Fraudes y partidos

La cultura partidaria ha sido establecida sobre criterios internos que legitimaron los excesos y competencias marcadas por la ausencia de transparencia. El caudillo, fundador y amo de la organización estimulaba jerarquías y control siempre y cuando operaran en su favor. Y la etapa posterior a la desaparición de los grandes referentes partidarios provocó anhelos democráticos que sus herederos renunciaron a implementar porque pretendieron calcar sus mañas sin poseer los talentos de esas figuras irrepetibles.
Ahora, cuando los deseos de apertura coinciden con franjas ciudadanas interesadas en participar, pero cuestionadora de los métodos de los partidos tradicionales, se apela al cuerpo de legislación electoral y tribunal para que instancias institucionales sirvan de muro de contención a prácticas burdas y burlas a la voluntad de las bases de organizaciones políticas que no podrán garantizarle a la sociedad democracia desde el poder, sin antes, ejecutar esas acciones en las competencias internas.
Un rasgo esencial de una parte del liderazgo partidario consiste en no exhibir auténticas prendas democráticas. Inclusive, la noción de la maniobra truculenta y el “todo es posible” se trasladó al esfuerzo idílico que, en el tramo inicial, caracterizó la edificación de un órgano llamado a dirimir las discrepancias trastornado por el sentido de las cuotas y repartos. Por eso, desde el momento en que los niveles de locura y carencia de sentido común posibilitó la reformulación del Tribunal Superior Electoral, la reacción de sectores religiosos, empresariales y de la sociedad civil exhibió un punto en común: mantenerlos era un estimulo a la indecencia y provocación política.
Debo ser justo, el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) actuó con prudencia al momento de reemplazar en su totalidad el Tribunal Superior Electoral (TSE). Podrían esgrimirse colindancias, y hasta legitimas sospechas, pero la realidad es que los desafíos por venir en los partidos obligaban a una elección en capacidad de devolverle credibilidad y confianza, tanto a la ciudadanía como los actores políticos.
Los nuevos titulares del Tribunal Superior Electoral saben que la cultura del fraude constituye una de las características lastimosas del sistema político nuestro. Aunque en el seno de la sociedad, los procesos sirven para colocar en su justa dimensión a políticos sin criterio, desprovistos del sentido de compromiso y de limitada formación, es innegable que en el marco de reconstruir la credibilidad de ese órgano, las organizaciones partidarias no pueden seguir actuando al margen de los requerimientos elementales porque “cuentan” con un magistrado amigo y/o una mayoría garantizó su asiento en esa Alta Corte. Mirarse en el espejo de los sustituidos, podría ser el primer ejercicio de los recién instalados.
La sociedad dominicana está cambiando, no hay dudas. De paso, esos reclamos que llenan las calles, anhelan cambios y demandan mayor decencia en los actores políticos representan claras manifestaciones de cómo la canalización de la inconformidad no descansa en los actores de siempre que, en muchos casos, sus agendas no se corresponden con las tareas cívicas anheladas por todos.

Cierro el ciclo respecto del desempeño de los anteriores miembros del Tribunal Superior Electoral. A lo que nunca renunciaré es a seguir defendiendo valores fundamentales, tratando de colocar en el órgano institucional, diferendos y discrepancias practicadas por años y asumidas como “norma” malsana capaz de moldear productos partidarios a fuerza de fraudes y maniobras indecorosas.
He vuelto al TSE porque el que se agota no alcanza la meta.