Frases ingeniosas

Quizás valga la pena citar nuevamente algunas de las frases ingeniosas escuchadas o leídas a lo largo de mi añeja existencia.

Por ejemplo, la exclamación de un paletero cuando cruzó por su lado una joven de escasa estatura: “Oh, esta mujercita uno la mira, y se acaba de una vez!

La de una joven amiga, amante de un millonario viejo celosísimo al romper la relación: “No vale la pena tener bacinilla de oro para escupir sangre”. Lo que dijo una mujer despechada, refiriéndose a la rival que le había quitado su marido: “No sé lo que le vio a esa canilluda y gambada, que vale menos que un pestillito de letrina”.

No he olvidado, aunque hace más de cuarenta años que la leí, aquella advertencia colocada con letras grandes sobre una de las paredes de un restaurante de mala muerte: “si bebe para olvidar, pague antes de empezar”.

Uno de los piropos que me provocó un ataque de risa de varios minutos, lo escuché de labios de un hombre con apariencia de sesentón, al paso de una muchacha de paso deportivo: “ven de reversa, y dame una patada en el ombligo”.

A una vendedora ambulante de aguacate, que caminaba cantando de voz en cuello un bolero de moda, alguien le voceó: “cállate, mujer, que no es lo mismo la ópera  Carmen que el maullido de una gata hambrienta”. Hace ya varias décadas escuché a dos mujeres enfrascarse en una discusión por el amor de un hombre, y una de ellas le gritó a la otra: “ay, ombe, para lo poco que tú alumbras, sería mejor que te apagaras”. Una manera más sutil de decirle que para lo poco que servía, sería mejor que muriera.

Un amigo se estaba extendiendo en un soliloquio interminable, y cuando alguien intervino para cortarle el discurso, escuchó su airada protesta.

-Mire, cojollo, lo que usted no va a mejorar, no lo interrumpa.

Algo  que provocó las carcajadas de los parroquianos de una cafetería anónima, fue la pregunta de mi pana Juan Lois a un amigo que pidió al dependiente un cigarrillo cuyo precio en esos años era un centavo.

-Fulano, ¿cobraste?

Ante la ocurrencia, uno de los clientes lanzó un resoplido, provocando que saliera de su boca el pedazo de sándwiches que saboreaba. Un comerciante de mi barrio San Miguel, don Antonio Mir, sacó de su bolsillo varias monedas para entregarles los diez centavos a sus dos hijos, con los cuales pagarían el trasporte al liceo donde cursaban el bachillerato.

Ante la abundancia metálica, los jóvenes iniciaron una larga enumeración de los útiles escolares que debían comprar para llevar a feliz término su año lectivo.

-Ustedes desde que ven un burro, inventan un viaje-respondió con cara enseriada don Antonio, para de inmediato “complacer peticiones”, soltando el dinero solicitado. Conocemos la tendencia del humano de todas las latitudes del planeta a “echar un fiao” cada vez que se presenta la oportunidad de hacerlo.