Federico Hernández Aguilar
!Al fin, académicos suecos!

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Nos complace sobremanera incluir en este espacio de AREÍTO el lúcido análisis de Federico Hernández Aguilar acerca de los premios Nóbel, tema polémico y de candente actualidad.
POR LEÓN DAVID
Soy de los que suelen informarse sobre el Premio Nóbel de Literatura, cada año, con puntual cautela (cuando no con alguna forzada indiferencia y, en ocasiones, con verdadera repulsión).

Ya había sido para mí bastante polémico que en 1997 le entregaran el prestigioso reconocimiento de la Academia Sueca al italiano Darío Fo —cuya obra dramática, como era de esperarse, sobrevivió en el gusto del público apenas algunos meses después de recibir el galardón—, pero en 2004 me pareció casi una burla que la elegida fuera la austriaca Elfriede Jelinek.

Para definir a Jelinek como escritora es necesario recordar que una obra literaria se divide en fondo y forma. Provocadores —porque para llamarlos “audaces”, como sugería la Academia, habría entonces que reescribirlos—, los libros de Jelinek padecen la enfermedad del radicalismo ingenuo. Su discurso feminista es agresivo y conscientemente perturbador, fiel a un extremismo que resulta muy difícil de elogiar y que, en resumidas cuentas, parece sugerir a las mujeres que pueden ser igual de imbéciles que los hombres (en lugar de proponerles salvar al hombre de sus imbecilidades, que sería más útil).

El Nóbel de Literatura de 2004 recayó, además, sobre una escritora que desde sus inicios se había mostrado incapaz de tener una voz propia. El discurso de Jelinek contra el capitalismo se antoja no sólo manido, sino alevosamente incauto. Para un público poco informado puede ser terrible asistir a la representación teatral de “Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido”, por ejemplo, porque los simplismos más vergonzosos pretenden elevarse a la categoría de disquisiciones “políticas”. Claro, ese tipo de propuestas son hijas putativas de la derecha austriaca, que no se ha caracterizado por ser ni muy coherente ni muy sensata.

Contrario a lo ocurrido hace dos años —haré una intencionada curva para dejar sin comentario el premio de Harold Pinter, en todo caso más defendible, literariamente, que “el lapsus Jelinek”—, en el 2006 la Academia Sueca se reivindica eligiendo a uno de los novelistas más intensos que ha parido el sureste europeo.

Orhan Pamuk es, sin duda, el alumno aventajado de una Turquía que coquetea con la geopolítica del viejo continente pero que aún se resiste a dejar los radicalismos que campean en el Asia Menor. El lector que haya visitado alguna vez Estambul, la ciudad natal de Pamuk, encontrará en los relatos de este maravilloso exégeta los colores más fuertes y atrevidos de una sociedad repleta de contradicciones.

Durante un fascinante viaje que hice a Turquía, a fines de 2001, pude descubrir que la fractura azul que el Mármara produce al mapa del país también tiene su reflejo en la cultura. La tímida lluvia que me recibió en Estambul (la única ciudad del mundo que está dividida en dos continentes) creó un violento contraste paisajístico con las nieves pusilánimes que cayeron sobre mí en el estrecho de los Dardanelos. Pero los frescores del invierno turco también sabían ejercer su influencia sobre las personas, y yo no pude entenderlo sino hasta que leí “El libro negro” de Pamuk.

Yo viajaba por Turquía luego de visitar Egipto —donde navegué el Nilo con una prisa casi infantil, disfrutando la relativa soledad que sobre aquella zona del mundo había desatado la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, apenas dos meses antes—. Me di cuenta de inmediato que Estambul era la puerta de entrada (o de salida) a dos mundos que trataban de conocerse sin arriesgar sus respectivas glorias. La cantidad de velos y turbantes que había visto en El Cairo o en Luxor no era tal en la antigua Bizancio. Tampoco había allí tantas miradas huidizas ni tantos reojos inquisitivos como los había visto en el Barrio Copto, en la capital egipcia, o como los vería después en la ciudad de Éfeso, durante mi azarosa búsqueda de la mítica Troya. Pamuk me enseñó, algunos años más tarde, que mis intuiciones sobre Turquía habían sido eso: intuiciones, destellos de una nación que la historia y las religiones habían complejizado de una manera casi ansiolítica.

