Felices en la Sarasota

LUIS R. SANTOS
En días recientes observé una escena que me pareció digna de que un fotógrafo talentoso la captara y la divulgara al país. Eran las cinco de la tarde y mientras transitaba por la avenida Enriquillo, que muchos confunden con la Sarasota, vi a un grupo de niños haitianos bañándose desnudos en plena calle. Un chorro de agua brotaba un hidrante descompuesto y los niños haitianos se refrescaban felices, lanzando chillidos y haciendo piruetas.

Y pensé que tal vez los niños dominicanos que residen en la zona nunca hayan gozado de tan relajante actividad; también me imagino que para una madre del Mirador Sur o Los Cacicazgos, donde se bañaban los niños, sería una afrenta que un hijo suyo cometiera tal pecado.

Refiero esta situación para puntualizar la insoslayable realidad que son los ciudadanos haitianos en nuestro país. Antes se hablaba de su presencia en las plantaciones de arroz, café y cacao; antes se hablaba de su presencia en las construcciones. Eso ha venido cambiando de manera dramática y ya hoy los haitianos han tomado los residentes de clase media y alta de Santo Domingo. Por ejemplo, el edificio en donde resido es custodiado por un haitiano, el del frente por dos haitianos; un pequeño negocio de comida ubicado frente al edificio está atendido por dos haitianos. Los atardeceres, en las esquinas, están poblados de haitianos y usted se pregunta, ¿dónde viven, comen, duermen, se bañan?

De ahí pasamos a analizar brevemente este problema que preocupa a la mayoría de los dominicanos y que a veces tenemos la impresión de que, desde hace muchos años, no se ha enfocado de manera apropiada.

Los seres humanos siempre se han acogido a la premisa de que su primera obligación es mantenerse vivos; y a esa premisa se han venido acogiendo los haitianos, porque no es verdad que ellos se van a suicidar de hambre teniendo la posibilidad de sobrevivir en nuestro territorio. Eso mismo han hecho millones de dominicanos que han emigrado a Puerto Rico, Estados Unidos, España y otros países.

Sin embargo, vemos que cada día a los dominicanos se les hace más difícil emigrar de manera legal o ilegal: los países receptores de estas migraciones ha endurecido sus políticas, han mejorado sus controles fronterizos y han venido poniendo trabas al trashumar humano. Pero en República Dominicana no se ha estado haciendo nada para controlar, reglamentar la migración haitiana. Y si países opulentos como Estados Unidos han venido adoptando recias políticas en contra de las avalanchas humanas hacia su territorio, uno no entiende cómo un país que no tiene para satisfacer las demandas básicas de sus habitantes permite estas oleadas migratorias descontroladas.

Sabemos que es una situación difícil y complicada; vemos cómo Haití cada día se hunde más; vemos cómo la comunidad internacional rica amaga y no da en el caso haitiano.

Sería una ilusión pretender que los haitianos dejen de cruzar hacia este lado, y más cuando sabemos que ciudadanos civiles y militares se enriquecen con el tráfico de esos hombres y mujeres desafortunados, que durante su historia han sido víctimas de clanes de corruptos que de lo único que se han preocupado es de aumentar sus fortunas.

Sin embargo, entendemos que ya es tiempo de que la sociedad dominicana, no sólo el gobierno, se siente a buscar soluciones viables a este problema, que debe ser una prioridad como lo son la educación, la salud, la lucha contra la corrupción y la impunidad y el eterno problema energético.