Forense: Voz en el desierto

SERGIO SARITA VALDEZ
En el enjundioso ensayo acerca de la vida del insigne educador Eugenio María de Hostos que lleva como título Hostos el sembrador, Juan Bosch recoge estas palabras del maestro antillano: “Con hojas podridas se hace una isla. ¿Quién la hace? La fuerza perseverando. Con verdades se hace un pueblo. ¿Quién lo hace? La verdad apostolando. Ni mares, ni sirtes, ni ventisqueros, ni caos, ni torbellinos os arredren; más allá de la tempestad está la calma; con hojas se hacen tierras, con verdades se hacen mundos”.

A seguidas comenta Bosch acerca del patriota puertorriqueño: “Todavía tiene fe, la tendrá siempre. Construyendo sobre los sólidos cimientos de la ciencia, de la moral, un pueblo ha de surgir de esa masa atropellada que llena los montes, los barrancos y las pretenciosas ciudaditas de la República”. Acotando a Hostos transcribe: “Sólo es digno de haber hecho el bien, o de haber contribuido a un bien, aquel que se ha despojado de sí mismo hasta el punto de no tener conciencia de su personalidad sino en la exacta proporción en que ella funcione como representante de un beneficio deseado o realizado”.

Son estas columnas de acero espiritual las que me sirven de soporte y referente para el castillo de sueños que durante décadas vengo albergando acerca de la necesidad de crear en la República Dominicana un Instituto de Medicina Legal que investigue los efectos de la violencia, sean letales o no, en los cuerpos de sus víctimas y que determine las reales causas de muertes materno-infantiles y las repentinas sin una razón obvia.

Solamente conociendo en detalle y profundidad el origen y desarrollo de estos males se podrá ejercer una justicia en bases sólidas y concretas, así como establecer políticas sanitarias preventivas ajustadas a la realidad social dominicana.

Entrado agosto de 2006 no es ética ni socialmente aceptable que las reses y el ganado porcino reciban un trato más digno en el matadero al momento de su sacrificio, que aquel que reciben muchos cadáveres autopsiados en el país. Vergüenza y asco al mismo tiempo es lo que provoca el dantesco espectáculo de contemplar a una familia, viviendo el atroz y amargo momento, de ver frente a sus ojos, como desuellan, cortan y serruchan en el suelo de un campo santo los cuerpos sin vidas de sus seres queridos, sean estos padres, madres, hijos o hermanos.

Se necesita haber perdido la última gota de sensibilidad para no indignarse ante semejante ignominia.

No es posible que los experticios medicolegales tengan que realizarse al aire libre bajo lluvia o sol, a intemperie en los cementerios, simplemente porque no se cuenta con un edificio moderno y decente donde estos trabajos científicos puedan llevarse a cabo con pulcritud, comodidad, mayor tecnicismo, mejor trato y manejo de los difuntos.

Cada vez es mayor el número de gente que se pudre en las morgues de los hospitales por falta de neveras y un fluido eléctrico continuo que garantice la cadena de frío y evite la descomposición acelerada de los muertos antes de que se realicen las necropsias de lugar. Llevamos unas novecientas autopsias llevadas a cabo en los siete primeros meses del año 2006, ninguna de ellas realizada bajo condiciones mínimas ideales. No nos negamos ni nos negaremos nunca a cumplir con el deber, sin embargo, tenemos también la obligación de poner en conocimiento público las precariedades con que operamos al día hoy.

Quizás el presidente de la Suprema Corte de Justicia no tenga el tiempo para enterarse por este medio de lo grave del caso, lo que sí podemos asegurarle a la nación es que el jefe del Ministerio Público conoce al dedillo el problema planteado. A esta última autoridad entregamos la denuncia del robo del aparato de Rayos X de Patología Forense. Hasta el sol de hoy los conocidos ladrones siguen de pláceme, libres de ser llevados a los tribunales.

Desde luego estas inquietudes no esperan respuesta de los que se van. Escribo para los que vienen. Albergo la esperanza de provocar una mejor sintonía y recepción en los nuevos incumbentes, a fin de corregir estos molestosos y vergonzantes ruidos que crónicamente vienen empañando una gestión de gobierno históricamente llamada a ser la oportunidad que justamente señale al doctor Leonel Fernández Reyna como el gobernante que más habrá hecho en pro de la expansión y modernización de los servicios médico-forenses en esta accidentada patria de Duarte, Luperón y Juan Bosch.

Si de algo creo estar seguro es que en un mandato del Partido de la Liberación Dominicana no seré convertido en otra voz que clame en el desierto.