“Lo que a mí me ha determinado”, nos dice Pamuk en su autobiografía, “ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad”. ¡Y qué dicha la suya! Estambul no solamente es una de las urbes más hermosas del mundo, sino que constituye un ingobernable punto de encuentro multicultural y, por lo mismo, un privilegiado espacio geográfico para la tolerancia. Pamuk es, también en ese sentido, hijo de la antigua Constantinopla. Por eso su necesidad de decir las cosas que dice, aunque insista en que no sabe decirlas como debería; por eso su insistencia en gritar al planeta que Turquía está siempre a punto de hacer una revisión histórica, aunque todavía en febrero pasado se ventilaba una causa judicial contra él por “atentar contra la identidad de su país”.

Más allá de su solvencia narrativa y del éxito con que sabe apoyar la melancolía de su discurso social y moral —no hay brutalidades gratuitas en Pamuk, ni engolamientos técnicos—, este todavía joven escritor es también un bastión del pensamiento y la expresión libres. Como destaca Juan Goytisolo, estamos frente a un novelista que se atrevió a rescatar la tradición literaria turca, abolida por Mustafá Kemal “Atatürk”, el sonriente estadista que adorna todas las liras (monedas y billetes por igual) y que es considerado, no sin justicia, el “Padre de la Patria”.

Pero también estamos delante de quien ha sabido manejar este deseo de libertad con absoluta responsabilidad intelectual, es decir, sin caer en excesos amarillistas y sin blandir causas hemipléjicas. Por ejemplo, cuando leemos a Jelinek —por volver un momento a la contrastante “ganadora” del Nóbel de 2004—, encontramos en su obra un retrato eficaz del odio visceral que la alienta como escritora, mas no por eso dejamos de percibir que se trata de “su” odio (un odio que somos libres de compartir o no). En Pamuk, por el contrario, la virulencia no es una herramienta que sirva para convencernos de nada, sino para situarnos en un estado de contenida expectación. Se termina de leer un texto de la austriaca y, si acaso, es el estómago el que recibe toda su inmundicia retórica; se cierra una novela del turco y es el corazón, sacudido por obligadas reflexiones, el que se queda mirando al infinito de las paradojas humanas.

“Cuando terminé de leer «El libro negro» —nos confiesa Goytisolo— hice lo que debía hacer: volver a la primera página y comenzar a releerlo, porque Orhan Pamuk es de los escasos escritores que no busca lectores, busca relectores”.

Creo firmemente que la Academia Sueca, con este Nóbel, se ha reivindicado, por lo menos para los próximos trescientos y pico de días. Es verdad que ya nunca podrá quitarse de encima la silenciosa culpabilidad que arrastra desde 1986, año del fallecimiento de Borges, pero sí que podrá mostrarse orgullosa de haber galardonado, en medio de circunstancias históricas muy precisas, a Orhan Pamuk, que con sensibilidad y sabiduría ha logrado convertir a Estambul en uno de los ombligos literarios de las contradicciones universales.

“Pamuk —sintetiza con brillantez Hermann Tertsch— describe la desesperación de los individuos ante la magnitud de las incertidumbres, la continua descomposición de las certezas. La Ilustración se agota sin haber llegado a los rincones remotos aislados por la nieve y los humanos desesperan en culturas en repliegue, ofensivas de crueldad y violencia, sin dios o con dios asesino. Y, sin embargo, para Pamuk, allá donde está el ser humano, hay siempre amor, belleza y esperanza”.

Federico Hernández Aguilar

Nació en San Salvador, El Salvador, en julio de 1974. Es poeta, narrador, ensayista, actor y director teatral, periodista y locutor. Editor de la página cultural de La prensa Gráfica, uno de los rotativos más importantes de su país, conductor de un reconocido programa de entrevistas televisivas; director del programa En voz alta, el más importante espacio de debate cultural de la radio salvadoreña, y conductor de un espacio de televisión cultural que se trasmite semanalmente, a través de la cadena Telemundo. Entre otras obras, ha publicado: Con el permiso de ustedes, 1997; Juegos de manos, 2000; Apología del cinismo, 2001. En estos momentos ocupa el cargo de director de CONCULTURA, la más importante entidad cultural del estado de El Salvador.