Feria Internacional del libro en Puerto Rico

Convertir a Puerto Rico en una isla de libros. Creer en el libro como mercancía y trabajar para que la industria editorial sea rentable. Reafirmar el uso del español, fomentar la lectura, son frases que sueltan, emocionados, los gestores de la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico la tarde inaugural.

Retumba lo dicho en el óvalo del Coliseo Roberto Clemente, ubicado en el Municipio de San Juan, habilitado para la ocasión, a pesar de la oposición de muchos, a pesar de los conflictos y las zancadillas de algunos políticos que le temen a los libros y a la lectura como el diablo a la cruz. Nelson Del Castillo, columnista del diario Primera Hora, se refiere a la Feria como “un proyecto torpedeado constantemente por sectores diversos. No ha recibido el respaldo de las instituciones llamadas hacerlo, pero navega firme.”

Orden, interés, silencio, en ocasiones solemnidad, respeto a los creadores y a su obra. Decenas de anaqueles, de mesas, que exhiben miles de páginas convertidas en ese icono extraordinario: el libro. Esa fiesta, ese espacio para oferta, intercambio y disfrute, comenzó cuando José Carvajal creyó posible el intento y lo convirtió en realidad. Contó para la realización con el trabajo y el ánimo de la Profesora y escritora Dalia Nieves Albert. En un principio fue una ilusión, después obtuvo el respaldo del Departamento de Educación, del Instituto de Cultura Puertorriqueña, del Senado del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, de la Sociedad de Bibliotecarios, de la Universidad de Puerto Rico. Hoy, el capital privado se compromete con la Feria, lo demuestra la colaboración de Magic Transport, Service by Air y de empresas de comunicación como Tu Universo Televisión, El Nuevo Día, uno de los periódicos más importantes de la isla.

Pretende el espacio convertirse en el lugar adecuado para que el libro del Caribe trascienda y Puerto Rico sea un enlace obligado e idóneo con EUA e Ibero América. Los 65,000 visitantes del 1998 se multiplican cada año, los expositores también. Tan importante ha sido la respuesta, durante siete años, que el Senado del Estado Libre Asociado ha reconocido, mediante Resolución la necesidad de la Feria Internacional del Libro y el compromiso con su preservación y defensa.

[b]LA INAUGURACIÓN[/b]

La solemnidad de la inauguración estuvo más en el entusiasmo que en la investidura de los oficiantes. No podían esconder su satisfacción, lograban una séptima Feria. La situación no era la mejor, se pensó que las lluvias recientes afectarían la presencia y la disposición para olvidar las inundaciones. Sin embargo el respaldo del público fue evidente, no sólo el día de la inauguración, 15 de noviembre, sino durante la semana.

El presentador oficial fue Antonio Fas Alzamora, Presidente del Senado, que sin olvidar la alegría no omitió críticas severas contra políticos opuestos, de manera velada y expresa, a la realización de la actividad, desde su inicio. Aprovechó para comentar los conflictos entre sectores que discuten la posibilidad de descartar el español como idioma oficial en Puerto Rico y pretenden imponer un bilingüismo artificial. Proclamaba: la mayoría de los puertorriqueños no somos bilingües, no nos pueden obligar a serlo. El Senador recreaba, en el contexto de la inauguración, “la más bella y tenaz batalla de Puerto Rico”. Desde el año 1902 el idioma inglés fue impuesto como idioma oficial, 101 años después el 93% de la población boricua afirma que nunca renunciaría al idioma español, como lengua oficial. El dato está consignado en la última encuesta realizada por el Ateneo que preside Ricardo Alegría, antropólogo e historiador de prestigio innegable. La disputa siempre ha estado en el tapete. El Gobernador Rafael Hernández Colón dispuso, en el 1991, el español como idioma oficial, la disposición fue derogada en el 1993. Diez años después no hay opinión unánime entre los políticos, sólo la mayoría sabe lo que no quiere y pretende defender su derecho al uso del idioma que conocen mejor.

