Félix Sánchez
Un vendedor de tela que levantó su familia
con esfuerzo

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POR ROSARIO TIFÁ
“Mi primer trabajo fue carpintero, labor que desempeñé desde 1947 hasta 1967 y que luego abandoné por la venta de telas en la calle y a domicilio. Había procreado, con mi esposa María Antonia, cuatro muchachos que debía alimentar, y el dinero no alcanzaba para suplir nuestras necesidades”.

“Los estragos de la Revolución de Abril de 1965 fueron horribles. Recuerdo que laboraba en una construcción en el Ensanche Naco y aunque una libra de arroz costaba de 8 a 12 centavos, según la calidad, y una botella de leche, 14 centavos, el dinero no me alcanzaba para nada”.

Con ese relato empieza nuestra entrevista a Félix Sánchez, un hombre nativo del sector de Villa Juana, que levantó una familia compuesta por siete hijos, cinco de éstos profesionales.

Se abastecía de mercancías de las tiendas La Gran Vía, Sedería California y Almacenes Ramos, las cuales vendía a una clientela fija formada por modistas y sastres, además de particulares que encontraba durante sus recorridos diarios por los barrios adyacentes.

Su rutina empezaba a las 8:30 a. m., recorriendo los sectores de Villa Juana, Villa Consuelo, La Esperilla, en algunas ocasiones San Carlos y Gascue, regresando al hogar a las 6:30 de la tarde, vencido por el cansancio.

 En esos años un corte de tela de tres yardas, dependiendo del ancho y la calidad del tejido, se cotizaba a precios que oscilaban entre 30 centavos, RD$1.00 y RD$6.25 la yarda.

Félix Sánchez vendía diferentes tejidos: casimir, algodón, charmé la Tora (raso), chambray, dacrón, piqué, guinga y fuerte azul, éste último tejido empleado en la confección de jeans.

Explica que el fuerte azul lo empleaban en la confección de pantalones y que solo la compraban personas de escasos recursos económicos y se vendía a 70 y 80 centavos la yarda.

En los años 70 llegó al mercado el poliester, una tela muy calurosa, que primero se elaboraba en el país en la Fábrica Textil Los Minas y que aunque se puso de moda, luego salió estrepitosamente del mercado al introducirse técnicas que aminoraron su calidad.

Siempre se usaron los colores, pero en la década de los 80 la tendencia del morado enloqueció a las mujeres, según recuerda Sánchez, quien afirma que los tejidos en ese color se “vendían como pan caliente”.

El vendedor de tejidos, en sus afanes de incrementar sus entradas, instaló en su hogar de la calle Seibo No. 107-A una “fantasía” (mercería) en la cual expendía botones forrados de telas, nácar y hueso, zipers, tiras bordadas, encajes y las denominadas “chavas”, botones redondos y de gran tamaño. Los precios oscilaban entre dos, cinco, ocho, 12 y 20 centavos.

Invirtió en la instalación de la mercería RD$700, incluyendo la vitrina con toda la mercancía. ¿Su situación era mejor que ahora?  Antes era mejor, debido que aunque ganaba relativamente poco dinero, con tres pesos iba al puesto de venta de pollo “El deguayangue”, en Villa Consuelo, y compraba una gallina grande de ocho y diez libras”.

En esos años recuerda que una libra de mondongo, hígado y una pata de vaca costaban cheles, productos que utilizaba de “comparón” en la elaboración de ricos platos.

 En el año 2000, debido a la proliferación del negocio de ropa confeccionada, Félix varió su estilo y se dedicó a vender pantalones, camisas, mosquiteros y polo shirt a los precios establecidos por un mercado competitivo.

El peso de los años –tiene 75–, el auge que ha tenido la venta de ropa y la ayuda económica de parte de sus hijos ha sido determinante para que Félix haya reducido su trabajo, que casi lo mantiene como un entretenimiento.

Félix Sánchez, quien enviudó hace más de dos años, está orgulloso de haber criado a sus hijos “como manda la ley”. Estos son: Roberto Sánchez González, administrador de empresa; Freddy, baloncetista; María Antonia, secretaria ejecutiva; Carlos, periodista; Miguelina, secretaria de oficina; Rolando, contable y Juan Pablo, sastre con especialidad en ropa deportiva.