Fatalidades maternas

SERGIO SARITA VALDEZ
inpf@codetel.net.do
Hijo del azar biológico, aparece como agradable sorpresa a los esposos la noticia del género de la cría que alberga en sus entrañas la mujer embarazada. Tan pronto se conoce el sexo empiezan los planes para la o el nuevo miembro de la familia. ¡Cuán lejos está esa pareja de pensar en el grave peligro a que se exponen la futura parturienta y su bebé una vez les llegue la hora crucial de ponerle fin a la vida intrauterina! 

Ese peligro se acrecienta si el parto ocurre en un país en vía de desarrollo. Aún con gran pesar y tristeza habré de referirme a dos jóvenes víctimas mortales con embarazos a término, quienes innecesariamente perecieron los días 25 y 30 de marzo de 2008, luego de que en una Maternidad de la Ciudad Primada de América les practicaran sendas operaciones cesáreas. Ambas mujeres fueron despachadas a sus casas al tercer día de la cirugía. Estas infortunadas regresaron antes de la semana con evidencias de infección en las heridas, siendo curadas y enviadas de nuevo a sus hogares. Dichas pacientes fueron traídas otra vez a la atención de los facultativos con la diferencia que ahora ya mostraban una sepsia generalizada que derivó en un estado de shock mortal.

Uno no quisiera imaginarse que la sepsia puerperal, a consecuencia de la operación cesárea, ha acontecido en un centro especializado del siglo XXI. Una de las fallecidas apenas contaba con 27 años de edad y sus quejas póstumas les fueron achacadas a un proceso alérgico. La otra desdichada solo llegaba a los 21 años, muriendo en la flor de su juventud en el trance paradójico de querer reproducir la vida.  Dos fallecimientos maternos en menos de una semana, procedentes de un centro de salud, luego de haber sometido a las madres a un tipo similar de manejo obstétrico, nos inclina a pensar que algo serio está pasando en esa institución. En ese tenor, hemos utilizado los canales oficiales de lugar para dar a conocer los resultados de las autopsias realizadas en esos casos, a fin de que se adopten las pertinentes medidas epidemiológicas.

 Guardando el lugar y el tiempo, quizás al igual que Talleyrand en su testamento, tendré un día que repetir: “Es por eso que serví a Bonaparte cuando fue emperador y cuando fue cónsul; lo serví con devoción mientras creí que él mismo servía devotamente a Francia. …Habiendo llegado a los ochenta y dos años, evoco en el recuerdo las numerosas acciones de mi vida política, que fue larga, pesándolas en una balanza estricta, y encuentro como resultado: Que de todos los gobiernos a los cuales serví, de ninguno recibí más de lo que di. Que no opuse los intereses de ningún partido, ni los míos ni los de mis parientes, sobre la balanza, contra los verdaderos intereses de Francia”.