Franklin Mieses Burgos: conversaciones y anécdotas como teoría de la literatura

Franklin Mieses Burgos

Mieses Burgos era un conversador fascinante. Infatigable. Hablaba de la Poesía Sorprendida durante horas, pero también de los tiempos en que se reunía con Héctor Incháustegui Cabral, Manuel Llanes, Juan Bosch y Manuel del Cabral en casa de Rafael Américo Henríquez. A esas tertulias, por la importancia que tomaron luego sus asistentes en la Literatura dominicana, se les considera, sin razón, un grupo literario. En realidad, el nombre le viene de Fabio Fiallo que había bautizado la habitación de Puchungo Henríquez, como llamaban sus amigos al poeta Rafael Américo Henríquez, la Cueva. Todo porque Henríquez dormía de día y salía de noche. Como las culebras.
En casa de Franklin Mieses Burgos la historia contemporánea de la Literatura dominicana era contada de viva voz. Así como su teoría de la literatura explícita pasaba a través de sus conversaciones y anécdotas. Para él la literatura —en particular la poesía— era el motor de la Historia.
Sostenía que la Guerra Civil española, por ejemplo, tenía sus orígenes en una antología poética publicada durante los años de la República española. Un poeta excluido despertó el ánimo del conservatismo español, y Franco, como los moros, invadió a España y sucedió lo que todos conocemos. Esa era una imagen que no debía tomarse al pie de la letra, pero que le servía para mostrar el poder de la literatura.
Durante los meses de la Revolución de abril de 1965, según el poeta, su casa fue el escenario de importantes reuniones políticas del estado-mayor revolucionario, y de los diplomáticos de la OEA en vista de un arreglo pacífico. Era poeta, no político. Lo buscaban y se reunían en la “Casa de la Poesía”, porque el Estado tiene necesidad del poema.
Todo texto literario es una teoría implícita de la literatura. Un poema, un cuento, una novela, una pieza de teatro, etc. son al mismo tiempo una teoría, por lo general implícita, de lo que ellos representan. A saber, cada uno de esos “géneros” literarios. En Mieses Burgos su teoría literaria explícita se encontraba en sus conversaciones y anécdotas.
Para dar una idea del conocimiento del sentido de las palabras, contaba que una tarde Rafael Américo Henríquez preguntó a Pedro Henríquez Ureña la acepción de una palabra. Henríquez Ureña no respondió enseguida y, en un diccionario que tenía a su lado, buscó y le leyó a todos los presentes los diferentes significados del vocablo. Una eminencia como Henríquez Ureña, insistía Mieses Burgos, buscaba en el diccionario para hacer comprender a los compañeros de Rafael Américo Henríquez, que hay que consultar el diccionario. De la misma manera repetía, casi como una consigna, a todos los que le visitaban: “Picasso antes de desdibujar, dibujaba perfectamente”. A buen entendedor…
Distinguía la poesía “buena” de la poesía “bonita”. Era una manera de no herir susceptibilidades. Estaba al alcance de todos los que escribían versos. Tenía la costumbre de pasearse por la calle del Conde todas las tardes. Sus paseos se veían interrumpidos por muchos “poetas de adentro”, de esos que escriben con las tripas. Los leía porque era sobre todo generoso, y les decía que sus versos eran bonitos, luego precisaba a sus colegas literatos, que él había dicho “bonitos, no buenos”.
Hace un tiempo leía un ensayo sobre Alexandre Dumas en Les superchéries littéraires dévoilées de Joseph Quérard. El título mismo de ese trabajo anuncia su objeto. Se trata de demostrar que toda la obra de Dumas es una superchería, un enorme plagio. Esa acusación es exagerada y casi personal. Quérard no había comprendido el sentido de la reescritura en el autor de El Conde de Montecristo, quien repetía con frecuencia: “El hombre de genio no roba, conquista”.
Si hago mención de Dumas es porque Mieses Burgos repetía con frecuencia esa frase. Lo hacía porque había comprendido que la literatura es una eterna conquista, o si se quiere, una eterna reescritura. Varios de sus poemas se basan en este principio literario.
Por lo general, sus reflexiones, si se toman en primer grado, pueden parecer ligeras, pero en realidad son más profundas de lo que parecen. En una ocasión nos explicaba que si algunos versos de Rubén Darío y de Amado Nervo se parecían no era porque uno hubiera plagiado al otro, sino porque leían los mismos libros y pertenecían a la misma época. En una palabra, tenían la misma cultura. Esa observación no estaba desprovista de sentido. Todo lo contrario.
Lamentablemente nunca pudimos grabar sus conversaciones. Recuerdo que le propuse que utilizáramos una grabadora para la entrevista que figura en Doce en la literatura dominicana, pero no aceptó. Decidió responder por escrito y toda la magia de su conversación se perdió. Ese humor extraordinario que caracterizaba su personalidad.
Recuerdo la noche de febrero de 1974 en que Manuel Rueda, quien había sido uno de los miembros más jóvenes de la Poesía Sorprendida, presentó en la Biblioteca Nacional su movimiento pluralista. Hubo preguntas. La explicación de Con el tambor de las islas había impresionado a la asistencia. Y, en medio de las discusiones que siguieron a la conferencia sobre el pluralismo, Mieses Burgos, que había seguido de cerca la carrera artística de Rueda, le dijo: “Manolo, lo bueno de tu poesía es que nos salvamos de los declamadores”. La ocurrencia contenía, sin embargo, cierta racionalidad. La poesía pluralista, como su nombre mismo lo indica, no puede ser leída de manera lineal lo que plantea efectivamente un problema a los declamadores, pues no se trata únicamente del ritmo de la lectura, sino también de la selección de los versos.
Hay quienes dicen que Mieses Burgos se quedó en la Poesía Sorprendida. Es cierto. Para él esa debía ser la poesía. No tenía por qué negarla. ¿Acaso dejó André Bretón de ser surrealista?