la invasión estadounidense, el ministerio de información del presidente iraquí Saddam Hussein ordenó a los reporteros extranjeros trasladarse del hotel al-Rasheed al Palestina, a la vera del río Tigris.

Para los casi cien periodistas foráneos apostados entonces en Bagdad el traslado fue un viaje inquietante hacia lo desconocido, en momentos de profunda incertidumbre. Pero para el hotel Palestina, de 350 habitaciones y en un tiempo miembro de la prestigiosa cadena francesa Meridien, el traslado fue una señal divina.

La mayor parte de los siguientes tres tumultuosos años, el Palestina estuvo copado y se convirtió en el centro de la prensa internacional en Irak. Un testigo con cicatrices de la caída de Bagdad y los albores de la democracia en la era post Hussein.

Hoy el Palestina es parte del espectáculo desesperado que brinda la capital, signada por la violencia y el miedo.

Muchas organizaciones periodísticas se han desplazado a otro lugares y la ocupación del albergue habían caído hasta un 14% a principios de julio.

Como muchos símbolos de Bagdad, el hotel de 17 pisos fue bautizado para demostrar la simpatía con la causa palestina. La entrada principal ya no tiene vidrios, luego de ser atacada por un camionero suicida. Hoy luce cortinas de nailon cubiertas de polvo. Los escombros que dejó el atentado yacen apilados en las afueras.

El una vez congestionado y bullicioso vestíbulo aparece ahora silencioso, con locales comerciales abandonados por empresarios que vieron oportunidades en el ajetreo que generó el fin de la dictadura de 24 años de Hussein, pero cuyos clientes fueron ahuyentados por las estrictas medidas de seguridad impuestas por la violencia insurgente.

Una jauría recorre los predios, donde se instalaron altas barreras de concreto para prevenir nuevos atentados con carros y balaceras. Y como en el resto de la capital, el servicio eléctrico se interrumpe a diario, a veces por 15 horas o más.

La piscina, apetecida en otros veranos cuando la temperatura superaba los 38 grados centígrados, todavía tiene agua, pero luce un verde asqueroso, con filtros saturados esperando ser reparados.

Estoica, una gerente del hotel se niega a aceptar los pasillos vacíos como una derrota.

“No conozco ningún plan futuro para el hotel, pero no podemos decir que sea un desierto. Esa palabra es inaceptable. Tenemos 450 empleados”, comenta, mostrando la típica resistencia que los iraquíes han desarrollado tras décadas de guerra, represión y sanciones.

“En Irak, nadie puede predecir qué va a pasar en el futuro”, indicó la gerente, hablando en condición anónima por temor a represalias.

Pero el hotel Palestina dista mucho del de los años 2003 y 2004, cuando estaba tan lleno que se permitía a tres huéspedes compartir un cuarto y la tarifa era de 120 dólares. “Teníamos 300% de ocupación”, apunta otro gerente también en condición anónima por miedo a ataques insurgentes.

Los días ajetreados fueron una bendición para empleados como Abdul-Baqi Rahal, un sudanés de 43 años, que ha laborado en la lavandería por 14 años. Hizo tanto dinero en propinas que en el 2004 compró un terreno en su país natal donde algún día espera construir un hogar.

“Hicimos todo para mantener (el hotel) en operación. Trabajé en limpieza, lavandería y hasta como botones, todo al mismo tiempo”, recuerda Rahal.

En la primavera del 2003, en los últimos días de Hussein, sus hombres observaban desde el vestíbulo los movimientos de los reporteros y les organizaban visitas a zonas civiles supuestamente bombardeados por Estados Unidos.

En los días más activos de la guerra, los huéspedes observaban desde sus habitaciones cómo las bombas destruían los palacios de Hussein en la orilla opuesta del Tigris. Mientras, agentes de seguridad iban a los cuartos de los periodistas y les decomisaban teléfonos satelitales.

El hotel incluso servía de refugio a cuadros medios del oficialismo, confiados en que los invasores no atacarían un lugar repleto de reporteros extranjeros.

El Palestina y sus huéspedes aparentemente sobrevivirían a la guerra sin incidentes. Pero el 8 de abril del 2003, un día antes de la caída de Bagdad, desde un puente aproximadamente a un kilómetro de distancia, un tanque de Estados Unidos disparó directamente hacia una habitación de periodistas en el piso 15, provocando la muerte a un camarógrafo español y otro ucraniano, y heridas a otros tres reporteros, generando conmoción internacional.

El momento más simbólico de la derrota de Hussein, las imágenes mundialmente televisadas de soldados estadounidenses tumbando la estatua de bronce del dictador, sucedió a menos de cien metros del hotel, en la plaza Firdous.

Un día antes, los agentes de seguridad del gobierno habían desaparecido del Palestina. En su lugar arribaron soldados estadounidenses sucios y polvorientos. También tocaban las puertas de las habitaciones, pero solicitando cerveza o whisky luego de varias semanas de combatir en el desierto.

Muchos de los recién llegados durmieron en el salón principal de la planta baja, el mismo lugar donde unos días antes el ministro de información Mohammed Saeed al-Sahaf había jurado que los estadounidenses serían asesinados en las puertas de Bagdad.

“Al principio estuvimos un poco escépticos con su presencia y ellos tampoco confiaban en nosotros”, recuerda el gerente. “Pronto eso cambió y nos volvimos amigos. Antes de que los soldados se marcharan, pagaron por sus cuartos en efectivo”.

Esa cordialidad fue sustituida por las sospechas desatadas por el repunte insurgente. El hotel Palestina obviamente se convirtió en un punto estratégico para los rebeldes, por lo que se instalaron controles de seguridad y barreras con alambres.

Aun así, todavía hasta la mayor parte del 2004 el hotel se mantuvo lleno. A los periodistas se les unieron políticos iraquíes que regresaban del exilio y necesitaban un alojamiento temporal. Según empleados del Palestina, los ex primeros ministros Ayad Allawi e Ibrahim al-Jaafari durmieron allí. También arribaron contratistas extranjeros, asociados a militares estadounidenses. Tomaban pisos completos junto a sus guardaespaldas nepaleses.

Una serie de impactos de cohetes aceleró el deterioro del hotel y la retirada de los huéspedes. En octubre del año pasado, tres camiones con bombas hirieron al Palestina. Uno llegó incluso hasta el vestíbulo.

Todavía ahora, cuando el éxodo de los periodistas está por concluir, el gerente insiste en ver el lado positivo de la situación. Para él, el vacío es una excelente oportunidad para hacer reparaciones y mejoras. “Este hotel nunca cerrará”, insiste. “Es el lugar más seguro en Bagdad”.