Después de los discursos hubo una especie de diálogo entre José Carvajal, Presidente de la Feria Internacional del Libro y el Presidente del Senado. El primero le solicitaba autorización para inaugurar la Feria y lo invitaba a cortar la cinta, después del asentimiento del senador, descendieron del podio y Fas Alzamora cortó la cinta. El trayecto fue acompañado por guitarras, panderetas y voces de la Tuna de Los Chavales. Recorrieron los diferentes quioscos y saludaban a los presentes. Decenas de personas se confundían entre la música, las sonrisas y los buenos augurios. Un Mari Brass encanecido, convertido en leyenda, no sólo en Borinquen, se paseaba por los pasillos. El fundador del Movimiento pro Independencia- luego Partido Socialista- y del periódico Claridad, protagonista de cientos de batallas en contra del autoritarismo y en procura de la independencia de su país, recibía abrazos y elogios. Un Ricardo Alegría que pretendía escabullirse, el escritor galardonado, Díaz Valcárcel, Etnairis Rivera… cantantes, actores, escritores, académicos celebraban el inicio de la jornada. La música y la poesía no podían faltar. Estuvieron presentes siempre y el día de la inauguración se rindió homenaje a Haciendo Punto en Otro Son y al Gran Combo de Puerto Rico.

[b]LA NOVELA Y LOS NOVELISTAS [/b]

La Séptima Feria Internacional del Libro de Puerto Rico estuvo dedicada a la novela y a los novelistas. El Gran Premio Nacional le fue concedido al novelista puertorriqueño Emilio Díaz Valcárcel. El doctor Marcelino Canino coordinó el seminario “El Mundo Maravilloso de la Narrativa”, Reinaldo Marcos Padúa el taller de novela. Rosa Montero, asidua colaboradora de la Feria, estuvo comentando su La Loca de la Casa. El Grupo Editorial Norma – Puerto Rico presentó la última novela de la colección La Otra Orilla, escrita por Carmen Imbert Brugal.

[b]QUEJAS[/b]

La admisión al Coliseo Roberto Clemente, lugar escogido para instalar la Feria Internacional del Libro, cuesta 3 dólares. Fue reconfortante ver a las personas, enfrente de la boletería, esperando su turno para adquirir los boletos que permitían el acceso. Jóvenes, viejos, familias interesadas en participar en la fiesta de los libros, aguardaban su turno. Niños y niñas tienen prisa por entrar, saben que la infancia tiene sus pabellones, sus libros, sus salas de juegos. Saltan y ríen, se aquietan escuchando relatos. Un académico que husmeaba entre viejos danzones y colecciones de discos de Tito Rodríguez lamentaba que a Puerto Rico no llegan novedades. “Estamos leyendo lo mismo que en los 70s, las novedades son los libros de autoayuda.” Ojalá que las editoriales se interesen en este mercado y entiendan que somos puente- decía otro, esperanzado.

Constante es la opinión acerca de la literatura dominicana. El problema no lo ignoramos. Los más enterados conocen la obra de Juan Bosch y de Manuel del Cabral. Excepcionales son aquellos que reconocen otros nombres de autores dominicanos. Algunos interesados en conocer la literatura de los vecinos deciden atravesar El canal de la Mona. Cuentan su experiencia en las librerías dominicanas y su sorpresa al descubrir que en la República Dominicana, además de bailar y tocar bachata y merengue, se escriben cuentos, novelas, ensayos, poemas.

La Profesora Sheila Barrios quiso conjurar la limitación impuesta por desidia o por falta de fe en el producto dominicano, aquí y allá. Prepara su tesis doctoral sobre Hilma Contreras. Está recopilando datos, ha viajado varias veces al país y pudo entrevistar a la escritora en su refugio, ubicado en San Francisco de Macorís. Asistió a la última Feria Internacional del Libro de RD. No establece comparaciones entre la Séptima Feria Internacional del Libro de PR y la celebrada en Santo Domingo. Son diferentes- dice-.

Una familia dominico puertorriqueña, manifiesta su decepción con lo encontrado en el Roberto Clemente. Extraña la algarabía de nuestra Feria. Allá se goza, declara uno de sus miembros. Las quejas trascienden la esencia y la organización de la Feria. Los expositores que se dieron cita en el Café de los Poetas, espacio destinado al intercambio, a las conferencias, a la presentación de libros, aprovechan para denunciar abusos contra los artistas, para demandar respaldo a los creadores. Hubo referencias a las pugnas de actores con su Colegio. Durante la presentación del libro “Teatro Contemporáneo”, de Roberto Ramos Perea, se reveló la censura que trata de imponerse contra actores y sus obras. Se hizo público el descontento con el contenido de una ley que afecta la libertad de las presentaciones teatrales. La lectura de “Intervenidos”, poemario de Etnairis Rivera, fue otra muestra de denuncia poética que encontró abrigo en la Feria.

