Feria del libro

VLADIMIR VELÁZQUEZ MATOS
El día 21 de abril fue inaugurada la VIII Feria Internacional del Libro, cuyo país invitado es Italia, nación como todos ustedes bien conocen, amables lectores, es cuna y gloria en las más variadas disciplinas del saber, distinguiéndose, claro está, el arte y la literatura; y como de literatura se trata, esta feria es, por lo ya visto, un evento sin precedentes dentro de lo que acontece en nuestro muy limitado y árido medio (y hoy aún más, por las terribles condiciones de cómo lo dejó hace casi un año el mil veces fatídico PPH), poniéndose de manifiesto algo que hemos dicho incontables veces, es decir, de la sed y necesidad que tiene nuestra ciudadanía de que se les brinde acontecimientos verdaderamente trascendentes y de alta calidad.

La lectura es el bastión más importante de cantos existen para la liberación espiritual de los pueblos, de volar bien alto sobre la media sólo circunscrita, por desgracia, a los apremios de la llamada “conciencia gástrica”, pudiendo el lector dialogar en recogido y concentrado silencio con las mentes más lúcidas y portentosas que ha producido la humanidad en toda su historia, enriqueciéndonos no sólo de conocimientos sino del verdadero deleite que proporciona un buen libro, sea del género que sea, pues un texto de calidad jamás cansa, sino todo lo contrario, nos produce un mayor apetito como lectores, aunque estemos en una época en donde ya se ha decretado la muerte del libro (como tantas otras condenas sobre actividades de la mente y el espíritu, las cuales se niegan a sucumbir ante la estulticia de los modernos verdugos -las artes plásticas son un buen ejemplo de lo que digo), tal y como lo concebía la excelente novela de Ray Brabdury “Farenheit 451”, pero que, sin embargo, es el único instrumento que diferencia al “homo vulgaris” (no sé si el término es correcto), que abunda por todas partes en cantidades industriales, sobre todo en el ámbito político (verdadera carroña de cementerio), del “homo sapiens” (rara avis en peligro de extinción).

En esta feria, tal como lo ha planteado su incumbente, el eminente intelectual Alejandro Arvelo, no sólo es una fiesta del libro en sí, sino una fiesta de la cultura en general, donde se dan cita, además de la literatura, las artes plásticas, la música, el teatro, el ballet, el arte popular, en fin, todas las manifestaciones humanas que redundarían en un magno evento, el cual sin duda se merece toda nuestra sociedad, pero en especial, nuestra muy valiosa, y su vez, arteramente descuidada juventud dominicana.

Solamente hay un detalle que deseamos señalar para que se materialice a raíz de esta VIII Feria Internacional del  Libro, tratando de incentivar una actividad que cada día se hace más y más escasa en un país que no lee, como de hecho lo es éste, y los que sí somos ávidos lectores se nos hace cada día más cuesta arriba conseguir (a menos que los tomemos prestados, los robemos a los leamos entre los anaqueles de las librerías), es que se exoneren de impuestos a los libros para hacerlos más asequibles a todo el mundo, porque no tiene ningún sentido hacer eventos fuera de serie como el que en estas líneas comentamos, en donde probablemente habrá muchos precios especiales y descuentos de todo tipo, si después, cuando pase la misma, los libros siguen igual de caros y nadie los pueda comprar, fabricando el mismo regalo de siempre, esto es, una fastuosa gran envoltura multicolor llena de puro aire.

Sugerimos a todas las instancias que tengan que ver con ésto, a nuestros legisladores (si aún queda alguno que se le pueda denominar de esa manera), de que a los libros se los exonere de impuestos, y así estaremos construyendo una grande y sólida zapata para incentivar esa actividad liberadora del espíritu como lo es la lectura.