Farsante religiosa

La conocí en la década del sesenta, cuando era una joven delgada, de caderas desproporcionadas. Tímida de carácter, exhibía un rico vocabulario, producto de su condición de infatigable lectora.

Sostenía un romance con un muchacho desaliñado, pero al mismo tiempo tenía un cerebrazo con un hombre maduro, aficionado a las libaciones romiles.

Como fui amigo íntimo de la doncella, me enteré de que cambiaba con facilidad de pareja sentimental.

Supe que rompió el noviazgo con un joven poeta que estaba en olla, involucrándose de inmediato con un cuarentón que hacía gárgaras matinales con whiskie escocés.

La coleccionista de calzoncillos sucumbió ante el cortejo del borracho, propietario de un lujoso automóvil de los bautizados por el humor popular como baja panties.

Disfrutó la casquivana de muchos almuerzos y cenas en restaurantes caros, pero de acuerdo a su testimonio, el olfato la llevó a romper la relación.

Me dijo un día, con cara sonriente, que el ricachón le había declarado la guerra, al mismo tiempo, al agua, el jabón y los desodorantes.

Y que cada vez que cruzaba las piernas, brotaba de sus entretelas pantaloniles, un bajito a descuido que agredía sus narices.

El gusto machófilo de la protagonista de este relato era sobremanera variado, e incluía hombres delgados y gordos, blancos, negros, mulatos, jabaos, criollos y extranjeros.

Se casó con un descendiente de chinos, y le pegó tantos cuernos, que los chismosos burlones decían que por eso su marido no logró colocar sombreros ni cachuchas sobre su castigada chola.

Hace aproximadamente un año, recién divorciada, andaba con libros de carácter religioso en sus manos, proclamando que la llegada de Cristo estaba cerca.

Pero casi caí de espaldas cuando dijo que podía jurar que cayera un rayo que solo había hecho el amor con su ex esposo.

El temor a ese potencial accidente se debió a que el cielo estaba nublado y sonaban tronadas aisladas.