Fidel

Osvaldo Montalvo Cossío

Fue así desde siempre, pero ahora que ha muerto se hace más patente. Despierta las pasiones más encendidas y extremas. Muchos lo adoran como un semi dios, otros tantos lo aborrecen como al mismo demonio. Los fanáticos en los extremos opuestos son similares en número. En el medio -que es un largo intermedio- están quienes tenemos sentimientos encontrados, unos de enorme admiración y reconocimiento, otros de profunda reserva y recelo. Al fin y al cabo, ¿quién hubiera querido vivir en la Cuba de Fidel?

La opinión, y antes que ella el sentimiento, se forman por la información… Esto para lo que vivimos lejos, fuera de su influencia. A la inversa, quienes han sido directamente beneficiados o perjudicados, en su moral, en sus intereses, en sus personas, tienen mucho mejores argumentos que quienes sólo hemos sido testigos lejanos. Sus camaradas ideológicos siempre supieron que Fidel era único: visionario, estratega, líder, tenaz, locuaz, carismático, trabajador, frugal, decidido y, por último pero quizás lo más importante: astuto. Ahora que ha muerto se habla desenfadadamente de los intentos de la CIA por asesinarlo. Exactamente, por asesinarlo. Es decir, el gobierno de los EUA se arroga el derecho y potestad de asesinar a cualquier persona en el mundo (si lo hace fuera, con mejores argumentos lo hace dentro) si es que decide que no le conviene a sus intereses. Y el mundo completo calla. Por adhesión o por temor. Pero calla. Fidel no solamente denunciaba la injusticia en el mundo y los abusos del capital en todos los confines, sino que sabía defenderse de sus ataques. Por eso pudo sobrevivir durante cincuenta años de revolución, porque los EUA le soltaron todo lo que tenían. Y no pudieron. Perdieron en Vietnam y a Fidel no pudieron derrocarlo.

¿Cómo hacerlo? En un país pobre y subdesarrollado atrapado en la escasez y la precariedad, condiciones en las que prende fácilmente el desaliento y la traición. Exactamente radicalizando la revolución. ¿Qué pasó con Arbenz, en Guatemala? ¿Con Bosch, en este país? ¿Con Allende? En política práctica no hay peor error que la ingenuidad. Y en astucia, Fidel se llevaba todas las palmas. Cuando el adversario pensaba el primer movimiento, Fidel ya iba de regreso. Hizo del pueblo de Cuba un ejército, exactamente como cantan prácticamente todos los himnos. Invadir a Cuba -100 mil kilómetros cuadrados, 11 millones de habitantes- hubiera sido para la fuerza militar de los EUA un paseo, un entrenamiento de verano. Pero hubieran tenido que dejar el país sin un solo hombre. Hubieran tenido que masacrar la población. Y eso, políticamente, no era factible. Sólo así pudo, se podía mantener. Como dice Ramonet, adoptó la consigna de San Ignacio de Loyola: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición.” Fidel lo decía con otras palabras: “Dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución, nada.” Pero estas no son sus ideas, esto es el abc político del marxismo leninismo: el partido único, con la característica adicional de un líder único. En la antigua Unión Soviética había por lo menos cierta rotación, retiro y promoción de distintos personajes. En la revolución cubana, Fidel era el único. El supremo. En resumidas cuentas, necesidad y circunstancias coincidieron, Fidel no se hubiera sostenido sin organizar vertical, militarmente la sociedad cubana. No se hubiera sostenido si no hubiera sido un dictador. Como lo fue.

Del buen tirano salen cosas buenas y cosas malas dependiendo del día. Por eso, entre otros detalles, no se quieren los tiranos, porque la situación depende de forma crítica de su parecer personal y su voluntad. Dicen por ahí –pero es boca nada más- que a la gente no le gusta los tiranos. Creo que no hay aseveración más desmentida por la historia. A la gente le fascina los tiranos… con condiciones. Tiranos son los que han construido desde las pirámides en Egipto hasta el Arco del Triunfo en Francia. Versalles, Anna Karenina, Velásquez, son todos cosas y personajes que han rodeado a los tiranos, o casi tiranos, faraones, emperadores, reyes, papas. Todos han sido un poco lo mismo. El tirano es la recta entre dos puntos. El tirano es quien les puede resolver sus problemas más fácil, más rápidamente. Con el menor esfuerzo personal. El problema, eso sí, son los caprichos y excesos del tirano. Pero una cosa va irremediablemente con la otra.

