Francisco Alvarez Castellanos – El caso de los niños haitianos

Ha vuelto a hablarse (ahora desde Puerto Rico), de los niños haitianos nacidos en el país, a los cuales se les niega la nacionalidad dominicana.

Hay dominicanos haitianizantes que han olvidado los 22 años que el país estuvo subyugado por Haití, la matanza de dominicanos en la iglesia parroquial de Moca, por fuerzas de Dessalines y otras tropelías más cometidas por el vecino que sigue creyendo que “la isla es una e indivisible “.

El asunto es de fácil explicación para cualquier persona imparcial y que crea en nuestra Constitución (salvo los políticos, que hacen de nuestra Carta Magna lo que les da la gana cuando así les conviene).

Resulta que desde siempre los haitianos han venido al país a trabajar en nuestras zafras azucareras. En otros tiempos, luego de la zafra eran devueltos a su país, hasta que empezaron algunos a quedarse clandestinamente y llegar a un número, aún no esclarecido, pero bastante grande.

Entonces pasó lo del 1937. El gobierno de entonces dio orden de que los haitianos que vivían ilegalmente en el país volvieran a su país. Al no obtemperar a dicha orden, se dio otra: la de cometer una acción que no fue más que un genocidio del que se salvaron poquísimas personas.

De ahí en adelante el haitiano temió por muchos años el venir a la República Dominicana, salvo que sea mediante un contrato para trabajar en las zafras. O sea, venían y se iban, sin más problemas.

Los problemas comenzaron después de muerto Trujillo. Los haitianos, muchos de ellos, venían con todo y familia y se asentaban en bateyes muy cerca de sus centros de trabajo, los cañaverales.

Y comenzaron a nacer niños. Esos niños eran hijos de padres que residían en el país por determinado tiempo. Los que violaban ese precepto eran considerados por la ley como residentes ilegales.

Y esa ley señala que los niños nacidos en el país, hijos de esos padres residentes ilegales, no tienen derecho a la ciudadanía dominicana.

Solo hay que hacer una investigación sobre cuantas haitianas llegan hasta los hospitales dominicanos ubicados en las cercanías de la frontera, con el simple objeto de parir en suelo dominicano. Cierto es que en Haití hay poquisísimos hospitales, pero eso no es razón válida para que esas pobres mujeres vengan a dar a luz a suelo dominicano.

Los dominicanos que llevamos con orgullo ese gentilicio tenemos que pensar en el futuro del país. Si “por mano del diablo” se llega a la decisión de otorgarles acta de nacimiento y ciudadanía dominicana a los miles de haitianos ilegales que viven en el país, no duden que en 20 años tendremos un partido político compuesto por esos “ciudadanos”, capaz de ganar la Presidencia de la República.

Y todos sabemos que esa “liga” es imposible de lograrse, que volveríamos a vivir los tiempos de Duarte, Sánchez y Mella, de La Trinitaria y en lucha constante con los que se crean dueños de todo.

La Constitución haitiana señala que, nazca donde nazca, todo hijo de haitiano es haitiano por siempre. Nada de doble ciudadanía. El haitiano y el dominicano se diferencian unos de otros en forma significativa. Culturalmente somos diferentes, aunque la “élite” haitiana sea de primera clase. Desde el punto de vista religioso, ¡ ni hablar ! Aún recuerdo el incendio que destruyó la catedral de Puerto Príncipe, un edificio de madera que los turistas admiraban sin ambajes.

El dominicano no practica el “vudú”, aunque un ex-sacerdote salesiano, Jean Bertrand Aristide, presidente derrocado de su país y luego impuesto por los norteamericanos, lo haya declarado religión, religión oficial de su país. El que haya visto el rito del “vudú” sabe el salvajismo unido a la ignorancia que hay en el.

Aquí, en nuestro país, hay bastantes dominicanos que ya practican “vudú”, conquistados por haitianos ilegales o por…¡ haitianas ilegales ! Y ningún Congreso dominicano ha tratado en ningún momento el peligro que tal cosa encierra.

Haití tiene entre ocho y nueve millones de habitantes, y según estudios realizados hace tres o cuatro años, sus tierras depauperadas por la tala de sus bosques, la desaparición de sus ríos, etc., solo pueden producir alimentos para poco más de un millón de habitantes.

El que vuela sobre las montañas haitianas podrá observar fácilmente el lomo calcáreo de las mismas, ya que debido a la deforestación de las mismas y de las lluvias, la tierra que las cubría ha ido a parar al mar o a las pocas corrientes fluviales que aún les quedan.

Entonces el problema no puede ser de la República Dominicana, porque de serlo no pasarían muchos años en ver convertido nuestro país en un Haití Parte Dos. Y entonces seríamos dos países inviables, no uno solo.

Para terminar, pido a nuestros diputados y senadores que dediquen sus bien surtidas ONG en limpiar nuestra tierra, pacíficamente, humanamente. Y lo pueden hacer legislando. Hay que evitar otro 1937, y aquí no hay uno, hay muchos que creen que “este asunto no puede arreglarse por la buena”. Y si supieran quien piensa así, podrían pensar también que una reedición del 1937 no es simplemente el pensamiento de algunas personas. Y eso hay que evitarlo a toda costa. Y las Naciones Unidas, la OEA y naciones como Estados Unidos, Canadá. Francia y Venezuela, por ejemplo, podrían encabezar un movimiento para hacer de Haití un país viable, aunque ello implique que millones de haitianos vayan a vivir legalmente a tierras extranjeras que hoy están desiertas, sin cultivar.

Y aquí podremos seguir utilizando braceros haitianos, sin que esto signifique que le quiten el trabajo a los dominicanos.

También habría que revisar la ley sobre la vagancia, dicho esa de paso.