Forense: ¡sospechosa precipitación!

SERGIO SARITA VALDEZ
En el mes de octubre de 1956, durante la celebración del 35 aniversario de la Sociedad Americana de Patología Clínica, el profesor Alan Moritz dio una conferencia titulada: Errores clásicos en patología forense. Aquella disertación hubo de convertirse en una pieza de referencia para todos los investigadores forenses a nivel mundial. La presentación apareció publicada en la revista de dicha sociedad, en el volumen 26 de ese mismo año con el mismo encabezado de la charla. Recomendaba el afamado hombre de ciencia en ese cónclave evitar a toda costa el hablar prematuramente, expresar más de la cuenta y dirigirse a la persona equivocada.

Una tarde de mayo, como diría la canción que inmortalizó Barbarito Diez, recibimos una cordial llamada telefónica de una amiga periodista desde la redacción de un diario matutino dominicano. Quería saber la acuciosa escritora si ya habíamos completado los estudios medicolegales del caso de un sujeto en donde supuestamente la policía habría anunciado que se envenenó en un aparente acto suicida.

Le dijimos a nuestra interlocutora que aún no teníamos noticias del suceso y todavía no sabíamos si el cadáver sería trasladado a la capital pues como fue encontrado en una cabaña de Jarabacoa, lo usual era que esos muertos fueran depositados en la morgue del Instituto Regional de Patología forense de Santiago. De todas maneras, no fue sino hasta después de las 8 de la noche cuando  el fenecido fue recibido en la sede central de Patología forense.

Presentaba el fallecido los signos comunes de la asfixia, tales como son la sangre sin coagular, congestión y hemorragia en la cara y conjuntivas de ambos ojos, cianosis de labios, lengua, dedos y uñas. También mostraba  una marca en un lado del cuello. Las llamadas livideces cadavéricas, es decir, las manchas oscuras de sangre, depositadas por gravedad, en las partes de declive del cuerpo, mostraban un patrón raro. Ellas indicaban que el cuerpo había sido movido más de una vez antes de que se fijara definitivamente el livor mortis.

Curiosamente las livideces cadavéricas tenían un color  cereza encendido. De acuerdo al parte policial, junto al cadáver fueron encontrados envases que contenían material en forma de polvo que supuestamente utilizó el suicida para quitarse la vida. Al día siguiente todos los periódicos publicaron la noticia del alegado suicidio. Sin embargo, aún después de realizada la necropsia nosotros no estábamos convencidos de que realmente se tratara de un acto voluntario en donde la victima optara para matarse.

Lemoine Zinder, en su libro Investigación de Homicidios, establece que ningún caso debe ser clasificado como suicidio hasta tanto no haya sido descartada cualquiera otra manera de muerte que lo explique. Entonces, preguntamos nosotros, ¿por qué tanta precipitación en vender a la prensa la versión de suicidio de esta persona?, ¿por qué no se esperó a que concluyera el experticio antes de emitir una opinión acerca de la manera del fallecimiento?

Hace bien el investigador forense en recordar frases tan célebres como las de Sir Winston Churchill cuando aconsejaba no desperdiciar la oportunidad de mantenerse en silencio. Tampoco debe olvidar la admonición del doctor Balaguer: “el hombre es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla”. Mucho menos debe el analista forense echar a un lado el viejo dicho “no por mucho madrugar amanece más temprano”.

Es posible que haya gente interesada en sellar jurídicamente este caso. Por nuestra parte entendemos que se trata de una muerte violenta en la cual es perentorio indagar más profundamente acerca de las extrañas circunstancias en las que acontecieron los hechos, amén de poder explicar el por qué de la movida postmortem del cadáver, además de averiguar la razón de la asfixia.

Por ello y por mucho más es por lo que consideramos saludable para la investigación futura catalogar la manera jurídica del deceso desde el punto de vista de la patología forense, como INDETERMINADA.