De los logros de la revolución cubana de Fidel se ha hablado mucho. Logros reales o ficticios, circula por las redes todo un listado. El éxito de los atletas cubanos es objetivamente cierto. De la medicina cubana –avance, calidad y cobertura-, también, sobre todo cuando la insertamos en el contexto latinoamericano. La educación. No es poco, pero aquí pare de contar. Personalmente, viajé a Cuba hace unos cinco o seis años para conocer de primera mano lo que era el socialismo cubano precisamente antes de que muriera Fidel. (Fue la época de unos percances serios de salud) Estuve en La Habana y Santa Clara (quería ver el museo de El Che) Lo que vi fue una ciudad vacía, algo desolada, de gente desalentada, confundida, atrapada en el tiempo. Los edificios herrumbrosos todos, curtidos por el agua y el tiempo, absolutamente descuidados. Las calles inservibles… aunque ¿para qué?, si apenas hay carros. En la carretera –y esto es un experimento que hice yo mismo- podían pasar hasta cinco o seis minutos hasta que apareciera un solo carro, en cualquier sentido. No hay letreros comerciales de ningún tipo, justamente porque no hay comercios. En alguna esquinita de la sala de alguna casa podía aparecer una fondita de nada que vendiera empanadas o algo así. Pero algo espontáneo, salido de la necesidad. Algo que se pudiera suspender y quitar en cualquier momento.

Una sensación de despropósito entre la gente. Uno, aquí, acostumbrado al movimiento y las prisas. A que hay que hacer ahora, rápido, para ayer. Cumplir, buscar más, despachar. Correr, el tapón, los hijos. Que la luz no ha llegado, que no hay agua, que la comida está por las nubes. El cubano no, el cubano (por lo menos en esa época) vivía un poco a la deriva, como que (no puedo establecer causales pues no estuve suficiente tiempo) no tenía nada específico que hacer. Cualquier cosa era buena, cualquier cosa que le consiguiera cinco dólares. Entonces lo que quedaba era vagar y vagar por las calles. El nivel de vida del cubano promedio (es lo que vi) es lo que aquí sería una clase baja pobre. No vi miseria ni mendigos pero sí mucha pobreza. Precariedad, desaliento, frustración. Porque no sólo no había sino que no se podía hacer nada para que hubiera. El periódico Granma es apenas un pasquín tamaño tabloide de unas ocho páginas (a dos o tres colores). Su contenido, completamente ideológico. Pregunté a más de una persona sobre algún libro, no contrario sino crítico del sistema económico: no había ninguno. El control policial de la población era absoluto. Era visible (policías con uniforme y de civil) y se dejaba sentir. Un axioma del control social es que la seguridad ciudadana era también absoluta.

En resumidas cuentas, no me gustó. Si hubiera sido cubano, hubiera muerto intentando salirme pues aquello era un limbo infra humano. ¿Qué con el goce, la diversión? Sí, con el consumo capitalista superfluo y obsesivo. Pero hay cosas en la vida que vienen pegadas inseparablemente. Aquí cualquier obrero echa una jornada de ocho, diez, doce horas. Trabajo duro, intenso, demoledor. Pero al final del día puede hincar el diente en un muslo de pollo y bajarlo con una cerveza bien fría. ¿Un gustazo? Un trancazo. Ese puede ser más o menos el juego en el capitalismo subdesarrollado. Pero aquello era nada de nada. Ni esfuerzo ni retribución. Sólo vegetar. Es lo que vi. Por eso quienes salieron de Cuba tienen sus razones. No se pueden despachar llamándolos contrarrevolucionarios, simplemente, o gusanos. (“No los queremos, no los necesitamos”, diría Fidel en el éxodo del Mariel). Entre los cubanos en el exilio habrá de seguro personajes con las peores intenciones. Eso es indudable. Pero querer hacer y prosperar personalmente no puede ser un pecado ni una imposibilidad. Y eso es lo que quiere la mayoría. Y en Cuba no lo podían hacer.

La muerte de Fidel señala una dificultad histórica que todavía no ha sido suficientemente destacada: la democracia burguesa, con todas sus ventajas, no está –ni estará nunca, hoy lo vemos mejor que antes- exenta de abusos, injusticia y desigualdad. Es parte de su naturaleza. En el otro extremo, el socialismo no funciona porque es inhumano. Es toda una encrucijada para la humanidad. Si bien el socialismo fracasó, esto no equivale a decir que el capitalismo triunfa. Como dice, creo, Keynes, lo que sucede es más bien que no tenemos con qué sustituirlo. Por lo mismo, no hay una sola perspectiva para analizar y juzgar a Fidel. Siempre va a depender de la distancia y el sentido en que su personalidad nos haya afectado. Excepcional como político, inhumano pues obligó a su propio pueblo a una precariedad que, a la postre, no va a resultar en nada. (Nada más veamos el Vietnam de hoy en día). Si fuera posible quedarme con uno de sus atributos sin que éste arrastrara a los demás, me quedo con el Fidel de la dignidad y la vergüenza. Porque eso sí no se lo pueden escamotear ni sus peores enemigos. Fue Fidel que dio personalidad a los cubanos y a los latinoamericanos todos frente al mundo occidental, específicamente frente a EUA. Cuando tronaba en las Naciones Unidas, cuando denunciaba valientemente, cuando demostraba con pruebas fehacientes, cuando retaba. Ahí era la voz de todos, la palabra a la que ninguno de los otros se atrevían. Si algo de eso queda, se le debe a Fidel. Desafortunadamente, como sucede con todo hombre, no todo es luz. Ni en Fidel ni en ningún otro héroe, latinoamericano o del mundo. Con eso me quedo. Para mí es suficiente, aunque estoy consciente de que en otros pesan más otras circunstancias y hechos. Y es su verdad y su derecho.