Forense: puñales que disparan balas

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Cursaba la segunda mitad de la década de los ochenta del pasado siglo XX cuando, en calidad de presidente de la Comisión de Patólogos de la Asociación Médica Dominicana, fui encomendado para realizar una necropsia en el cementerio municipal de la ciudad de San Pedro de Macorís. 

Se trataba del cadáver de un talentoso joven estudiante de término de la Escuela de Derecho de la Universidad Central del Este. De acuerdo al parte policial, su muerte se debió a una puñalada en la espalda que le habría sido inferida por un paisano suyo en medio de una trifulca.

La comunidad haitiana y los compañeros de estudios del fenecido no aceptaron la versión oficial y reclamaron un  experticio médico forense. El jefe de la dotación uniformada nos comunicó que en su poder reposaba el arma homicida. Luego de terminada la autopsia, decidimos pasar de nuevo por el cuartel, para de un modo jocoso, comunicar al general que a su puñal le faltaba algo en la punta y que nosotros se lo íbamos a mostrar. Lo extraído de la espalda del occiso fue una bala de fusil,  producto de un disparo a distancia.

Ese añejado relato viene a colación, a propósito de una situación que se dio recientemente en la ciudad de San Cristóbal, en donde un hombre acusado de violar dos hijastras secuestró a su concubina. A los gritos de la mujer acudieron vecinos, quienes desesperados, optaron por llamar a la policía. Tras horas infructuosas pretendiendo resolver el impase por las buenas, se decidió hacer uso de la fuerza para rescatar a la señora.

El desenlace final fue la muerte violenta de la pareja. El reporte policial basado en una interpretación del certificado emitido por el médico legista, es que la mujer murió a consecuencia de una puñalada que le propino su marido y que este último habría resistido a policía, siendo mortalmente herido de bala en un intercambio de disparos. La autopsia demostró que la occisa pereció a consecuencia de un balazo realizado a distancia y que la atravesó de costado a costado, perforándole el corazón. Aparte de ese disparo mortal tenía otro impacto por proyectil de arma de fuego cañón corto que le penetró la región glútea.

El hombre tenía por supuesto varios impactos en el cuerpo, causados por armas de fuego con orificios que mostraban características similares a las de la difunta. Es cierto que la ahora extinta también mostraba heridas por arma blanca pero ningunas de estas evidenciaban una gravedad tal que justificara el deceso. La explosión del corazón por la bala homicida produjo un grave daño incompatible con la vida.

Cantaba Gardel que veinte años no es nada y nosotros parodiamos de esta manera: dos décadas de distancia no bastan para borrar la misteriosa costumbre que tienen algunos  puñales dominicanos de matar con balas.