Forense: lo que no se ve

SERGIO SARITA VALDEZ
Desde niño crecimos oyendo a nuestros abuelos repetir con suma frecuencia, casi hasta la saciedad, una sabia frase, que decía de la siguiente manera: no todo lo que brilla es oro. Del tanto uso que de dicha expresión se hacía llegamos a imaginar su desgaste y posterior debilitamiento. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, el término se ha fortalecido con el pasar del tiempo, sigue cobrando vigencia y cada día se comprueba de manera fehaciente el valor de su certeza. De modo parecido, existe en medicina forense un axioma que nos recuerda de la importancia de siempre  buscar lo que se esconde detrás del escaparate.

La reflexión anterior  viene a consecuencia de un lamentable incidente acaecido en el aeropuerto internacional Las Américas, donde una viajera fue detenida para fines de verificación de la autenticidad de sus documentos de viaje, pereciendo dentro de una celda sin que hubiera testigos al momento de su trágico deceso. Uno que otro medio se encargó de presentar el perfil de una intelectual de clase media, políglota, profesora de idiomas, madre abnegada, víctima de los abusos de las autoridades de migración que supuestamente causaron su muerte. La opinión pública de inmediato presionaba para que se investigara el caso y se condenara a los responsables de este confuso incidente mortal.

El cadáver fue levantado a las 2:30 PM del 13 de Mayo de 2005, siendo trasladado a la morgue del Instituto Nacional de Patología Forense con la finalidad de llevar a cabo una autopsia medicolegal y así completar el experticio. La necropsia se efectuó al día siguiente en las primeras horas de la mañana. El cuerpo de la occisa correspondía al de una mestiza adulta de unos 35 años de edad. Mostraba numerosas cicatrices antiguas por instrumento cortante en cara, muslo derecho, ingle del mismo lado, así como en la muñeca izquierda, estas últimas características similares a las producidas con fines suicidas. Además exhibía cinco estocadas antiguas en el seno derecho. También presentaba tatuajes en la cara anterior del tercio superior del muslo izquierdo y en la parte anterior del tercio inferior del antebrazo izquierdo.

En el examen externo de cavidades naturales se pudo observar la presencia de tres barras en forma de chorizo, atadas juntas y cubiertas con un plástico de hule transparente. Cada barra contenía cuatro bolsitas de un polvo blanco cuyo análisis toxicológico evidenció que se trataba de cocaína. Ocho empaques de contenido similar fueron localizados en el interior del estómago, otras dos ya estaban en la parte terminal del intestino delgado. Diez  bolsitas fueron ubicadas en el ciego, es decir, en el área del apéndice. Otras diez porciones de cocaína se localizaron en el resto del intestino grueso.

Dos de los envases se habían perforado a nivel gástrico y su contenido absorbido, mientras que otro presente en el intestino delgado había sido absorbido parcialmente. En total esta dama llevada consigo cerca de trescientos gramos de cocaína pura. Los pulmones mostraron edema agudo, consecuencia del daño directo al miocardio, debido a una intoxicación aguda por cocaína. Se trató de una muerte accidental provocada por la rotura de tres de los cuarenta envases de droga encontrados en el interior de la portadora.

¿Qué era lo que no se veía en esta penosa muerte accidental? Por supuesto que la carga mortal que esta pasajera albergaba en el interior de su anatomía. El caso fue  que tampoco las autoridades de migración pudieran percatarse de la presencia de este cargamento de estupefaciente, capaz de provocar la muerte inmediata, si por alguna razón se detenía o demoraba su transporte por el interior del estómago. En la cámara gástrica se almacena normalmente una considerable cantidad de ácido clorhídrico, necesario para llevar a cabo el proceso digestivo. Desgraciadamente, acá no fue alimento lo que trató de digerirse, sino cocaína altamente concentrada, la cual dio lugar a consecuencias fatales.

Debajo de aquella vestimenta y otros adornos de la difunta se ocultaba algo tan importante, que su descubrimiento a tiempo pudo haber evitado tan amargo e irreversible desenlace.