[b]Y LOS DOMINICANOS DÓNDE ESTÁN[/b]

Tan cerca y tan lejos. Tanto amor y tanto odio. Preguntan por los dominicanos, la pregunta proviene de organizadores, editores, público, dominicanos residentes en la isla. Las respuestas son variadas y ninguna satisface. Una persona confiesa su amistad con editores e impresores dominicanos y dice: No les interesa venir, no creen en este mercado, pero tampoco lo conocen. La escritora y gestora cultural, Ilonka Nacidit Perdomo, representante de la Feria Internacional del Libro en la República Dominicana, admite el desinterés de los especialistas y de los comerciantes. Sin descartar la crisis económica y sus efectos en el mundo editorial, admite que, definitivamente, el mercadeo del libro dominicano es deficiente por no decir inexistente. Algunos ignoran cuán importante es participar en las Ferias Internacionales del Libro, otros se resisten a participar sin explicación aceptable. Ella, incansable, se disponía a viajar a San Juan, faltando días para el cierre del programa de la Feria, y no titubeó cuando el publicista y fundador de Casa de Teatro, Freddy Ginebra, le comunicó que estaba interesado en exhibir su libro, Secretos Compartidos, en el Coliseo Roberto Clemente. Con la presteza de siempre, la Nacidit Perdomo hizo las diligencias pertinentes e incluyó la presentación del libro de Ginebra en el Programa y sumó la participación de Juan Cotes Morales con su poemario “ Puerto Rico en la Mitad del Mundo”, Johnny Jones con su novela “Bautizo de Cenizas” y del escritor Reyes Vásquez. Preparó además un espacio para ubicar las obras y a los autores señalados. El Programa de la Feria había incluido a tres dominicanos cuyas obras publicó el Grupo Editorial Norma- Armando Almánzar, Marino Beriguete, Carmen Imbert Brugal-. No fungían como representantes del país, sino como firmas de Norma.

[b]ENTRE EL HIPOPÓTAMO Y EL FUTURO[/b]

El mejor lugar para comentar los pormenores de la Feria fue El Hipopótamo, uno de los refugios de la bohemia y de gastrónomos boricuas, que entre anécdotas y vino discuten y disfrutan la excelente comida y el contacto con escritores, músicos, políticos, pintores, académicos. Olvidando las lluvias y el cansancio, el hambre rodeó la mesa donde estuvieron presentes, por evocación, desde Albizu Campos hasta Julia de Burgos, desde Aída Cartagena Portalatín hasta Viriato Fiallo y no faltaron rumores acerca de próximas publicaciones dominicanas con el tema inagotable de la tiranía y el 30 de mayo del 1961. la algarabía y despiste de tertuliantes y anfitriones impidió detectar la insolencia de una cuenta exagerada. El detalle no impidió reconocer que existe otro Puerto Rico diferente al Centro Comercial y a la violencia, a los cupones de ayuda y al anexionismo. Un Puerto Rico que sueña, hace y se defiende, apuesta al presente, cita a Eugenio María Hostos, tan nuestro como de ellos.

La literatura está hecha de realidades. La idea de la fantasía es quizás la única ficción que se cree determinante en una obra, por eso es absolutamente posible que los libros dominicanos, cubanos, puertorriqueños, sean vendidos, leídos, comentados. Es posible asumir que existimos, por encima de las miserias y los prejuicios que nos separan. Los organizadores de la Feria Internacional de Puerto Rico lo creen, el Grupo Editorial Norma, con su colección La Otra Orilla, también y unos escasos duendes, dispersos por la región, se atreven, a pesar de los pesares, a difundir la literatura nacional. Buena o mala, a difundirla. Eso es lo primero. Los consumidores decidirán si las obras merecen permanecer pero después de leerlas.