Font Bernard: maestro y amigo

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REYNALDO R. ESPINAL
Como la brevedad pasmosa de un suspiro, implacable y súbita, la parca ha cegado para siempre la vida del gran intelectual y amigo Ramón Alberto Font Bernard.

Pendiente de la evolución de su estado de salud, aún desde la distancia, cuando fui informado por mi entrañable amigo, el historiador Fernando Infante- cabe decir su vecino y amigo del alma- de la recurrencia de su estado clínico, no vacilé un instante en pensar, y así luego lo comentamos Fernando y yo, que se había producido ya su primera muerte, irreversiblemente herido su cerebro fecundo.

Por eso cuando volvió a llamarme para darme la noticia de la segunda y definitiva, si bien es cierto que no pude evitar el estremecimiento interior propio de quien ha perdido un tesoro, confieso que en el fondo de mi alma di gracias infinitas al eterno hacedor por disponer de ese modo su tránsito hacia la eternidad: y es que ninguno de los amigos que tuvimos el inmenso privilegio de tratarlo nos imaginamos a Font Bernard sin poder leer y sin ser capaz de sentarse frente a su vetusta “olivetti” para verter en páginas sublimes el caudal inagotable de su saber.

Comencé a tratarle cuando inicié mis andanzas investigativas por el Archivo General de la Nación, cuya dirección él ocupaba, y allí, en compañía de Fernando Infante, Salvador y Vetilio Alfau hijo, Manuel Núñez, Jesús De La Rosa, Ismael Hernández Flores, Campos, y cuantos amigos intelectuales acudían al Archivo, su despacho se convirtió en escenario de una proficua y amena tertulia académica. Durante muchos años, además, su egregia figura intelectual también sirvió de aliento e inspiración a la tertulia que en el atardecer se celebra en casa de Fernando y Ligia, la que ha recreado con nítidos y hermosos perfiles la atildada pluma del gran amigo Ubi Rivas en un artículo dedicado a su memoria. (Hoy, 8-11-2006). A ella, también, aunque ocasionalmente, tuve la dicha de acudir al igual que el poeta e intelectual santiaguense Ramón Cabral De La Torre.

Lo recordaré siempre por su trato decente y afable, por ese arte delicado de enseñar sin imponer. A él, que atesoraba tanto saber, como pocos dominicanos, prácticamente sobre todos los campos de las humanidades, nunca le vi una pose dogmática o pedante; más bien gozaba con desentrañar la verdad de las cosas a través del viejo arte Socrático de formular preguntas, como aquella con que de inmediato me abordaba, siempre que le hacía la acostumbrada llamada semanal, ya fuese dominical o sabatina: ¿Cómo está Santiago?, cuestionante que ya él tenía contestada por su mañanera lectura de la prensa, pero que, al estilo del Doctor Balaguer ,deseaba perfilar y confirmar. Recuerdo, a este propósito, como más de una vez, para refrendar su inveterado convencimiento de que toda información periodística ha de leerse con reserva y suspicacia le citaba la conocida expresión del gran político español Cánovas Del Castillo- a la que él asentía con hilaridad-, conforme a la cual “.es a veces mejor no leer la prensa para estar mejor informado”. No albergo dudas de que sus profundos conocimientos sobre nuestra evolución histórica y su lectura crítica de la realidad presente lo convirtieron, a su despecho, en un convencido pesimista sobre nuestra viabilidad histórica como país y sobre el futuro de nuestra democracia. Era un tema recurrente de nuestros enjundiosos diálogos cómo se había cualquerizado nuestra política vernácula. No olvido la sutil ironía con que me comentó la expresión de un actual legislador quien confesó paladinamente no saber en qué consistía el oficio de legislar: “Imagínate, ese va al Congreso a representarnos a ti y a mi”.

Siempre solía citarme a Don Américo Lugo, sobre todo en dos vertientes de su pensamiento que para él eran de trascendental significación, a saber: que la esencia de la Dominicanidad, vaya paradoja, estaba escondida en los avatares y peripecias de la colonia, y que al día de hoy, tal como sentenciara Don Américo en su conocida tesis de 1916, “…el pueblo dominicano no constituye una nación”, por lo que siempre me recordaba: “es preciso volver a leer a Don Américo”.

Se lamentaba con dolor de que en la gestación de nuestra primera República nos faltara el magisterio de un Martí, un Sarmiento o un Montalvo; conocía, más que nadie, las fallas originarias de nuestra andadura histórica donde temprano el sable sustituyó a la pluma, la montonera a la escuela y la mezquindad individual a los anhelos colectivos.

Lo alenté a que escribiera una historia del Trujillismo donde plasmará su visión sobre el personaje y la Era por él encarnada, lo mismo que sobre sus relaciones con Joaquín Balaguer. Su argumentación para no hacerlo era siempre la misma: lo que él escribiera al respecto no podía reducirse a pura “hagiografía”(vida de santos), lo que conllevaba, para ser consecuente con lo que de él se esperaba, hacer alusión- en el caso de Balaguer y del Balaguerismo- a conductas no del todo decorosas tanto del personaje como de pasados colaboradores que aún siguen gravitando en la vida política, económica y social de la nación, argumento que aplicaba, según él, en lo referente al trujillismo, por cuanto su tesis era que explicar su instauración exigía referirse a la cooperación de “familias honorables” parte de ellas responsables de comportamientos no siempre decorosos, lo que de ser divulgado, avergonzarían a sus descendientes.

Aunque los precitados argumentos para su negativa nunca tuvieron mi intelectual asentimiento-aunque sí mi comprensión respetuosa y tolerante – los consigno aquí como testimonio de que Font Bernard, albacea a contrapelo de “falsas nombradías”, nunca hizo uso de las delicadas informaciones de que era poseedor para herir susceptibilidades o dañar reputaciones. Por ello, sabiéndome, modestia aparte, bien intencionado, animado sólo por el deseo de profundizar en las virtudes y fragilidades de nuestra idiosincrasia como pueblo, me hizo testigo y confidente de muchas revelaciones, las que conservo como un invaluable tesoro en el relicario de mi memoria y las cuales permitieron afianzar mi convencimiento de que Lilís tenía razón al afirmar que en nuestro país no debían moverse mucho los altares para evitar que rodaran por el suelo los santos.

Creo que con lo antes dicho queda bien claro que las esperadas “memorias” de Font Bernard se fueron con él a la tumba.

Estuvo en las más altas estribaciones del poder y nunca lo usufructuó para su beneficio; frugal y sin merculiares ambiciones, era un aristócrata del espíritu. Por eso murió pobre de bienes materiales, y trabajaba cada día, “dando tecla”, como solía decirme, para ganarse su sustento.

Se encontró con la muerte “ligero de equipaje” y al saberlo no pude evitar verlo retratado en estos versos de Machado que él, conocedor como pocos de la lírica española, leería muchas veces:

Y cuando llegue el día, ¡el del último viaje!

Y esté al partir la barca que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo ¡ligero de equipaje! Casi desnudo como las olas de la mar.

Hasta el cielo, Font Bernard, ¡Maestro y amigo!