Felicidad, sabiduría y esperanza (aforismos)

18_01_2020 Areíto 18-01-2020 Areíto7

La sabiduría es la felicidad de la verdad. Solo el sabio alcanza la felicidad porque lo hace a través de la verdad, y es lo que le da sentido a su vida contemplativa. Es un estado de lucidez que se logra mediante la luz del pensamiento, tras la búsqueda de la razón.

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Toda verdad no es más que una probabilidad: una posibilidad de la razón, nunca un absoluto circular.
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La felicidad es una trampa de la voluntad de todo deseo esperanzado: la realización de un optimismo egoísta.
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El hombre desea ser feliz, aunque sea en estado de desesperación: la única acción que le permite alcanzar la sabiduría.
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Todo ser busca la felicidad en la vida presente, no en el futuro; es su objetivo vital y ontológico: su vía de escape de la angustia.
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La felicidad existe porque somos mortales y porque existe el tiempo. Y peor aún, queremos ser felices sabiendo que no lo somos, pues existe la muerte. Nuestra peor desdicha en la tierra es que pensamos que algún día seremos felices, y esa esperanza voluntaria de querer ser felices nos causa más angustia y desolación aún. Anhelamos la sabiduría más que la verdad porque no somos felices, pues somos imperfectos, y porque el mundo tampoco lo es.
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No aceptamos morir porque tenemos la convicción esperanzada de una promesa de felicidad telúrica y mundana.
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¿Qué es más necesaria, la sabiduría o la verdad? Solo cuando alcancemos la verdad y la sabiduría, a la vez, seremos entonces felices.
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Como nadie nos enseña a vivir y a morir, no aprendemos, y de ahí que tenemos que sufrir solos, la vida y la muerte.
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Todo placer encierra una promesa de deseo. El efecto, el deseo es el corazón verdadero del hombre, el dínamo que lo enciende.
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No somos felices porque siempre deseamos más de lo que queremos y tenemos, y menos de lo que podemos.
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El corazón de la felicidad es el principio del placer.
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Para ser feliz, basta con tener lo que se tiene.
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La felicidad no es un estado racional del ser, sino un estado imaginario y abstracto. Nunca seremos felices porque siempre deseamos lo imposible. Somos infelices porque siempre deseamos lo que nos falta: lo que está en ninguna parte. Sufrimos porque siempre nos falta algo, es decir, porque tenemos una carencia.
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Gracias al erotismo en acción no enloquecemos.
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Nos aburrimos porque somos, por naturaleza, insatisfechos, o sea, seres alimentados por carencias infinitas.
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Nos enamoramos porque no somos felices.
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Las intermitencias del amor residen en que amamos lo que no tenemos y odiamos lo que tenemos. ¿Paradoja o causalidad?
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Toda esperanza es optimismo de una voluntad. Únicamente deseamos lo que no tenemos: sólo tenemos lo que no deseamos.
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¡Qué triste es saber que no seremos nunca felices, y lo que es peor, que nos moriremos sin saber quiénes serán los desdichados y los dichosos!
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Solo el presente existe, y sin embargo, vivimos bajo la nostalgia del pasado y del futuro.
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Nos da placer lo que tenemos, pero nos aburre cuando ya lo tenemos.
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Solo se filosofa cuando se aprende a vivir más que a pensar, que es cuando alcanzamos la verdad del espíritu.
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Nos refugiamos en el olvido y la diversión de los sentidos para huir del presente, en una estrategia de fingimiento de la memoria y del cuerpo.
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En la razón reside la culpabilidad de la conciencia de la muerte. De ahí que al loco no le atormenta la muerte porque no sabe que existe y porque perdió la conciencia temporal de la idea de la muerte.
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Esperar lo deseado es ya un deseo de carencia.
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Nunca somos ni seremos suficientemente felices, pues el dolor y el placer siempre nos acechan, y el deseo nos revive y nos mata.
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Solo alcanzamos la verdad del mundo cuando aprendemos a filosofar. Es un aprendizaje: filosofar es pues aprender a ser felices y desdichados, a la vez.
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La esperanza siempre existe y vive en el futuro, aunque a veces puede ser de naturaleza negativa.
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Toda voluntad es humana y toda esperanza es una voluntad de la naturaleza. La esperanza es un deseo que habita en un futuro incierto e improbable.
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Hay un gozo en el placer del saber y en el placer del hacer, que nos llena de poder.
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La vida es un aprendizaje que aprobamos cuando ya no hay tiempo para vivirla. Siempre es tarde para aprender el arte del buen vivir.
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El deseo es la materia prima del cuerpo, la célula que motoriza el placer y la felicidad en acción.
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En toda esperanza está el temor al vacío.
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El sabio lo es porque ha perdido todos los miedos y todos los amores. Es un ser desengañado. Esa es la clave de la sabiduría terrenal.
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Siempre amamos lo que queremos que sea, no lo que es concretamente.
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Nadie soportaría una felicidad eterna. Una dosis de desdicha constituye, a menudo, una mayor fuente de aprendizaje y un respiro para la conciencia y la mente. Demasiada felicidad desespera. Y también enferma.
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El que quiere tenerlo todo en la vida para ser feliz, no sabe vivir, y lo anhela porque desconoce la sabiduría.
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No somos felices porque existe la esperanza. Alcanzamos la felicidad cuando logramos la pérdida de toda posibilidad de esperanza. Sólo cuando no esperamos nada somos felices, pues tener alguna esperanza nos colma de desasosiego.
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Cuando arribamos al tiempo de aprender a vivir nos llega el tiempo de morir. Por eso, nunca aprendemos a vivir y a morir.
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Todos tenemos apetito de amar o de ser amado: hambre de placer y de felicidad.
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Quien dice felicidad dice amor: dicha y placer.
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La felicidad es una absurda esperanza de un deseo siempre relativo.
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El amor es un don del deseo que nunca se aprende plenamente a voluntad.
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¡Sabios los felices!
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Uno nunca es feliz o alcanza el estado absoluto de felicidad porque es una circunstancia temporal, un accidente del espíritu.
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Todo deseo termina en aburrimiento, pues una vez satisfecho, pare otro deseo inconcluso. De modo que vamos siempre de la carencia de deseo y de placer al aburrimiento y al tedio vitae.
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Siempre estamos careciendo de una felicidad que se nos escapa y que huye hasta el círculo de otros deseos.
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Desde que nacemos estamos condenados a un yo, a la tiranía de lo autobiográfico. Esa tiranía no nos deja vivir plenamente, pues no nos deja ser.
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Intentamos no imitar a los demás, pero terminamos copiándonos a nosotros mismos.
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Siempre, desde nuestro nacimiento, queremos ir a todas partes, pero nunca queremos ir hacia nosotros mismos, hacia dentro de nuestra conciencia interior.
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La felicidad es un proyecto, una empresa siempre individual, que creamos como un artificio o autoengaño para sobrevivir a los vaivenes contingentes de la existencia humana.
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Rousseau fue un profeta del sentimiento y Descartes, un profeta del pensamiento.
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Nuestra vida transcurre en una tentativa por llenar un vacío en nuestro corazón o en nuestra mente.